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Santi Potros, Torra y el fascismo

Ni Torra ni ese carnicero vasco, Potros, tienen nada de fascistas. Nada en absoluto.

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EFE

Un nacionalista vasco, Santiago Potros, que ha cometido decenas de atentados contra seres humanos, y un nacionalista catalán, Joaquim Torra, implicado en otros tantos contra la decencia, tratan estos días de amparar su común espíritu neanderthal bajo el respetable manto retórico del antifascismo militante. Así, tanto Potros como Torra andan a estas horas empeñados en retrasar cien años el reloj de la Historia, hasta principios de la década de los veinte del siglo pasado, a fin de recrear para su público común la fantasía retrospectiva que ambos comparten. Más allá de su condición primera de matarife compulsivo, es Potros un pobre imbécil que también ha arruinado su propia vida, la única que jamás tendrá, en nombre de una lerda construcción mítica llamada Euskadi. Torra, el carcelero inminente de Junqueras, tuvo al menos la lucidez de transmutar en catorce pagas más dietas, gastos de representación y coche oficial su pareja tara moral. Por lo demás, dos almas gemelas y dos antifascistas sin mácula.

Salvador Espriu, el poeta de cabecera del separatismo catalán y hermano amadísimo del camarada José Espriu, quien fuera jefe de Falange Española Tradicionalista y de las J.O.N.S. en la plaza de Barcelona cuando la dictadura de Franco, solía repetir que su misión en la vida había sido recuperar los significados de las palabras ("Però hem viscut per salvar-vos els mots / per retornar-vos el nom de cada cosa"). Aunque está ya más que claro que fracasó en aquel empeño suyo. He ahí, sin ir más lejos, la errática perversión que en nuestro tiempo presente viene sufriendo el significado original de la voz "fascismo" o "feixisme", que tanto monta. Ese término, vocablo que sirvió en su momento para retratar a ciertas corrientes políticas que aspiraban a fusionar la vida pública y la privada en un todo sometido a la dirección estatal, se ha terminado transformando, es sabido, en un vulgar insulto recurrente. Aquí, cada vez que se quiere descalificar a alguien ante la opinión se le tacha de fascista. Es casi una rutina. En eso, en un improperio, ha quedado el fascismo entre nuestros contemporáneos. Y de ahí el absurdo tanto lógico como político de que a los constitucionalistas de Cataluña les haya dado ahora por colgarle esa etiqueta tan sobada, la de fascista, al actual presidente de la Generalitat.

Llamar a Torra fascista es improcedente por la sencilla razón de que el racista, clasista y supremacista Torra nada tiene que ver con el fascismo y sí todo, en cambio, con el catalanismo político. Al punto de que lo en verdad repulsivo y asqueroso de la obra intelectual y política de la máxima autoridad del Estado en Cataluña no es su improbable fascismo sino, bien al contrario, esa muy real obediencia suya a la hipócrita tradición moral del nacionalismo catalán. Torra es vomitivo por su catalanismo sincero, no por ninguna otra hipotética adscripción doctrinal. No, ni Torra ni ese carnicero vasco, Potros, tienen nada de fascistas. Nada en absoluto. ¿O acaso alguien ha visto a Puigdemont o a Josu Ternera saludando a la romana a su tropa? Por eso procedería, y cuanto antes, empezar a gritarles a la cara, y con desprecio infinito, lo que en puridad son a fin de airear su gemela calaña. Porque no hay que llamarles fascistas, hay que llamarles nacionalistas. Pequeños y miserables nacionalistas periféricos hispanos. Solo eso.

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