
El perro de Paulov vuelve a ser protagonista de nuestra actualidad política y social. Los obispos firmaron la semana pasada un documento con destacadas orientaciones morales para el presente histórico; y el sector laicista del partido en el Gobierno, el partido social de los socialistas, ha contraatacado. Es la política del estímulo y de la respuesta. El problema no está en el estímulo, que es propio de la motivación y del ejercicio de compromiso con los retos de la actualidad; la fractura está en la respuesta. El laicismo rampante ha dado suficientes muestras, en la España contemporánea, de no creer en la realidad. Aprovechan cualquier oportunidad, como por ejemplo la celebración del aniversario de la Constitución española, para dar cerrojazo a los principios sobre los que se articuló no sólo la Carta Magna sino el desarrollo y el bienestar de la sociedad española. Resulta curiosa la obsesión del PSOE por hacer creíble la máxima marxista de que cuanto peor, mejor. Al laicismo rabiosamente anticlerical, y antieclesial, no le importa ni la historia, ni la Iglesia, ni la religión. Lo único que le preocupa es su supervivencia. Ha llegado el tiempo de la venganza; no de la construcción, ni de la reconstrucción, si acaso de la destrucción.
El problema del Manifiesto no es sólo lo que dice, que sí lo es, sino lo que calla. La política del gobierno socialista conduce a la debacle antropológica por acción y por omisión. Tiene la costumbre de contaminar por elevación; el pensamiento del laicismo socialista es un pensamiento sin matices, sólo construido con el tamiz de la ideología que quiere modificar la historia. Así comenzaron los más desastrosos totalitarismos del siglo pasado y así vamos a terminar, con la nostalgia del paraíso del 78 perdido. Los progresistas de antaño, los de Transición, gritaban aquello de ninguna estética sin ética; ahora ni ética, ni estética, ni nada que se le parezca. Dice el manifiesto que "los fundamentalismos monoteístas o religiosos siembran fronteras entre los ciudadanos". No es verdad, la religión, cuando es religión, es apertura, trascendencia. Otra cosa es la religión convertida o legitimadora de la ideología, que ya no es religión. La universalidad de la creencia –todas las culturas, todos los hombres–, la percepción de que nuestra vida se nos ha dado, que hemos recibido, y que el principio del desarrollo de la persona es la aceptación de esa gratuidad originaria, no es particular, es universal, no conoce fronteras.
Insiste la declaración de desprestigio intelectual en que "desde la laicidad se garantiza la convivencia de culturas, ideas y religiones sin subordinaciones ni preeminencia de creencias, sin imposiciones, sin mediatizar la voluntad ciudadana, sin subordinar la acción política de las Instituciones del Estado Social y Democrático de Derecho a ningún credo o jerarquía religiosa. La Laicidad es garantía para desarrollar los derechos de ciudadanía ya que el Estado Democrático y la Ley, así como la soberanía, no obedecen a ningún orden preestablecido de rango superior, pues la única voluntad y soberanía es la de la ciudadanía". La confusión de perspectivas es grande. Lo que ha demostrado la historia reciente es que el Estado de Derecho necesita un fundamento que no está, precisamente, en sí mismo. El ejercicio de los derechos humanos y de las libertades fundamentales deviene no sólo del consenso sobre el contenido y el modo de los derechos sino de la aceptación de lo que acredita esa realidad. Si la única soberanía es la voluntad ciudadana, perderíamos la voluntad y la ciudadanía, porque dejaríamos al hombre al albur de los poderes ocultos y manifiestos.
El Manifiesto continúa. Nosotros, no. Todo suena demasiado rancio. Las políticas de disolución del hombre, en España, no necesitan de manifiestos tan poco finos; para eso tienen la asignatura de Educación para la Ciudadanía. Y, así, todos sabremos a qué atenernos.