
Autores clásicos como Hilaire Belloc han escrito que el gran efecto de la Reforma fue el aislamiento del alma. ¿Acaso el gran efecto de la reforma de Rajoy en el PP no será el aislamiento del alma católica? ¿Existe un alma laica en el PP? ¿Qué papel está jugando esa alma laica en este mayo del 2008 que el presidente ha puesto en marcha?
Ocurrió hace unos días en amigable conversación entre un grupo de inquietos padres de colegio. Uno de los participantes, agnóstico confeso, que había sido, durante más de veinte años, líder de la izquierda ideológica y sociológica –y hoy de vuelta de las mentiras de lo que encubre la socialdemocracia–, analizando la situación política por la que atraviesa España se refirió a las diferencias entre los dos principales partidos políticos españoles. Al final llegó a la conclusión de que lo que el electorado esperaba del PP, amén de la coherencia en su forma de hacer política y de una altura de miras para afrontar las crisis endémicas a las que nos enfrentaos, es una diferencia política basada en los valores que él calificó "de siempre". Ahí es dónde consideraba que una bien explicada manera de entender la educación, las relaciones humanas y sociales o los problemas de la emigración marcaría la diferencia.
Sin embargo, apostilló, el complejo cultural de muchos progres de la derecha no les va a permitir pensar que la fuente en la que hoy hay que ir a beber para encontrar esas referencias morales está en la Iglesia, en la Iglesia cultural, en la sociológica o en la vivencial. Así lo demuestran, insistía nuestro fino analista, los denominados ateos laicos, que hacen un diagnóstico certero de la crisis de la cultura, pero que no han dado el paso a la creencia que, al fin y al cabo, pertenece al orden de lo sobrenatural.
Hace unos días, ante el anuncio de la reforma de la Ley Orgánica de Libertad Religiosa, una destacada dirigente del PP señaló que el Gobierno debiera dejar de lanzar cortinas de humo con temas que no interesan a los ciudadanos y dedicarse a los que, de verdad, les interesan, la economía, por ejemplo. Es innegable que a los ciudadanos nos preocupa el grosor de la cartera, pero también lo es que hay muchos a quienes nos interesa la libertad religiosa. En el fondo, lo único que dejó claro esta destacada dirigente del PP es que a ella no le apetecía abrir el melón de los temas referidos a la religión y a la Iglesia.
El PSOE sabe que si pone sobre el tapete estas cuestiones, el principal partido de la oposición se queda bastante descolocado, porque no ha resuelto internamente la orientación antropológica de sus políticas. No nos será muy difícil recordar el debate sobre la inclusión o no del humanismo cristiano dentro de los principios inspiradores del siempre nuevo PP; o las distintas familias ante el recurso de inconstitucionalidad al mal llamado matrimonio homosexual; o las reacciones ante las leyes en materia de investigación biomédica. El PP ha pasado de ser el partido del mal menor a ser el partido del no se sabe en dónde está el mal y el bien.
Mariano Rajoy pidió hace unos días tranquilidad en el Partido Popular, además de reconocer que atraviesa un momento difícil. La paz, según san Agustín, es la tranquilidad del orden, y el primer orden que debe darse en lo humano es el orden de las ideas. No hay mejor carta de presentación que las ideas claras, también ante lo religioso y ante la Iglesia. No se trata de que la Iglesia confíe en que el PP le vaya a salvar de la ofensiva laicista. Ni mucho menos; la historia ha enseñado a los católicos el antídoto contra la ingenuidad política y social. Se trata de que, cada vez más, la insatisfacción de los votantes con el principal partido de la oposición, y el balón subsiguiente de oxígeno público que se da al laicista Gobierno de nueva izquierda, están pidiendo a gritos una clarificación de dónde está cada uno. Si es cierto que destacados dirigentes del PP, hoy en el machito, iban diciendo, después de la fiesta de la familia del pasado día 30 de diciembre, algo así como lejos de nosotros la Iglesia, que lo ratifiquen en público de una vez por todas para saber a qué atenernos. Y si no es cierto que lo demuestren, porque gran parte de sus electores sí que van a misa los domingos y se casan por la Iglesia.
En el alma del Partido Popular, al menos en la que inspiró su fundación y le legitima para un grandísimo número de sus votantes, está presente el humanismo cristiano. ¿Es el humanismo cristiano un título a modo de inventario o es algo más? En el debate de ideas que dice querer abrir el PP es necesario recordar que la concepción cristiana del hombre tiene consecuencias sociales beneficiosas para el bien común; pensar lo contrario sería ir contra sus propios fundamentos. Que el PP sea un partido laico, en el autentico sentido de la palabra, es decir, no confesional, no implica que tenga que dejar de inspirar sus actuaciones en los valores y en las virtudes que han conformado el occidente cultural, jurídico y moral. Si no fuera así, el PP entraría en la deriva peligrosa de no saber dónde está la línea que lo diferencia del PSOE. La confusión llevaría a muchos de sus votantes a la desidia y al abandono.