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Hillary lo tendrá fácil... o no

No viene mal insistir en que el 'trumpismo' comparte muchos rasgos con otros movimientos populistas que están sacudiendo la vida política en Europa.

Jorge Soley
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Donald Trump y Hillari Clinton | EFE

Ahora que el ciclón Trump ha arrasado con el Partido Republicano, haciendo saltar todas las previsiones y dejando sin palabras a todos los analistas, se plantea la cuestión de por dónde irán los siguientes pasos en esta agitada y atípica carrera presidencial.

A medida que se va aposentando el polvo provocado por la refriega va apareciendo un Trump que ha sabido sacar provecho de las inmensas bolsas de frustración y enojo que estaban en espera de un catalizador. No repetiremos aquí lo que ya escribimos sobre los factores que han hecho posible que Trump consiga la nominación republicana, pero no viene mal insistir en que el trumpismo comparte muchos rasgos con otros movimientos populistas que están sacudiendo la vida política en Europa. En este caso no se ha canalizado a través de un tercer partido o candidato en abierto desafío a los partidos establecidos, sino que ha irrumpido, con éxito, dentro de uno de los dos partidos hegemónicos. Comparte también Trump con otros populismos el recurso, no por viejo menos eficaz, al chivo expiatorio, a buscar un culpable de todos nuestros males (en ocasiones, incluso puede ser parcialmente responsable, dotándole así de más fuerza y credibilidad). En este caso hablamos de la élite de Washington, de la inmigración ilegal, de China... Factores muy reales, que es lo que precisamente hace que muchos votantes se sientan atraídos por alguien que, en vez de silenciarlos o repetir por enésima vez el discurso oficial, no duda en romper el tabú impuesto a estas cuestiones. Las soluciones propuestas pueden ser disparatadas, pero los trabajadores blancos, los blue-collars, y la pequeña burguesía que forma la clase media baja, que son los colectivos que más han experimentado la caída de su poder adquisitivo, no han dudado en dar su apoyo a quien exponía con claridad sus preocupaciones. Porque, con Trump o sin él, lo cierto es que el crecimiento económico es el que es, y además quienes se benefician de la débil recuperación no son los grupos que lo hacían antaño. De hecho, el poder adquisitivo de las familias trabajadoras estadounidenses viene erosionándose desde hace tiempo, un fenómeno camuflado durante un tiempo por el recurso creciente al crédito. Es este malestar, este enojo creciente, el que los estrategas republicanos no supieron calibrar en su justa medida.

Por otro lado, es cierto que las políticas que propone Trump cambian casi cada día, pero tampoco esto ha tenido un impacto considerable entre los suyos. De hecho, sus asesores lo reconocen e incluso lo presentan como una virtud. Trump, dicen, es una persona de grandes visiones, los detalles en los que éstas se concretan son negociables. Un pragmático, pues, a pesar de toda su parafernalia y sus vociferantes intervenciones. No falta quien sostiene que, tras su peculiar estilo personal, Trump no es tan diferente de ese tipo de republicano centrista del noreste tan típico del GOP.

En cualquier caso, y por mucho que haya hecho saltar por los aires todas las convenciones, Trump es uno de los candidatos más polémicos y divisivos que se recuerdan. No es solo que provoque el desafecto visceral de los votantes demócratas, sino que una parte sustancial del electorado republicano no lo soporta. Tendrá pues que recomponer muchas alianzas y sanar muchas heridas si quiere movilizar a todos los potenciales votantes republicanos. Algunos movimientos ya anuncian por dónde van a ir los tiros: la publicación de la lista de sus candidatos a cubrir la vacante en el Tribunal Supremo, todos ellos impecables para un conservador, son un buen caramelo para una parte del electorado que lleva años votando a candidatos poco ilusionantes con la única excusa de que así se nombrarán buenos jueces para el Supremo. Trump, de paso, ha demostrado que puede ser muchas cosas, pero que en ningún caso es tonto.

Para alcanzar la victoria, no obstante, no le bastará con sanar heridas en el campo republicano. Su escaso éxito entre las minorías raciales le obliga a conseguir una movilización del voto blanco sin precedentes. No es imposible, pero sí altamente improbable. Mientras que el apoyo entre los hispanos se sitúa en sólo un 12%, el apoyo a Trump entre los negros, que hace seis meses era del 20%, ha caído hasta el 5%.

Pero incluso movilizando a todos los blancos y recuperando posiciones entre las minorías, la situación del candidato republicano tampoco es especialmente envidiable, y esto gracias a lo que algunos ya llaman una desventaja estructural de los republicanos en el Colegio Electoral (la elección del presidente de los Estados Unidos es indirecta). De hecho, las últimas seis elecciones se han saldado con cuatro cómodas victorias demócratas, un empate virtual que se resolvió en el Tribunal Supremo y una ajustada victoria republicana por menos de 200.000 votos en Ohio (y eso en una situación, la de George W. Bush al acabar su primer mandato, en la que el país estaba en guerra y la economía estaba en una situación aceptable). Para ganar la presidencia, por ejemplo, Trump debe ganar Florida, un objetivo francamente difícil dada la composición del estado, con un 40% de negros e hispanos. De nuevo, no es imposible, pero no parece fácil.

Mientras tanto, sabemos que Hillary será la candidata demócrata a pesar de unos resultados decepcionantes, especialmente si tenemos en cuenta que, a pesar de que ya se sabe que Bernie Sanders no puede obtener la nominación, la gente le sigue votando en proporciones importantes. Parece que el sanderismo trasciende a sus posibilidades reales de alcanzar la victoria y ya no puede considerarse como un fenómeno pasajero, sino más bien como una especie de tea party de izquierdas. Hillary va a estar condicionada por esta situación, viéndose obligada a escorarse más a la izquierda e incluso pactando con Sanders algún tipo de cuota de poder. Del mismo modo que el tea party ha condicionado los posicionamientos republicanos en las Cámaras, es probable que el sanderismo quiera desempeñar un papel similar en el Congreso y el Senado que saldrán de las futuras elecciones. Y es que Hillary no puede despreciar ningún voto: un 40% de estadounidenses tiene una visión desfavorable de ella. Una cifra que la descartaría en la carrera presidencial en un año normal, pero no en éste, en el que su rival supera con creces estos niveles de rechazo.

Todo indica, pues, que Hillary lo tendrá fácil frente a Trump, como lo iban a tener fácil Rubio, Cruz o Jeb Bush hace unos meses. No es de extrañar que, escarmentados, nadie se atreva a afirmar en público lo que los datos y nuestra razón nos indican.

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