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ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN

Aquellos años fueron mejores

La celebración gubernamental de la Constitución, propiciada por Rodríguez Zapatero, su partido y los partidos que les apoyan, fue penosa, triste y vergonzosa. Para celebrar otro aniversario de la Carta Magna de la convivencia de todos los ciudadanos, se dedicaron a injuriar, insultar y denigrar a aquellos que la defienden como lo que es: la mejor gramática común que nos hemos dado para entendernos.

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El clima social de aquellos años de la Transición democrática, tan aludida en los últimos meses, sirve para hoy. Entonces había convergencia de miras y cada uno hizo lo que pudo para no entorpecer el proceso del paso de la dictadura a la monarquía democrática. Hoy domina el enfrentamiento y la divergencia, no el diálogo. Estamos en manos de un grupo dirigente que no es de fiar, que hace lo que puede para arrinconar a actores sociales que tuvieron un papel imprescindible en aquél proyecto común.

No hace falta sacralizar el consenso, tampoco la Constitución Española. Pero hay que reconocer que el primero hizo posible la segunda, y ayudó a crear las condiciones para el desarrollo del proyecto constitucional a lo largo de los últimos treinta años. En este aspecto, tengo para mí que una de las aportaciones más interesantes de los católicos a la vida pública actual es reclamar y trabajar por el restablecimiento del espíritu que alimentó los años de la transición democrática hace treinta años. Defender el valor de este marco ético civil común es, hoy, una de las tareas a la que los católicos podemos aportar más ideas, experiencia, grupos e iniciativas.

Como entonces, desde los varios escenarios de la vida pública, los católicos podemos aportar una visión esperanzada y optimista, pero crítica e inteligente. Que no nos confundan. Disentimos, pero no crispamos; criticamos, pero no destruimos; denunciamos, pero no injuriamos; contamos los hechos con crudeza, pero no mentimos. No basta el discurso apaciguado, estéticamente agradable. Me doy cuenta de que algunos no nos hacen caso no porque les demos razones y argumentos de nuestras opciones, sino porque les herimos su ego, su ambición, su mentira disfrazada de prédica edificante.

La prueba de la degradación política y moral en la que han entrado algunos es la reciente campaña de propaganda sobre los veinte meses de gobierno, es un decir, de Rodríguez Zapatero. Como no tienen nada de provecho para contar, se dedican a hablar del pasado de los demás. ¡Qué miseria moral la de algunos que fueron protagonistas directos o indirectos de una década de corrupción, de los crímenes del GAL, de la falsificación de documentos para enmascarar la detención de Roldán, de financiación fraudulenta del partido! ¿Les apetece hablar del pasado porque no tienen nada atractivo para el presente? ¿Por qué no investigan qué pasó realmente con el 11-M? ¿Por qué no atienden las peticiones de los familiares de los once muertos en el incendio de Guadalajara e investigan qué pasó, por qué no se salvaron sus vidas? ¿Por qué no explican a la oposición qué están negociando con los terroristas? ¿Por qué no nos explican qué planes se negociaron con ETA en Perpiñán, que determinan la discusión actual del modelo de Estado? ¿Por qué y con qué finalidad han roto, en la práctica, el Pacto Antiterrorista? Remover el pasado... ¿no ven que ese fue el camino que se abandonó para hacer posible una transición modélica a la democracia?

En aquellos años de la elaboración de nuestra Constitución, el consenso hizo posible también la superación de la “cuestión religiosa”, no instrumentalizando lo religioso como bandera de campañas y proyectos. En esta convergencia colaboraron los partidos y colaboró también la Iglesia Católica. Los actores sociales convergían en un proyecto político de libertad, de convivencia pacífica y de unidad, en el cual cabían, y caben todavía, todos los ciudadanos españoles. Es comportamiento desleal y mentiroso seguir acusando a la Iglesia de querer imponer su fe y sus normas morales a todos los ciudadanos. Este comportamiento se distancia radicalmente del espíritu compartido y fomentado por la Iglesia en la Transición.

Zapatero, Maragall y CarodHoy, Rodríguez Zapatero ha cogido la senda de los separatistas y los radicales y apuesta por la divergencia, por dejar fuera y por desplazar a la Iglesia Católica de la vida pública y relegarla al ámbito de lo privado. ¡Qué tiempos éstos! Aquellos fueron resultado de la espera, la lucha y la confianza compartidas. Éstos están precedidos por pactos secretos con terroristas y por la masacre más cruel sufrida en España, seguidos de movimientos de fragmentación de la sociedad, represión de las libertades, falta de diálogo del Gobierno con la sociedad civil, radicalismo y sectarismo ideológico.

De esos años fecundos son también los Acuerdos hoy vigentes entre el Estado Español y la Santa Sede. Con anterioridad, en el año 1976, se firmó un Acuerdo que contiene la doctrina programática que influirá en los siguientes. Basta recordar el Preámbulo para darnos cuenta del espíritu que animaba a las Partes y que no debería perder vigencia. Empieza así: “La Santa Sede y el Gobierno Español: A la vista del profundo proceso de transformación que la sociedad española ha experimentado en estos últimos años, aun en lo que concierne a las relaciones entre la comunidad política y las confesiones religiosas y entre la Iglesia Católica y el Estado; Considerando que el Concilio Vaticano II estableció como principios fundamentales a los que deben ajustarse las relaciones entre la Comunidad política y la Iglesia, tanto la mutua independencia de ambas Partes, en su propio campo, cuanto una sana colaboración entre ellas...”

Es un texto al que hay que acudir porque sienta las bases doctrinales de las nuevas relaciones de cooperación entre la Iglesia y el Estado. Sería bueno que algunos, que lo ignoran, se detuvieran unos instantes a analizar su contenido y sacaran las enseñanzas para estos tiempos convulsos hacia los cuales nos ha conducido Rodríguez Zapatero.

Los católicos seríamos unos desgraciados si estuviéramos con la mirada puesta en el pasado por el pasado. Tengo la firme convicción de que no somos de ésos. El Espíritu del Dios vivo alimenta nuestra esperanza y nuestra fe en el futuro, al que nos dirigimos con todos, con independencia de las creencias que profesen. La celebración de la Navidad nos recuerda, cada año, que Dios se hizo uno de nosotros, porque confía en el hombre.

Juan Souto Coelho es miembro del Instituto Social “León XIII”
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