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OFENSIVA CONTRA LA COPE

La Iglesia (no toda) defiende hoy las libertades

La actual ofensiva contra la COPE en general, y contra Jiménez Losantos en particular, tiene la virtud de clarificar quiénes defienden hoy las libertades y quiénes las atacan. Sin duda, no extrañará la alianza al respecto entre los separatistas y los liberticidas de la Moncloa, tan dialogantes unos y otros con los asesinos profesionales de la ETA (deben de tener muchas cosas que contarse), y aliados a su vez con oscuros tiranos y demagogos tercermundistas.

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A muchos, conocedores de la historia sólo a través de las tergiversaciones izquierdistas, esta situación les parecerá increíble, pues la Iglesia ha sido pintada sistemáticamente como la máxima enemiga de la libertad en España. Ya debiera suscitar alguna desconfianza crítica el hecho de que quienes con más furia han atacado a la Iglesia hayan sido unas izquierdas tradicionalmente violentas y despóticas. La misma desconfianza que la pretensión –y perdonen mi insistencia en ella, porque no puede ser más ilustrativa– de que los stalinistas, los marxistas revolucionarios del PSOE, los anarquistas, los racistas sabinianos, los golpistas de ERC y Azaña defendieran la democracia bajo el patrocinio de Stalin, el dictador más sanguinario del siglo XX, en rivalidad con Hitler.
 
Lo increíble de la patraña salta a la vista tan pronto la enunciamos con claridad, y el más elemental sentido crítico la descartaría. Pero el hecho, no menos increíble, es que tal versión ha sido difundida masivamente por una historiografía presuntamente seria a lo largo de los últimos cuarenta años, en España y fuera de ella. Y que, con la misma increíble actitud mafiosa, los mixtificadores tratan de silenciar a quienes ponemos en evidencia el inmenso embuste, llegando a amenazarnos con la cárcel o a incitar, poco disimuladamente, a nuestro asesinato.
 
Las relaciones entre la Iglesia y la democracia no han sido, tradicionalmente, muy felices, lo cual tiene alguna relación, probablemente, con la agresividad, también tradicional, de las izquierdas desde que empujaban a las turbas a quemar iglesias y asesinar frailes, acusándolos de envenenar las fuentes públicas. La vasta literatura anticlerical española provoca náuseas, tanto por su estilo calumnioso como por su vacuidad intelectual. Pero no se trata aquí de retrotraernos al pasado, sino de constatar la realidad actual: la Iglesia defiende la democracia ante la feroz campaña contra la COPE, parte de un ataque general a la libertad de expresión, pues persigue extender a toda España la situación ya impuesta en gran medida por los separatistas y los socialistas en Cataluña y las Vascongadas: la asfixia de la crítica.
 
Causa risa oír a diversos personajes, ateos o enemigos declarados de la Iglesia, lamentando que la COPE no cumpla el Evangelio y enseñando a los obispos, en un tono entre persuasivo y amenazante, el camino a seguir… para cooperar en el silenciamiento de la disidencia. Recuerdan a Hitler y a Göbbels cuando advertían: "Mientras las iglesias se circunscriban a problemas religiosos, el Estado no se inmiscuirá en sus asuntos. Pero si las iglesias (…) tratan de usurpar los derechos que pertenecen al Estado, entonces nos veremos obligados a reducirlas a sus reconocidas actividades espirituales".
 
Diversos políticos han expuesto aquí últimamente argumentos semejantes. Pero en una democracia liberal la Iglesia y sus miembros tienen, por supuesto, exactamente el mismo derecho que los políticos o sindicalistas a exponer y defender ideas políticas o de cualquier tipo. Y probablemente tienen también más autoridad moral, habida cuenta de la corrupción reinante en buena parte de esos círculos de profesionales del poder.
 
Por desgracia, algunos sectores eclesiásticos no defienden la libertad de todos. En los años 60 y 70 surgieron corrientes, como "cristianos por el socialismo" (por el Gulag, en la práctica) o la Teología de la Liberación (¡!), simpatizantes con el comunismo, con las dictaduras del Tercer Mundo, con los terrorismos separatistas españoles y movimientos "liberadores" por el estilo. Desde entonces han perdido fuelle, pero ahí siguen, frontalmente opuestos a la democracia y aliados con los enemigos de ella –casi siempre, hoy, enemigos también de la Iglesia–. Gente como el obispo de Gerona, tan irreverente con la verdad, o el de San Sebastián, tan tierno con los terroristas (¡nada de "rigidez" con ellos!) y despectivo hacia las víctimas.
 
Es muy de desear que no lleguen a predominar tales corrientes, a las cuales no es ajena la profunda crisis de la Iglesia en nuestros días; y que las tendencias más liberales en el terreno político entiendan el peligro de la vasta ofensiva en marcha contra el sistema democrático, que, aun con sus déficits y defectos, ha traído a España treinta años de estabilidad y libertad. Está en juego la consolidación de nuestras libertades o su entrada en una crisis de consecuencias incalculables; y la firme defensa de la democracia interesa tanto a creyentes como a no creyentes.
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