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José García Domínguez

El alma anarquista de Cataluña

Cataluña es como es, tan loca, porque el anarquismo nunca desapareció. Ese es su secreto.

Sigo leyendo ese libro fascinante, las memorias de García Oliver. Cuantos se lamentan del apesebrado quehacer de unos sindicatos, los más o menos funcionariales de aquí y ahora, todos primados con fondos públicos, deberían acercarse a sus páginas para tener una idea, siquiera somera, de lo que era la CNT en los años veinte del siglo pasado, cuando Barcelona se conocía en Europa por el sobrenombre de la Rosa de Fuego, y esas siglas designaban a la organización anarquista más importante del mundo. Impresiona leer cómo aquel camarero de Reus relata una entrevista personal con el presidente del Gobierno, el conservador Eduardo Dato, encuentro en el que resulta bien probable que se decidiera su asesinato, algo que ocurriría pocos meses después.

La Historia, sostiene el tópico manido, la escriben los vencedores. Pero lo cierto es que la escriben los que tienen dinero y tiempo libre para escribir. Por eso, la historia del anarquismo catalán nos la contaron los catalanistas, sus enemigos declarados, no los propios ácratas. De ahí que a los que no vivimos aquella época se nos implantara la falsa memoria del murciano de la FAI. Al punto de que anarquista y murciano parecen ya sinónimos en el relato canónico. Se trata, como casi siempre, de ocultar la verdad a los contemporáneos. Y la verdad es que aquello, el anarquismo, fue algo profundamente catalán. García Oliver, jefe de la FAI, hablaba siempre en catalán y disparaba su revólver también en catalán. Y como él, todos los demás. El mítico y leonés Durruti constituyó la excepción, no la norma, dentro de un submundo, el de los revolucionarios anarquistas de Cataluña, esencialmente autóctono.

Yo, que he pasado la mayor parte de mi vida en Cataluña sin nunca sentirme catalán, muchas veces he intentado comprender el contraste, tan acusado, tan desconcertante, entre ese mezquino particularismo casi racista de los bisnietos y el universalismo sincero de sus ancestros libertarios. Y creo que nunca lo entenderé. No obstante, sí constato la huella de otro rasgo del espíritu anarquista en la psicología de los nacionalistas de ahora. Porque hay algo muy profundo en el carácter del catalán nacionalista de hoy, ese jo faig sempre el que em surt dels collons, que, aunque ellos no lo sepan, procede de la herencia emocional de los García Oliver de cuando entonces. Cataluña es como es, tan loca, porque el anarquismo nunca desapareció. Ese es su secreto.

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