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VOX

Si Abascal ambiciona crear una fuerza que desafíe de verdad a la derecha tradicional, tendrá, más pronto o más tarde, que dotarse de un programa económico populista. Es su asignatura pendiente.

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Santiago Abascal, líder de Vox | LD

A VOX, esa última esquirla tardía fruto de la explosión final del viejo bipartidismo de la Transición, se le han colgado dos sambenitos de urgencia tras el éxito evidente de su demostración de fuerza en Vistalegre. Por un lado se les tilda de fachas, improperio que no tiene mayor contenido semántico que el del mero insulto, y por otro se dice que son la encarnación local de la nueva derecha populista, ese abigarrado cajón de sastre donde la prensa suele colocar tanto a Trump como a Orbán, a Salvini y a sus socios grillistas, a Le Pen, a la Alternativa por Alemania que se acaba de medir de tú a tú con la CSU en Baviera y a otra docena y media de partidos europeos de raíz conservadora que están poniendo en cuestión los consensos intelectuales básicos sobre los que se asientan tanto el orden europeo como el proceso globalizador.

Pero ¿es realmente VOX populista? Sí lo es en la medida en que sus portavoces también recurren de modo deliberado a ese estilo de comunicación tan característico de todos ellos, el que apela a un registro coloquial, prepolítico, casi infantil, para establecer una permanente contraposición entre el pueblo, bondadoso por naturaleza, y las élites políticas, por idéntica naturaleza malvadas y responsables únicas de los problemas que nos afligen. Pero eso, el populismo entendido como mera estrategia retórica para conectar con el electorado y las grandes audiencias televisivas no deja de constituir una tendencia actual a la que ya las demás siglas se ven, poco a poco, obligadas a recurrir, por efecto de la hipertrofia ubicua de las redes sociales y los medios de comunicación de masas. Más allá, sin embargo, de la forma, del contenido –todavía embrionario – de su programa, no se puede afirmar que VOX se alinee con esas otras nuevas corrientes heterodoxas que crecen con fuerza a ambas orillas del Atlántico. Y ello porque VOX tampoco se atreve, al igual que la totalidad de los partidos españolas con alguna notoriedad en las urnas, a cuestionar ni el euro ni la Unión Europea, los dos rasgos comunes que sí comparten, en cambio, todos y cada uno de sus supuestos homólogos exteriores.

En ese sentido, el ideario económico de VOX no ofrece ninguna diferencia sustancial, de fondo, con las propuestas perfectamente tópicas y convencionales que defienden el Partido Popular y Ciudadanos, entre otros. Porque si por algo se caracterizan esos otros nuevos actores en el tablero político europeo es por reclamar, si bien en diferentes grados, el retorno de la soberanía económica al Estado-nación, afán que de modo inevitable pasa por señalar a Bruselas como su principal enemigo a batir. ¿Y qué tiene que ver con eso VOX? Nada. Absolutamente nada. Lo que anima el crecimiento ya exponencial de VOX es el hastío general ante la inane indolencia del Estado frente al problema catalán, el mismo hastío general que permitió no hace tanto que un pequeño partidito catalán e irrelevante, Ciudadanos, se convirtiera en la cuarta fuerza política del país. Cataluña, su grave enfermedad crónica, es lo que llevará a VOX en volandas al Parlamento. Pero nadie se engañe, la firmeza frente a la cuestión catalana no será nunca suficiente para impulsar a VOX mucho más allá del mero testimonialismo resistencial. Si Abascal ambiciona crear una fuerza que, como los 5 Estrellas o el Frente Nacional, desafíe de verdad a la derecha tradicional, tendrá, más pronto o más tarde, que dotarse de un programa económico populista. Es su asignatura pendiente.

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