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José García Domínguez

Horteras de cuota

Así, era preocupante el asunto de los uniformes de Toni Miró para camareros de postín con los que se adornan los independentistas que sostienen al Ejecutivo.

Cuando los contenidos se desvanecen, las formas se aprestan a monopolizar el escenario. Es lo que le ocurre al socialismo con rostro humano, mucho rimel y más carmín que nos gastamos aquí. Y la expresión plástica de la crisis agónica de su ideología, de su sistema de sentido, es la eclosión de los horteras. Perdón, de los horteras y de las horteras; de la hortericie, como dirían los concejalos y las concejalas del Ayuntamiento de León.
 
Ya se vio con Felipe González. Desde los setenta, todos los jóvenes españoles querían parecerse a David Bowie, que era algo que tenia un pase. Pero llegó el joyero de las piedras negras, y de repente las calles empezaron a llenarse de treintañeros con el Cinco Días bajo el brazo que te arrollaban en las esquinas. Mario Conde, un especulador hortera, se había convertido en el modelo a seguir para aquella España que no iban a reconocer ni la madre que la parió, ni los jueces de guardia de la Audiencia.
 
La voz hortera se creó en el Madrid de principios del siglo XX. Respondía a la necesidad de designar de algún modo a los mancebos de botica recién llegados de provincias que de modo grotesco imitaban el ademán de su selecta clientela. Hortera es aquel que concentra todas sus energías en mimetizar las maneras del grupo al que él considera superior, y en el que sueña ser aceptado. Mas el hortera sistemáticamente fracasa en su propósito, porque la sobreactuación en la impostura siempre lo delata.
 
Los ha habido siempre. Pero nunca antes sobrepasaron el umbral crítico tras el que se puede certificar una declaración de epidemia, tal como viene sucediendo de un tiempo a esta parte. Así, era preocupante el asunto de los uniformes de Toni Miró para camareros de postín con los que se adornan los independentistas que sostienen al Ejecutivo. En su momento, generó alarma social determinada faldita a topos que eligió una ministra para prometer que no juraba el cargo. Y, ayer mismo, denunciábamos desde esta columna la adicción a la laca del presidente del Gobierno. Bueno, pues sólo eran graves presagios de lo que habría de acontecer. Porque, incapaces de reprimirse más, me saltan las ocho horteras de la cuota y se plantan juntitas en el Vogue para que todo el mundo se entere de lo que hay.
 
El hortera representa la manifestación externa del desorden moral en el seno de una sociedad, y su triunfo no es posible sin la destrucción previa del canon que pretende imitar. Porque, sin él mismo ser consciente, allí donde se impone implanta la anomia; la transgresión como imperativo categórico. Todo vale es el único precepto ético y estético ante el que se pliega el hortera. Por eso, hay que confiar en la palabra de Elena Salgado cuando alardea de que la foto se ideó con "complicidad" de Rodríguez. Yo la creo.Yes.

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