
En realidad, no se trata de una "vida de Jesús" en absoluto, al estilo de Rossellini o Pasolini. Es más bien una metáfora libérrima que, ambientada hoy, protagoniza un joven y eminente profesor de la Universidad de Bolonia que se ve envuelto en una delicada investigación sobre un atentado perpetrado contra una biblioteca. Decide romper con todo y termina recorriendo la apacible ribera del Po, donde encuentra un edificio de piedra abandonado en el que se instala, como San Francisco en San Damián. En torno a su nuevo hogar se van agregando gentes sencillas que le llaman Cristo.
En Italia la película ha sido celebrada positivamente sobre todo por sectores progresistas o anticlericales, que la han interpretado en clave casi subversiva e inmanentista. En España, hasta el momento de su estreno, esta semana, sólo se había podido ver en el seno de un Congreso Internacional de Teología y Cine organizado en el pasado mes de noviembre por la Facultad de Teología de Cataluña, donde se hizo principalmente una interpretación más generosa, basada en referentes bíblicos y escriturísticos del film. Parece que ambas interpretaciones son plausibles dada la ambigüedad intrínseca de la película, pero merece la pena tratar de esclarecer más los términos del asunto.
Lo primero que hay que tener en mente es la personalidad de Olmi: un hombre hondamente religioso, profundamente ensimismado con la persona de Cristo, pero "un espíritu libre", en ese sentido propio de muchos artistas que viven los aspectos formales e institucionales de la fe como una amenaza a su libertad creadora. Por otra parte, Olmi ya no piensa en el espectador cuando hace cine, piensa en sí mismo, en lo que quiere "testimoniarse a sí mismo". En este sentido, Centochiodi parece querer hablar de la presencia de Cristo entre los hombres, la presencia de Cristo en el amor o en la experiencia de un corazón grande.
Su mentalidad entre mística y franciscana lleva a Olmi a plantear la presencia de Cristo sólo en las cosas sencillas, o mejor, en las gentes sencillas, pobres de espíritu, rechazando a los que el cineasta denomina "intelectuales de profesión", e incluso a las expresiones formales (¿formalistas?) o morales (¿moralistas?) de cierto cristianismo. Desde ahí hay que entender el episodio en el que el protagonista perpetra un atentado grave contra los libros más antiguos de una Biblioteca. Algunos teólogos lo pueden interpretar como una alegoría de la superación de la ley mosaica por parte de Cristo, pero también puede leerse como un rechazo del esfuerzo racional –que no racionalista– de veinte siglos para declinar exhaustivamente las implicaciones de la fe.
"Todo lo que contienen los libros es nada comparado con el hecho de tomar un café con un amigo", se dice en el film, frase que denota un cierto desprecio de la "sabiduría" a favor de la "experiencia", una contraposición equivocada típicamente moderna, una lectura dualista de la mística. Ciertamente, lo que un espectador sin referentes bíblicos entiende de esta escena es más bien este rechazo de Olmi al saber humano, al conocimiento acumulado, en aras de una experiencia de la vida inmediata y en primera persona. Esta afirmación vitalista corre el riesgo de convertirse en un franciscanismo maximalista, o en un nuevo moralismo minimalista, en cualquier caso una ilícita radicalización de las Bienaventuranzas.
En esa misma secuencia, aparece otro punto problemático: el clérigo anciano y tuerto (o sea caduco y sin capacidad de ver bien lo que tiene delante) que se dedica a estudiar los libros viejos. ¿Representa al Magisterio, a los teólogos en general o a cierta clase intelectual que extrae todo su saber de los libros y no de la vida? Es interesante la pregunta y Olmi no deja clara su respuesta. No obstante, en el lenguaje del cine que la gente entiende, un sacerdote siempre representa a la Iglesia en su conjunto, lo que explica la acogida positiva del film por un sector de la izquierda italiana.
Hay muchos elementos alegóricos de Cristo en el film, unos más comprensibles que otros, y todos abiertos a diversas interpretaciones. Posiblemente, la más benévola, la que busca salva su "ortodoxia", requiere del público unas peripecias teológicas que no están al alcance de la mayoría; la interpretación más asequible para la opinión pública supone una mirada desacralizada sobre la humanidad de Jesús. En fin, "pasen y vean", y saquen sus propias conclusiones. Me da la sensación que España está tan dormida que la polémica aquí no va a existir en absoluto.