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José García Domínguez

Esquerra ya es el PdeCAT

Lo que nos muestra el paisaje después de la batalla es un retroceso electoral del separatismo, pero no su retroceso social.

Lo que nos muestra el paisaje después de la batalla es un retroceso electoral del separatismo, pero no su retroceso social.
Pere Aragonès. | Europa Press

La victoria el domingo de la socialdemocracia española del PSC y el derrumbe simultáneo de su partido espejo, esa otra socialdemocracia independentista que encarna ERC, ha dado pie a una lectura demasiado optimista de los resultados catalanes, la que los interpreta como una especie de acta oficial de defunción del procés. Algo que no tiene demasiado sentido, toda vez que el procés lleva ya siete años muerto y enterrado. Aunque lo que en realidad se quiere decir con eso es que la mitad de la sociedad catalana ha abandonado, por quimérica, la pretensión de romper con España. Demasiado voluntarismo, creo yo. Porque lo que nos muestra el paisaje después de la batalla es un retroceso electoral del separatismo, pero no su retroceso social.

Cataluña sigue contando hoy con los mismos separatistas que tenía hace tres años, con la única diferencia de que bastantes de ellos decidieron abstenerse. Lo único que ha bajado es la moral del independentismo, no el independentismo en sí. De hecho, cabe un análisis opuesto de los resultados, que a mi juicio sería mucho más ajustado a la realidad. Y es que, lejos de representar un triunfo de la moderación, el sentido del voto dentro del bloque indigenista implica un premio claro a las posturas extremistas y un castigo igual de claro al posibilismo apaciguador. Aragonès no era un fanático, tampoco un extremista y menos un loco; al contrario, encarnaba a un tipo educado, razonable y sensato, alguien con quien se podía hablar. Bien, pues no le votó nadie.

Porque los nacionalistas quieren al fanático, extremista y loco. Qué le vamos a hacer, son así y es lo que hay. Esquerra, a la que resultaría injusto no reconocer un esfuerzo honesto por su parte encaminado a recuperar cierta normalidad institucional en la relación entre Cataluña y el resto de España, ya constituye a estas horas un sucedáneo post mortem del PdeCAT. Como aquella minoría con dos dedos de frente que todavía quedaba dentro del antiguo mundo convergente, los que quisieron darle una oportunidad al sentido común, su fracaso también estaba escrito. No es un punto y aparte. Es un punto y seguido.

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