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¿Tan colonia somos?

Como en el comunismo del gulag, en el que el héroe es el que mata por sus ideas –no el que muere por ellas– en España, cuando se mueve ficha, es para aniquilar a quien piensa y cuestiona.

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¿Existe mejor jugada que situar un espejo entre uno mismo y su contrincante? Si éste es tan lerdo como enzarzarse a puñetazos con su reflejo, el trabajo de destrucción ya estará hecho. Ésa es la imagen que España parece empeñada en dar al mundo: un boxeador sin guantes que se desangra los puños contra un espejo, mientras el contrincante le machaca el hígado y la espalda cómodamente por detrás.

En la historia, más vieja que el mundo, del colonialismo no se recuerda un caso parecido de estulticia generalizada como el de España. Su vocación por ser subyugada y jibarizada no conoce límites y, lejos de amainar, se esfuerza por llegar al objetivo final, que es la desaparición física. Nuestra evidente condición de neocolonia no genera debates; ni tan siquiera ansiedades. Hacemos como que vivimos en una comunidad de naciones europeas que se tratan en igualdad de condiciones, pero no somos más que lo que nos dejan avanzar y, lo que es todavía más desalentador, lo que en los últimos siglos nos permitimos ser.

Basta el ejemplo de nuestra dependencia energética de Francia, que no es más que una imposición, camuflada en la suicida moratoria nuclear, de la metrópolis. O en el timo terrorismo separatista de la ETA y su santuario prolongado durante cuatro décadas, que es otra forma de desgastar a la colonia. O en la pinza norteafricana. O en el proceso de atomización social iniciado hace menos de una década. Y lo peor es que, como en el comunismo del gulag, en el que el héroe es el que mata por sus ideas –no el que muere por ellas– en España, cuando se mueve ficha, es para aniquilar a quien piensa y cuestiona.

Por desgracia, sin un espíritu crítico en la intelectualidad, nuestra sociedad no puede aspirar a nada y, menos todavía, a iniciar un proceso de liberación nacional. Qué envidia siente uno de otras sociedades, en las que, con todos sus defectos, el fuenteovejunismo es la excepción:
En la Françafrique hay una inversión permanente de lo que nos dicen. En el lado que emerge del iceberg, tenemos la Francia regida por sus principios, y en su parte oculta, un mundo sin leyes, de desvíos financieros, criminalidad política, policías que torturan o –lo veremos ahora mismo– de apoyos a guerras civiles. Es esta la realidad. O como mínimo un 90% de la realidad. Esta Françafrique, que todavía hoy dura, comporta gravísimas consecuencias tanto a nivel económico como político.
Estas palabras corresponden a François-Xavier Verschave, quien, en una conferencia dictada en Aubervilliers (Francia) el 3 de noviembre de 2003, intentó explicar así su concepto de la Françafrique. Verschave falleció en 2005. Una lástima. Si viviera, habría que preguntarle en qué orilla del estrecho de Gibraltar sitúa la Françafrique.

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