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FORO CATÓLICO-MUSULMÁN

La urgencia de la libertad religiosa

En estos días se celebra en Roma el foro católico-musulmán fruto del cruce de cartas entre la Santa Sede y un grupo de 138 sabios musulmanes, que busca impulsar un diálogo sobre bases nuevas, tanto en el campo teológico como en el de la colaboración concreta al servicio de la justicia y de la paz. Recordemos que este importante diálogo que sentará a 25 expertos católicos y a 25 musulmanes, del 4 al 6 de noviembre, tiene su origen en la histórica lección de Benedicto XVI en Ratisbona en septiembre de 2006, sobre la fe y la razón.

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Es preciso recordar ese origen, porque hubo muchos (especialmente en la prensa occidental) que acusaron al Papa de dinamitar años de esfuerzos en ese diálogo iniciado a finales de los años sesenta. Ahora se puede calibrar la largueza de miras de Benedicto XVI y cómo el empeño de decir la verdad con amor siempre ofrece réditos para el diálogo. De hecho, desde Ratisbona hasta hoy hemos visto cosas muy notables en este ámbito. En primer lugar, la audacia de los gestos y palabras del Papa en su visita a Turquía, a pesar del odio y de la antipatía que se habían sembrado por doquier; después vinieron las sucesivas cartas firmadas por un amplio espectro de autoridades islámicas (primero 38, luego 138 y finalmente 275, con una pluralidad cada vez mayor de escuelas y procedencias geográficas), en las que el desafío cordial lanzado por el Papa encontró una seria acogida; tampoco se puede olvidar la histórica visita del rey de Arabia Saudí al Vaticano, y por último, merece atención la reciente y enérgica condena de la Liga Árabe contra la violencia que sufren los cristianos en el norte de Irak.

Son jalones de un camino que ahora desemboca en este foro pero que está llamado a proseguir, quizás mediante una estructura permanente, como sucede ya en el caso de otras confesiones religiosas. La Santa Sede ha tenido especial interés en que este foro se abriera a la discusión de los problemas ligados a la vida cotidiana de la gente, en particular los que tienen que ver con el ejercicio cotidiano de la libertad religiosa. Entre ellos la libertad de profesar públicamente la propia fe, la libertad de conversión y la libertad de educación. Cuestiones todas ellas muy espinosas en el largo arco que abarca desde el sur de Filipinas, pasando por Indonesia, Pakistán y el trágico escenario irakí, hasta llegar a la costa atlántica africana. Sin olvidar lo que se está incubando en algunos barrios de mayoría musulmana en las grandes metrópolis europeas. La dureza de estas cuestiones, incluso la incomodidad que supone para muchos musulmanes afrontarlas en el plano teórico, no justifica eludirlas en el diálogo.

Lo más novedoso del cuadro que acabamos de dibujar es que a partir de Ratisbona ha surgido un esfuerzo (todavía difícil de valorar en cuanto a su amplitud y profundidad) de repensar la postura del Islam frente a diversos problemas candentes. Frente a la apariencia de un rígido monolitismo y de una angustiosa inamovilidad, el mundo islámico mantiene un debate interno al que debemos estar muy atentos. Recientemente el Patriarca de Venecia, Cardenal Ángelo Scola, ha afirmado que "estamos condenados al diálogo con el Islam, se trata de un proceso histórico que puede ser orientado, pero no evitado". Scola, que lleva adelante una interesante experiencia de este diálogo a través de la revista Oasis, considera que es esencial privilegiar como interlocutor a lo que él denomina como "el Islam del pueblo" y no tanto a figuras aisladas aunque sean calificadas como "moderadas". Y para que esto sea posible, es imprescindible que en los diversos escenarios de diálogo que se desarrollen tengan un puesto privilegiado los cristianos que viven en países de mayoría musulmana. Ellos son los protagonistas de la convivencia cotidiana con el Islam y pueden aportar un conocimiento práctico, una experiencia histórica y unas dosis de realismo, imprescindibles para tocar tierra. Por fortuna, la voz de varios de ellos será escuchada estos días en Roma.

El foro que ahora se desarrolla es importante, pero no es la meta ni pueden esperarse de él soluciones definitivas. Sería un paso de gigante si se alcanzara un documento común sobre la cuestión de la libertad religiosa, la más urgente de todas y en cierto modo el tornasol de todos los temas planteados. Después, mucho va a depender de la capacidad de los expertos musulmanes de hacer llegar las conclusiones a sus respectivos países, escuelas y núcleos de influencia. Y en todo caso, este diálogo de alto nivel no puede prescindir del encuentro cotidiano entre cristianos y musulmanes allí donde se desenvuelve la vida real, ya sea en el Medio Oriente o en Europa. Acompañar y sostener a nuestros hermanos (tan heroicos como humildes) en esa tarea es una responsabilidad de toda la comunidad eclesial.
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