
Las corrientes de pensamiento, políticas, sociales, culturales, que consideran que la afirmación cristiana contradice los principios de la convivencia social y contribuye a la problematización del discurso público no han acabado. Si acaso, están agazapadas a la espera de una segunda vuelta electoral que legitime sus más inconfesables pretensiones. Si bien es cierto que el volumen de laicismo del Gobierno ha reducido estratégicamente su intensidad por mor del electoralismo y que se ha llegado al Acuerdo económico con la Iglesia y uno menor sobre profesores de religión, que bien valen una misa, no lo es menos que la celebración de la beatificación de los 498 mártires de la persecución religiosa nos dejó una buena lección de testimonio cristiano en situaciones adversas. Una lección de esperanza, para que nadie se lleve a engaño. 2007 fue un año en el que vivimos peligrosamente.
En los inicios de este año, cabalgamos entre la espera y la esperanza. Esperamos un tiempo nuevo en el que las elecciones, en la sociedad y en la Conferencia Episcopal, confirmen los presentimientos, despejen las incógnitas, apuntalen los proyectos, garanticen el futuro o, simplemente, nos dejen como estábamos. Es cierto que la agenda política no ha marcado, ni marcará la agenda de la Iglesia. Pero no lo es menos que sospechosas o funestas coincidencias permiten un ejercicio propio del pensamiento: la relación.
En los últimos años, los católicos españoles hemos aprendido algunas lecciones básicas de la historia. La primera, que estamos practicando, es la del pontificado de Juan Pablo II y de la continuidad que se establece con el de Benedicto XVI. Juan Pablo II ayudó a la historia de la fe de generaciones a despertar del sueño de una afirmación cristiana que vivía bajo el riesgo o de la ideología permanente o del cómodo espíritu de aburguesamiento generalizado. Pasaron los días, pasaron los años, y la reducción del cristianismo a un humanismo sólo ha contribuido a llenar de jóvenes ilusionados las ong´s.
Por más que Deleuze se empeñe en unir la identidad con la diferencia, hoy es posible en la Iglesia, y no sé si en la sociedad, una reflexión sobre la identidad cristiana. Juan Pablo II hizo posible que esta reflexión se diera en el interior de la Iglesia, también en la Iglesia en España; Benedicto XVI la está llevando a las relaciones con el pensamiento y con la sociedad contemporánea. Lo lamentable de la situación que vivimos en España no es que la presión cultural, ambiental, que está potenciando el partido socialista, esté llevando a grupos y a personas a un radicalismo no deseado. El problema radica en que, en nuestro país, el diálogo del cristianismo con la modernidad no se puede hacer pacíficamente dado que la cacareada modernidad, abanderada de los nuevos derechos humanos, del pluralismo, del multiculturalismo y del protagonismo de la diferencia, que propugna el Gobierno y sus terminales más avanzadas, está putrefacta de estatalismo, de totalitarismo nihilista encubierto y de relativismo moral. No son sólo palabras, son hechos.
Lo que nos jugamos en la espera de cómo se resuelvan las votaciones del año electoral por excelencia no es la esperanza. La esperanza cristiana es más profunda que la espera: radica en la confianza de una apuesta previa por el hombre, por la historia y por la razón. Y en eso estamos, y estaremos.