
Ese es el asunto de Mi mejor enemigo, una coproducción chileno-argentina con participación española, que se ambienta en el conflicto de fronteras que entre ambos países se dio en 1978 y que estuvo a punto de desencadenar una guerra en el Cono Sur.
Nuestros personajes son cinco soldados chilenos y su sargento que se pierden en la pampa patagónica cuando patrullan la frontera. Cavan sus trincheras sin saber si están en Chile o en Argentina. Comienza una larga espera que termina cuando una patrulla argentina se instala frente a ellos, ignorantes también ellos de por dónde pasa la virtual línea fronteriza.
La historia está contada desde el punto de vista de Rodrigo Rojas, un soldado que cuando fue reclutado se disponía a intentar conquistar a una camarera de su pueblo, Gloria, cuyo recuerdo es el motor vital de Rojas en su lucha por sobrevivir. De sus compañeros, sólo uno se cree el espíritu militar. Los demás son unos infelices que no tienen más remedio que cumplir órdenes, y algunos carece totalmente de virtudes castrenses. Pero la dificultad les lleva a preocuparse unos por otros, incluido el sargento Ferrer, que bajo su capa dura, esconde una sensibilidad humana grande y paternal.
Pero es en el encuentro con los enemigos argentinos cuando se va a poner de manifiesto lo mejor y lo peor de cada uno. Se dan cuenta de que "deben" odiarse, pero la experiencia que están viviendo va en dirección contraria: tienen que elegir entre el grito de su corazón y las consignas de la guerra. El epílogo del film subraya la ingratitud general hacia unos hombres "anónimos" que dan la vida por una guerra que deciden otros.
Aparte de la sencillez y autenticidad humanas de este film, es muy notable su esmero de producción y puesta en escena, donde se manifiesta el talento de Alex Bowen a la hora de optimizar sus escasos recursos y crear una obra amena, digna y bien contada. Notable fotografía y convincentes interpretaciones son el broche de oro para este canto esperanzado a la humanidad herida por el sinsentido de la guerra.