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José Carlos Rodríguez

El circo de Donald Trump

La responsabilidad de Donald Trump es innegable. No se le pueden achacar las acciones de un grupo de exaltados, pero es que él los ha exaltado con palabras incendiarias.

José Carlos Rodríguez
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La responsabilidad de Donald Trump es innegable. No se le pueden achacar las acciones de un grupo de exaltados, pero es que él los ha exaltado con palabras incendiarias.
EFE

Nixon concedió su derrota convencido de que le habían robado las elecciones. John F. Kennedy no era el candidato más honorable de la historia de los Estados Unidos. Su padre le compró su acta de representante, en 1946, inundando de dinero la candidatura de un ciudadano sin aspiración política alguna que se llamaba igual que el rival de John. El voto se dividió entre los dos Joe Russo y Kennedy ganó la elección.

Pero estamos en 1960. Kennedy eligió como candidato a vicepresidente a Lyndon Johnson, a quien aborrecía cordialmente, porque había demostrado una gran competencia en la manipulación de las elecciones en Tejas. Los demócratas se llevaron ese estado, y también Illinois por sólo 8.858 votos, en una elección discutible. Nada iba a convencer a Nixon de que había perdido las elecciones. Pero no dijo nada al respecto porque, por encima de todo, no quería arrojar sospecha alguna sobre las elecciones o crear un conflicto constitucional.

Sesenta años después, hemos sido testigos de multitud de irregularidades, quizás de algún fraude, quién sabe si del alcance suficiente como para cambiar el sentido del voto de los estados, y con ello la Presidencia. Pudo haber pasado en 1960, y es seguro que ocurrió en 1876. Entonces se le robó la victoria al demócrata Samuel J. Tilden. El encono político fue tal que el Congreso lo acabó resolviendo en el Compromiso de 1877, por el que los republicanos aceptaban la retirada de las tropas federales del Sur. Se puso fin así a la Reconstrucción.

La situación actual es muy distinta. Todas las irregularidades que pueda haber habido son un asunto judicial. El presidente, Donald Trump, no ha defendido que las instituciones resuelvan la cuestión. Y una abigarrada banda de manifestantes, que se han tomado su posición anti-institucional al pie de la letra, ha entrado en el Capitolio y ha interrumpido la sesión que iba a reafirmar a su rival, Joe Biden, como presidente de los Estados Unidos.

La responsabilidad de Donald Trump es innegable. No se le pueden achacar las acciones de un grupo de exaltados, pero es que él los ha exaltado con estas palabras, que preceden el acto de invasión del Capitolio, en un acto político llamado Marcha para salvar América:

Todos nosotros, hoy, aquí, no queremos ver nuestra victoria electoral robada por el impulso de unos demócratas radicales. Nunca nos rendiremos. Nunca concederemos [la derrota]. Eso nunca ocurrirá. No puedes conceder cuando ha habido muertes de por medio. Nuestro país ya ha tenido suficiente.

Es más: “Nunca recuperaremos nuestro país con debilidad”. Donald Trump es el director del circo que hemos visto en el Capitolio.

Y esa debilidad es la de los republicanos dispuestos a que las instituciones sigan su curso; como el vicepresidente Mike Pence, que preside el Senado. Trump le ha presionado para que utilice su posición e invalide el resultado de las urnas. Pence se ha visto obligado a emitir un comunicado en el que dice:

Mi juramento de apoyar y defender la Constitución me impide reclamar una autoridad unilateral para determinar qué votos electorales deberían contarse y cuáles no.

También es responsabilidad de Trump no asumir que su sagrado deber es defender las instituciones de su país, por encima de sus propios objetivos políticos. Si le preocupa la limpieza de las elecciones, más tenía que haberse preocupado de defender al sistema judicial, que es el que debe resolver. Pero las pocas sentencias que se han producido le han sido adversas y no las ha asumido.

Las consecuencias de lo ocurrido son difíciles de calibrar. De un modo inmediato, se abre la posibilidad de que se active la 25ª Enmienda a la Constitución, que prevé la posibilidad de que el vicepresidente, con el apoyo del Congreso, sustituya al presidente por un breve período de tiempo. De este modo, sería Mike Pence quien acudiese al acto del relevo en la Presidencia, el próximo día 20. No creo que ocurra.

De forma menos inmediata, se acabó la carrera política de Donald Trump, al menos dentro del Partido Republicano. Si quiere ser un nuevo Teddy Roosevelt o Ross Perot que asegure la reelección de Nancy Pelosi como presidenta del Congreso, es otra historia.

Este acto de violencia política contra la sede del Poder Legislativo hace que todo el peso de la defensa de la democracia esté en manos de Joe Biden y Kamala Harris. La posibilidad de ver a Harris como defensora de la democracia en América causa pavor.

Biden comienza su Presidencia con una mayoría en la Cámara de Representantes, con mayoría también en el Senado después de que Trump le haya facilitado la victoria en Georgia, y con el Partido Republicano sin líder y sin proyecto. Con un país dividido, y sin posibilidad de que haya un compromiso como el de 1877 que restañe las heridas de la polarización política.

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