
Los socialistas, que no hacen otro ejercicio que no sea el del chantaje –a la historia, al presente, a los débiles, a los que no piensan como ellos, a los que tiene sometidos–, ha lanzado un órdago a la chica al Gobierno navarro con una propuesta para implantar, vía motu propio, el aborto en la comunidad de Navarra. Ya se sabe que, cuando de amedrentar se trata, ellos son los primeros; es una manifestación más, como en el caso del diálogo con ETA, del miserable oportunismo de algunas fuerzas políticas, amén de una frivolidad moral incalificable.
El partido socialista tiene una forma de hacer política en materias sociales, su bandera y su caudillaje, carente de escrúpulos, en la que juega con la dignidad de la persona humana al antojo de las coyunturas del número de votos y del electorado cautivo. La práctica del aborto en España, ese holocausto silencioso síntoma de una asumida cultura de la muerte, hace que entendamos como normal algo que no lo es. Y éste es uno de los principios irrenunciables de la machacona manipulación del Gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero.
Los analistas de las relaciones entre el Gobierno y la Iglesia, o entre la Iglesia y el Gobierno, hacen cábalas sobre el grado de laicismo pertinaz que contendrá el programa con que el partido socialista se presentará a las próximas elecciones. Hay quienes afirman que para que ganen las elecciones, dado que parece que los números están más iguales de lo que se sospecha, la propuesta no puede ser otra que la de un pronóstico moderado, máxime si los movimientos finales de la Ley de Memoria Histórica y de los encantamientos de serpiente familiares cumplen sus objetivos. Luego vendrán días y vendrán ollas. Sin embargo, hay quienes opinan que los diseñadores del programa del partido socialista saben que la próxima legislatura es la definitiva para hacer de España, de verdad y de una vez por todas, la avanzadilla de la modernidad social. Habría, por tanto, que colocar al único freno efectivo que queda, la Iglesia, en su sitio, que es la sacristía y el mundo interior de las conciencias sin ciencia. Por tanto, a por todas.
Lo que parece cierto es que se ha intensificado la campaña socialista contra el ejercicio de la libertad efectiva de los padres para elegir la educación para sus hijos según sus convicciones. No hay día en que el ínclito Peces-Barba, o alguno de sus corifeos, arremeta contra la Iglesia, contra los obispos, contra los padres que han apostado ya por la objeción de conciencia como medio legítimo de defensa de sus derechos. Por más que algún globo sonda pregunte a las familias católicas qué eliminarían del programa de la asignatura en orden a un potencial cambio en la próxima legislatura, lo que los socialistas quieren, a toda costa, es desactivar la quiebra de hecho del sistema que suponen las objeciones. Mientras, el partido tiene una cuarta, por eso de que aún no es quinta, columna en la Iglesia y esta historia, que viene de antiguo, según los especialistas en educación –la educación ético-cívica de Gómez Llorente–, parece haber cogido a algunos obispos mirando para el principio filosófico de la no contradicción. Un curso, en suma, nada aburrido.