
En nuestro siglo, aún viniente, no podemos dar por descontada la paz, ni la libertad, ni mucho menos la igualdad necesaria para que nos aceptemos mutuamente. La paz y la libertad tienen, quizá hoy más que nunca, sutiles enemigos en el nihilismo y en sus descendientes, que desprecian aquello que les ha fundamentado y les ha dado carta de naturaleza: el destino y el sentido del hombre y su irrenunciable apetencia de futuro. Juan Pablo II, paladín y garante en la cosmópolis de la globalización de la paz y de la libertad, nos acaba de recordar que la paz es resultado de una larga y dura batalla, que se gana cuando el bien derrota al mal. Estamos inmersos en una permanente e intensa batalla cultural, más que política, en la que está en juego la libertad del hombre y su destino.
La intensidad con la que palpamos el mal sólo se ve contrastada con la apetencia de bien, de autenticidad en las formas y en los contenidos de las propuestas sociales siempre regeneradoras. El mal, el odio, la violencia sólo son capaces de generar mal, odio y violencia. Existe una aceptación social de la promiscuidad del tiempo, manifestación del mal, en la que los órdenes de la vida se ven alterados por intereses y posiciones dominantes. Los viejos no renuncian al mito de la eterna juventud y se transforman en pos de los valores de los jóvenes. Y, por desgracia, los jóvenes se presentan desacreditados por el desaliento y la ausencia de confianza en un futuro, en su futuro. Una desconfianza que nace de la creencia, extendida entre nuestros adolescentes, de que el bien es imposible. Quizá confundan la caída de las utopías de la Historia, y en la Historia, con la posibilidad de aceptar una realidad anterior que nos obliga a no conformarnos con el estado de las cosas y a buscar siempre una salida digna hacia lo más perfecto, hacia lo mejor, hacia una excelencia que ya no opera como principio de la educación.
La insistencia del magisterio pontificio en la educación de la conciencia cristiana, a la par que humana, pasa por la nueva imaginación en la propuesta de la “gramática” de una ley universal que inspire los valores y los principios comunes sobre los que asentar las bases de la construcción del nuevo orden mundial. Antes se hablaba de la ley natural; hoy nos referimos a la gramática de una ley moral que afiance los derechos humanos y que sea capaz de crear las condiciones para que la fundamentación de los derechos sea comprendida por todos y por cada uno de los hombres que habitan el planeta. Es éste un ejercicio de razón, primeramente. Pero también lo es de corazón y de sentimiento hacia las imágenes de la presencia de los rostros del mal en nuestras calles.