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Qué primarias. Y lo que queda

Los republicanos se encaminan a su primera convención dividida desde 1948.

Jorge Soley
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Lo normal, a estas alturas, es que todo, o casi todo, estuviese decidido en las primarias estadounidenses y los candidatos empezasen a dedicarse a atacar al rival del otro partido. No está ocurriendo así en esta ocasión, una situación catastrófica para las estructuras de los partidos, muy en especial el republicano, pero muy entretenida para los espectadores como nosotros.

La victoria de Cruz en Wisconsin por casi 14 puntos de ventaja, más de lo previsto, parece encaminarnos con cada vez mayor probabilidad a una convención dividida. Wisconsin, un estado moderado, donde el gobernador Scott Walker, que había dado su apoyo a Cruz, ha conseguido una tasa de desempleo medio punto inferior a la media nacional gracias a una política de impuestos bajos y atracción de empresas, no es un territorio representativo del estado de ánimo levantisco propio de muchos lugares en este año electoral, y que ha sido la clave del éxito de Trump. Por eso no es seguro que la victoria de Cruz en Wisconsin sea el anuncio de nuevas victorias en otros estados, en primer lugar Nueva York, el próximo día 19, el primero de los 16 estados en los que aún hay que votar.

En cualquier caso, sí parece que la campaña de Trump empieza a mostrar síntomas de agotamiento. Sus declaraciones extemporáneas sobre la inutilidad de la OTAN, la responsabilidad penal de las mujeres que abortan o el modo en que hará que México pague su proyectado muro ya no consiguen el efecto alcanzado hasta ahora. Cuesta cada vez más mantener la atención. Además, para un público habituado a una declaración escandalosa cada día, un día de silencio es visto como un vacío. Tampoco ha ajustado Trump su tono a su posición de front-runner: lejos de sonar presidenciable, insiste en su fórmula chillona. Su reacción a la victoria de Cruz, sin rueda de prensa y con un comunicado en el que le tacha de caballo de Troya de los Bush, da una idea del agotamiento de una fórmula que puede seguir funcionando con los ya convencidos, pero que se muestra incapaz de aumentar su base.

Pero por mucho momentum que nos quieran vender, Cruz necesitaría ganar el 93% de los delegados en juego para asegurarse su nominación. Eso no va a ocurrir. Pero tampoco es fácil que Trump obtenga el 58% necesario para alcanzar los 1.237 delegados. A la espera de lo que ocurra en los estados aún en disputa, parece probable que vayamos a una convención republicana dividida, la primera desde 1948. Aparecen aquí lo que algunos califican de realistas mágicos del GOP: sueñan que la pesadilla del trumpismo se acabará, por arte de magia, en una convención en la que imperará la sensatez y que elegirá a un candidato moderado, un Paul Ryan o incluso un Mitt Romney. El problema es que está en vigor la regla 40B, una norma que se impuso para frenar a candidatos outsiders como Ron Paul, y que obliga a que para ser nominado por el Partido Republicano es necesario haber ganado en 8 estados... algo que solo cumplen Trump y Cruz. Evidentemente, la regla puede cambiarse, pero es poco probable que los delegados, tanto de Cruz como de Trump, estén por la labor. Y, por si la situación no fuera lo suficientemente complicada, el tono y las amenazas de Trump pesan cual espada de Damocles sobre el GOP: si no lo nominan, podría presentarse como independiente, condenando así con toda seguridad al candidato republicano a la derrota (una derrota que, a día de hoy, parece altamente probable con o sin candidato independiente).

Quien también goza de momentum es el senador por Vermont Bernie Sanders, que ha derrotado a Hillary en seis de las últimas siete votaciones, recuperándose así de la tunda que se llevó en el Supermartes. Pero para darle la vuelta a las primarias demócratas, las matemáticas son así de inflexibles, Sanders debería ganar el 60% de los delegados que quedan en juego. Sanders afirmó, en la euforia de su victoria en Wisconsin, que pensaba que si ganaba allí y en Nueva York llegaría a la Casa Blanca. Una afirmación incompleta, pues para conseguir la nominación demócrata debería ganar con claridad no solo en Nueva York, también en Pennsylvania, California y Nueva Jersey, además de convencer a varios superdelegados de que cambien de bando. Imposible no es, pero sí francamente improbable. Sobre todo si no consigue quebrar la solidez del apoyo afroamericano a Hillary. Lo veremos pronto en Nueva York, donde el voto negro es relevante.

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