
En efecto, durante la visita a Turquía Benedicto XVI multiplicó los gestos de respeto y estima hacia el "verdadero Islam" (frase acuñada por Juan Pablo II tras los trágicos atentados del 11-S) pero no aflojó los nudos principales de su famosa lección universitaria sobre la fe y la razón.
Pasados algunos días, y con algo más de perspectiva, el jesuita Khalil Samir, uno de los islamólogos más expertos y menos políticamente correctos del momento, ha publicado un artículo en la revista digital del Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras Asia News en el que sostiene que el mensaje del Papa en Turquía es una continuación del de Ratisbona. Es interesante notar que Samir no escribe desde un cómodo despacho occidental, sino que mantiene su cátedra en El Cairo y respira cada día el ambiente de una sociedad abrumadoramente musulmana, en la que las minorías cristianas han tenido que aprender a vivir durante siglos de incontables dificultades. Y a diferencia de algunos exponentes católicos, tan timoratos y aprensivos a la hora de afrontar el fondo del problema, mantuvo una defensa razonada de la tesis central de Ratisbona como verdadera contribución a relanzar un diálogo que en demasiadas ocasiones no pasa del formalismo y las buenas intenciones, capitalizadas siempre, por supuesto, en idéntica dirección.
Precisamente la peculiar situación de Turquía ofrecía a Benedicto XVI la posibilidad de renovar su doble llamamiento-eje de Ratisbona: a Occidente para que asuma una laicidad abierta a la dimensión religiosa, y al mundo islámico para que conjure el peligro de una religiosidad que, al separarse de la razón, puede ceder a la tentación de la violencia. Samir subraya que el Papa nunca ha establecido una equivalencia entre Islam y violencia, tanto es así que el versículo del Corán citado en Ratisbona es el que afirma que no debe existir constricción alguna en materia de fe. Sin embargo, el peligro de una justificación de la violencia en el seno del Islam no es una mera hipótesis, sino un hecho perfectamente verificable a lo largo de la historia, y también a día de hoy. Al dirigirse en silencio a Dios ante el mihrab de la Mezquita Azul de Estambul, Benedicto XVI mostró de un modo bellísimo aquello que nos une más profundamente a cristianos y musulmanes; pero ante el Presidente de los Asuntos Religiosos de Turquía, Alí Bardakoglu, el Papa subrayó que la base de la colaboración entre ambos es el reconocimiento de la verdad del carácter sagrado y de la dignidad de toda persona, y por tanto, el respeto absoluto hacia sus convicciones religiosas. Algo que con frecuencia no experimentan los cristianos en tierras del Islam, donde con frecuencia se ven reducidos a la situación de ciudadanos de segunda clase, sin olvidar que las conversiones están penadas con la muerte civil e incluso física. Así pues, los gestos de estima se han entrelazado en este viaje con las palabras claras del Papa, y sólo la frivolidad o el prejuicio pueden concluir que ha dado marcha atrás respecto de Ratisbona.