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CONTRA HUGO CHÁVEZ

La fatwa de Robertson

Pat Robertson suele decir lo que piensa en su show televisivo The 700 Club, a menudo con una espontaneidad sin pulir que no existe en las noticias de las cadenas. Obviamente a los televidentes les gusta eso y asumen que habla con el corazón. Pero, de vez en cuando, este sencillo enfoque causa una explosión que revela más de lo que quisiéramos saber acerca del corazón de los políticos evangélicos de este país.

Pat Robertson suele decir lo que piensa en su show televisivo The 700 Club, a menudo con una espontaneidad sin pulir que no existe en las noticias de las cadenas. Obviamente a los televidentes les gusta eso y asumen que habla con el corazón. Pero, de vez en cuando, este sencillo enfoque causa una explosión que revela más de lo que quisiéramos saber acerca del corazón de los políticos evangélicos de este país.
Pat Robertson

Así fue que el llamamiento casual pero muy sincero de Robertson fue recibido con una tempestad de indignación al haber pedido el asesinato del presidente venezolano Hugo Chávez. Chávez, enemigo jurado del Presidente Bush a menudo declara que funcionarios americanos está maquinando su asesinato. Esta acusación, por supuesto, es calculada para dar empuje al apoyo cada vez más débil dentro de Venezuela donde su poder político depende enormemente de una postura antiamericana.

¿Qué fue exactamente lo que dijo Robertson? No había mucho lugar para la malinterpretación: “Si él piensa que estamos tratando de asesinarlo, creo que deberíamos seguir adelante y hacerlo. Es muchísimo más barato que empezar una guerra y no creo que se detenga ningún cargamento de petróleo”.

¿Alguien ha pensado lo de “sangre por petróleo”? ¿Debe Robertson ponerse a la altura de cada posible caricatura que la izquierda haya hecho de los predicadores de derechas?

Todo esto debe ser como música para los oídos de Chávez que sigue el modelo de Fidel Castro de sostener su dictadura agitando el miedo público a los EEUU como el gran Satán. Correcta o incorrectamente, Robertson es visto como una de las voces más influyentes entre cristianos evangélicos, un grupo del que muchos creen que tiene influencias en la política exterior del Presidente Bush.

Finalmente, enfrentándose a la enorme presión, Robertson repudió su propia afirmación. “¿Es correcto hacer un llamamiento para el asesinato?”, preguntó. “No y pido disculpas por esa declaración”. Después siguió explicando que él lo consideraba una alternativa a una guerra, como si matar a uno o a varios fueran las únicas alternativas que tenemos para lidiar con un líder extranjero malo.

Pero hay algo muy importante que falta: el fundamento moral para el repudio. Y el problema no es sólo Roberts en sí. Lo de él es la sintomático de un problema que me temo se ha colado dentro de los círculos de la derecha cristiana. Algunos creen que tienen un amigo en la Casa Blanca que protege y cuida sus intereses y que por lo general hace el mandato de Dios en política exterior. La guerra de Irak goza de enorme apoyo dentro de este segmento de la población.

Tristemente, cada momento político alienta ciertos hábitos de la mente que se pueden convertir en enemigos del pensamiento claro, la prudencia y la cuidadosa reflexión moral.

No hay duda que Chávez es un hombre peligroso y sin escrúpulos. He estado en el país bajo su mando y he visitado a sus opositores políticos en la cárcel. He hablado bastante con los líderes de la oposición y he apoyadoabiertamente que sea desalojado del poder.

Sin embargo, el asesinato es contrario a los intereses a largo plazo de la libertad en este país. Como dictador elegido, hasta dudosamente elegido, goza de más legitimidad que un dictador que gobierne gracias a una explícita toma de poder. La base ideológica de su régimen es, por desgracia, ampliamente compartida en esa sociedad. Está en juego el principio de la prudencia y también la moralidad: la violencia de la política exterior debe ser usada sólo como último recurso y sólo consistentemente con los principios de la guerra justa (defensiva, proporcional, limitada).

Los evangélicos necesitan reflexionar sobre la historia de instituciones tales como el intercambio cultural, el ejemplo moral, la presión diplomática y el libre mercado como armas de cambio social y político. Estas instituciones tienen raíces en el orden moral cristiano que apela por la justicia pero que elogia el mérito de la paz. Es cierto que las enseñanzas morales cristianas no descartan la idea del tiranicidio –en verdad, los pensadores renacentistas en España defendían en principio esta idea—pero sólo después de que cada una de las otras alternativas hubiesen sido agotadas y con cierta certeza de que la cura no fuese peor que la enfermedad.

El mismo Robertson ha salido en defensa de la idea de comerciar con China –una posición que no es ampliamente aceptada dentro de los círculos evangélicos. Argumenta que los misionarios cristianos tienen una oportunidad más grande de influenciar en el país a través del beneficioso comercio mutuo en lugar de guerras comerciales y beligerancia. Estoy de acuerdo con él en eso y sugiero que desarrollemos más el modelo. Lo que es aplicable en el caso de China es igualmente aplicable en Venezuela.

Los comentarios de Robertson escandalizaron a mucha gente que han estado preocupados porque la derecha cristiana está perdiendo su alma apoyando un nacionalismo cada vez menos crítico. Lo que necesitamos aquí, creo yo, es un tiempo de reflexión. El cristianismo no es una religión nacional. No considera a cada enemigo de la nación-estado como digno de ser ejecutado. Prefiere la paz a la guerra. Escoge la diplomacia por encima de la amenaza. Respeta el derecho a vivir de todos, hasta de aquellos que tienen opiniones políticas reprobables.

La violencia es terrible y aterradora, hasta cuando algunas veces es lamentablemente justificada. Es más demoníaca que divina. Su ejecución, según la tradición de la guerra justa, depende de la prudencia—algo de lo que ha habido poca evidencia en las recientes declaraciones de Pat Robertson.

Acton InstituteEl reverendo Robert A. Sirico es el presidente del Instituto Acton.


* Traducción por Miryam Lindberg del artículo original.

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