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Ratzinger: ablativo absoluto

Ratzinger, hombre de reflexión, no de acción, está cansado: ya ha hecho su trabajo.

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La renuncia del papa Benedictus XVI, Joseph Ratzinger, deja un profundo vacío en el catolicismo. Más allá del inefable circo mediático que se ha montando con la noticia y del que se espera en el cónclave, su declaración meas ingravescente aetate non iam aptas esse ad Munus Petrinum ha generado un fuerte disgusto y desasosiego en las personas que aún sienten las raíces cristianas y grecolatinas de nuestra civilización.

La elección del cardenal bávaro como sucesor en la sede de Pedro reflejaba la continuidad por caminos más teológicos y filosóficos de la inmensa obra pastoral y social de su antecesor y amigo, el papa Juan Pablo II, Karol Wojtyla, poeta, dramaturgo y protagonista principal del desmantelamiento del sistema político más terrible y brutal que ha sufrido la humanidad: el comunismo soviético.

Mientras esto sucedía, Wojtyla tenía como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe a Joseph Ratzinger. Eran los 80, tiempos de la falsaria teología de la liberación (hoy derivada en el fanático y bochornoso caudillismo latinoamericano) y de los teólogos progres como Hans Küng o Leonardo Boff, jaleados por la atea izquierda. Ante ese panorama, el actual Papa obró siempre con respeto doctrinario y cordura intelectual, y aguantó todo tipo de diatribas dentro y fuera de la Iglesia. Wojtyla y Ratzinger fueron un tándem irrepetible. El mundo es hoy más justo y democrático gracias a personajes como ellos. Ya forman parte de la historia, aunque este Papa dimisionario no quiera saber nada más del mundo. Se supone que un hegeliano como él, amigo del ablativo absoluto latino, no puede soportar más la presidencia de un estado como el Vaticano lleno de intrigas mundanas, semejantes a las de cualquier cancillería de poder temporal.

Ratzinger, hombre de reflexión, no de acción, está cansado: ya ha hecho su trabajo. Ahí quedan sus críticas contra el neopaganismo de la sociedad actual, inquieta e infeliz porque ha perdido la trascendencia y los valores de la tradición occidental.

La Iglesia Católica tiene ahora un gran desafío por delante: elegir un pastor a la altura de las circunstancias porque, si quiere sobrevivir, tiene que cambiar profundamente, tanto en asuntos externos (ecumenismo, celibato, sacerdocio femenino...), como doctrinarios (autenticidad evangélica, menos populismo y mayor formación intelectual de todos sus pastores).

Mientras tanto, Ratzinger se retirará del mundanal ruido para abrir la Biblia en el Libro de los Proverbios y leer: "Quien teme al Señor odia el mal, el orgullo y la arrogancia, la mala conducta y el lenguaje perverso".

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