
La razón por la que la suerte del Tratado de Kioto ha ido de mal en peor en vez de mejorar desde hace 7 años es porque no incluye a varias naciones importantes, EEUU, China e India, también conocidas como "las grandes contaminadoras". China e India fueron eximidas de controles por ser países en desarrollo. EEUU calculó que el beneficio medioambiental proyectado no valía la pena por el coste económico y se negó a ratificar el acuerdo.
La siguiente razón por la cual implementar Kioto carece de atractivo es que, hasta entre las naciones firmantes, hay un acuerdo generalizado de que las metas del acuerdo no se alcanzarán. Países como Alemania y Japón le echan la culpa de esto a EEUU. Ya que las compañías norteamericanas no tendrán que someterse a los mismo controles, tienen una ventaja injusta, lo que fuerza a las compañías europeas y japonesas a ignorar las restricciones para poder seguir siendo competitivos en el mercado global.
También es posible que las naciones de Kioto no alcancen sus metas porque, para empezar, no han sido formuladas de forma realista y, cuando lleguemos al punto en que haya que hacer los cambios que bajarían las reducciones de emisiones, nadie quiera sacrificar su prosperidad.
Sea cual sea la explicación más acertada, valdría la pena en este punto reflexionar sobre la conjetura moral que yace en este tipo de preguntas medioambientales.
Mucho del entendimiento cristiano sobre la Creación y el papel de los seres humanos en él se deriva del relato del Génesis, que nos enseña que los humanos fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios y por tanto somos la cúspide de la Creación, que la obra de Dios es buena y que la Creación nos ha sido entregada para que seamos sus administradores.
El principio de administración y el imperativo implícito que los bienes de la Tierra son destinados para el bien de todos requiere que los humanos tratemos los recursos naturales, no como meros objetos a explotar para el placer a corto plazo, sino como regalos que son, para usarse con responsabilidad, con vistas a su conservación para las futuras generaciones.
Las buenas intenciones de Kioto encajaban en este imperativo, o sea, conservar los recursos del planeta para que nuestros descendientes no tuvieran que cargar con un medio ambiente irrevocablemente degradado. Kioto falló proyectando restricciones generalizadas sin tener en cuenta la libertad de cada nación y de cada persona para expresar lo que podrían ser evaluaciones discrepantes en lo que se refiere a escoger entre desarrollo económico y protección medioambiental.
Para China e India, por ejemplo, países que luchan por satisfacer las disparadas exigencias de sus poblaciones en crecimiento, las necesidades inmediatas de desarrollo superan el deseo de controles medioambientales más estrictos. La mayoría de europeos y americanos no tolerarían el nivel de polución presente en los países en desarrollo, pero en un punto paralelo en el desarrollo de las naciones europeas y americana, los ciudadanos de esos países sí que toleraron esos niveles. Ellos juzgaron que proveer sus necesidades vitales bien valía el coste. Así es como debe ser: un compromiso por el bienestar de los seres humanos debe estar antes que la devoción general por el bienestar del planeta.
¿Y qué decimos de Estados Unidos? Es una nación rica, capaz de soportar algunas limitaciones medioambientales y, en realidad, la emisión de contaminantes está a la baja dramáticamente en las últimas décadas. Se ha convertido en algo de sentido común entre los economistas, la idea que la prosperidad lleva a mejores prácticas medioambientales. Una vez que la gente no está tirándose de los pelos para conseguir su próxima comida, empieza a pensar en cuestiones de "calidad de vida" como la contaminación del aire y la deforestación.
Como ha dicho Alan S. Manne, catedrático de honor de investigación de operaciones del cambio climático de la Universidad de Stanford: "el perjuicio causado por otras fuerzas distintas al mercado... es de mucha mayor preocupación para las regiones de altos ingresos que para las de bajos ingresos; Bangladesh tiene más razones para preocuparse por los tifones que por las corrientes de los hielos árticos".
Un gran colaborador de este progreso es la tecnología, que nos ha permitido mayor eficiencia en la producción de bienes, especialmente la energía. La generación de esta tecnología dependió del desarrollo económico que lo precedió.
Estamos moralmente obligados a usar el medioambiente con responsabilidad, porque es un regalo de Dios y porque el bien de los demás (presente y futuro) depende de ello. Más comumente, se llegará a esta obligación moral a través del uso consciente de la propiedad privada y de empresa. Donde los estándares medioambientales deban ser delimitados por consenso de una comunidad política, el proceso político normal puede lograr la tarea.
Mientras haya que escoger entre el desarrollo económico y la protección medioambiental y ésto lo decidan asambleas internacionales de funcionarios no electos; mientras no esté claro que se toma en cuenta adecuadamente las necesidades de las personas por encima de un compromiso abstracto con el medio ambiente; mientras esos estándares que entren en vigor no sean lo suficientemente flexibles para permitir que pequeñas entidades políticas las adapten a las necesidades locales, entonces el proyecto estará condenado al fracaso.
El doctor Kevin Schmiesing es investigador del Centro de Investigación Académica del Instituto Acton. Es escritor prolífico de temas de pensamiento social católico y economía, autor del libro American Catholic Intellectuals, 1895-1955 (Edwin Mellen Press, 2002) y su más reciente obra es: Within the Market Strife: American Catholic Economic Thought from Rerum Novarum to Vatican II (Lexington Books, 2004).