Las políticas sociales del gobierno socialista reflejan nítidamente lo qué significa la fuga hacia adelante en lo que a implantación social y cambio de conciencias se refiere. Muestra de ello son las propuestas de “matrimonio homosexual” o de filosofía de género, por ejemplo.
La sociología, y también la teología de mediados y finales del siglo XX, dedicó abundantes páginas a explicar la realidad de la secularización. Un fenómeno de amplia implantación que había dominado, como categoría explicativa , el curso de la historia contemporánea en las relaciones entre el ámbito de lo sagrado y lo profano. Ahora vivimos en un tiempo en que la evolución de la historia, y las consecuencias de los procesos anteriores se centran en el nuevo nombre de la secularización que es el laicismo. La categoría de laicismo es más amplia y tiene más capacidad explicativa, si cabe, que la ya insuficiente de secularización.
Es cierto que la secularización ha generado una forma de laicismo que propugna la radical autonomía en la realidad de un fundamento distinto al de la voluntad de construcción de esa realidad por parte de los sujetos. Pero también lo es que el laicismo se ha aliado con el relativismo ético en conjunción verbal de intereses. Esa alianza impregna, entre otros órdenes, el político, en la medida en que ha marcado una línea, aparentemente insalvable, entre lo moral y lo legal. Si algo está produciendo la nueva ingeniería socialista en la opinión de las personas es aceptar que lo legal es, ahora, lo moral; es decir, que se puede hacer todo lo que no está prohibido por ley. En la calle, por tanto, impera la ley como único criterio de posibilidad de las acciones. La moral pertenecería a las solas fuentes de inspiración de las intenciones. Este proceso ejerce una relevante presión en todos los órdenes de la vida, máxime en un mundo como el nuestro en el que no existen más distancias físicas y mentales para las ideas que compulsivamente condicionan nuestros comportamientos que el miedo al aislamiento social.
El reto de la respuesta al laicismo, como forma agudizada de secularización, es hoy para la Iglesia una de sus principales misiones. No en vano, la secularización ha entrado en la Iglesia y ha convertido muchas acciones ministeriales en formas acomodadas de burocracia. Si hay una materia que se ha visto sacudida por los vaivenes del relativismo y del laicismo es la teología moral, que se ha adjetivado para su desarrollo y su enseñanza, y que ha producido no pocos desafortunados frutos en el interior de la Iglesia. Muestra de ello fueron algunas insuficientes respuestas a los problemas de la vida de unos pocos sacerdotes en Estados Unidos.
No hace muchas semanas, el cardenal arzobispo de París, Jean-Marie Lustiger, nos sorprendió con una iniciativa pastoral de amplio alcance: sacar el cristianismo a la calle para explicar al ciudadano que la fe es origen de la libertad, del sentido de la vida y de la bondad de la existencia; que la fe afecta a la vida toda y a todos los órdenes de la vida. “El árbol de la vida”, una cruz monumental a las afueras de la catedral; “El libro de la vida”, acta de las inquietudes, de los deseos, de los miedos, de las esperanzas de los cristianos en hospitales, asilos, residencias, colegios, lugares de trabajo; la “Jornada del perdón”, con un buen número de sacerdotes dispuestos a explicar o a administrar el sacramento de la reconciliación; o la fiesta, para los niños, del “Holy wins” (la santidad gana), fueron algunos de los actos de esta manifestación pública de la fe que pretendía cercenar lo que el laicismo ha conseguido con la reclusión de la fe a los cuarteles de invierno. Según el cardenal Lustiger, “si los cristianos se preguntan ¿qué espero yo de la Iglesia, de la misa?, están en la lógica de los consumidores, estudiada por los expertos de “marketing” para saber lo que gusta o no gusta. Lo que los cristianos tienen que preguntarse es: ¿Qué es lo que Dios espera de mí? ¿A qué me llama Cristo y qué es lo que esto supone para mi vida?”.