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BATALLA CULTURAL

La promiscuidad del mal

La presencia del mal en la Historia, y la consiguiente reflexión sobre su capacidad de actuación, ha marcado decisivamente las horas del tiempo eje, de todos y cada uno de los tiempos en los que se ha vivido el cambio de una forma de entender y pensar la vida a otra. Si San Agustín se enfrentó al derrumbamiento de una época, lo hizo con la seguridad de que, en la construcción del futuro, no se podían obviar algunos principios básicos que responden a la naturaleza del hombre. Si hay un mensaje esperado por los cristianos cada año, ése es el texto pontificio para el primer día del año, Jornada Mundial de la Paz.

La presencia del mal en la Historia, y la consiguiente reflexión sobre su capacidad de actuación, ha marcado decisivamente las horas del tiempo eje, de todos y cada uno de los tiempos en los que se ha vivido el cambio de una forma de entender y pensar la vida a otra. Si San Agustín se enfrentó al derrumbamiento de una época, lo hizo con la seguridad de que, en la construcción del futuro, no se podían obviar algunos principios básicos que responden a la naturaleza del hombre. Si hay un mensaje esperado por los cristianos cada año, ése es el texto pontificio para el primer día del año, Jornada Mundial de la Paz.
Juan Pablo II, responsable del texto pontificio de la Jornada Mundial de la Paz
En nuestro siglo, aún viniente, no podemos dar por descontada la paz, ni la libertad, ni mucho menos la igualdad necesaria para que nos aceptemos mutuamente. La paz y la libertad tienen, quizá hoy más que nunca, sutiles enemigos en el nihilismo y en sus descendientes, que desprecian aquello que les ha fundamentado y les ha dado carta de naturaleza: el destino y el sentido del hombre y su irrenunciable apetencia de futuro. Juan Pablo II, paladín y garante en la cosmópolis de la globalización de la paz y de la libertad, nos acaba de recordar que la paz es resultado de una larga y dura batalla, que se gana cuando el bien derrota al mal. Estamos inmersos en una permanente e intensa batalla cultural, más que política, en la que está en juego la libertad del hombre y su destino.
 
La intensidad con la que palpamos el mal sólo se ve contrastada con la apetencia de bien, de autenticidad en las formas y en los contenidos de las propuestas sociales siempre regeneradoras. El mal, el odio, la violencia sólo son capaces de generar mal, odio y violencia. Existe una aceptación social de la promiscuidad del tiempo, manifestación del mal, en la que los órdenes de la vida se ven alterados por intereses y posiciones dominantes. Los viejos no renuncian al mito de la eterna juventud y se transforman en pos de los valores de los jóvenes. Y, por desgracia, los jóvenes se presentan desacreditados por el desaliento y la ausencia de confianza en un futuro, en su futuro. Una desconfianza que nace de la creencia, extendida entre nuestros adolescentes, de que el bien es imposible. Quizá confundan la caída de las utopías de la Historia, y en la Historia, con la posibilidad de aceptar una realidad anterior que nos obliga a no conformarnos con el estado de las cosas y a buscar siempre una salida digna hacia lo más perfecto, hacia lo mejor, hacia una excelencia que ya no opera como principio de la educación.
 
La insistencia del magisterio pontificio en la educación de la conciencia cristiana, a la par que humana, pasa por la nueva imaginación en la propuesta de la “gramática” de una ley universal que inspire los valores y los principios comunes sobre los que asentar las bases de la construcción del nuevo orden mundial. Antes se hablaba de la ley natural; hoy nos referimos a la gramática de una ley moral que afiance los derechos humanos y que sea capaz de crear las condiciones para que la fundamentación de los derechos sea comprendida por todos y por cada uno de los hombres que habitan el planeta. Es éste un ejercicio de razón, primeramente. Pero también lo es de corazón y de sentimiento hacia las imágenes de la presencia de los rostros del mal en nuestras calles.
 
El mal no es una fuerza anónima; no es un hado fatal en el que nos movemos inevitablemente. El destino del hombre no es el mal, ni el aire que respira es el de la corrupción permanente de sus aspiraciones y deseos. El hombre está hecho, creado, por amor, por un bien y para un bien mayor que se construye en el aprecio de la vida propia y de la ajena. El mal, como nos ha recordado Juan Pablo II, pasa inevitablemente por la libertad. Una libertad que no es contraria a la aceptación de una dependencia básica, liberadora en el reconocimiento de las fuentes de la existencia. El rechazo de la condición de hijos se convierte inevitablemente en el rechazo del mundo. La libertad siempre es agradecimiento. La libertad, como autonomía absoluta del hombre respecto a aquello que le hace hombre, es una vana ilusión destructora de la libertad necesaria para afrontar el futuro. El mal es, parafraseando al Papa, una trágica huida a las exigencias del amor, paradoja de la libertad. No se puede entender la libertad, sin el amor previo de quien, libremente, te ha amado. El bien es posible, y real, cuando una persona ama, porque se siente amada en libertad.
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