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José María Marco

Giscard. El reformismo francés

Tuvo la oportunidad de reconducir su país a una nueva etapa, como hicieron Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en Estados Unidos. No fue así.

José María Marco
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Tuvo la oportunidad de reconducir su país a una nueva etapa, como hicieron Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en Estados Unidos. No fue así.
Valéry Giscard d'Estaing. | EFE

Valéry Giscard d’Estaing, fallecido el pasado día 2 por el covid-19, llegó a la Presidencia de Francia en el peor de los momentos, en 1974, cuando acababa de desencadenarse la crisis, primero energética, luego económica y por fin cultural que acabó con treinta años de crecimiento, estabilidad y confianza en las instituciones. Abandonó el Elíseo siete años después, tras la segunda oleada de la gran crisis que había arrancado en 1978. Tuvo la oportunidad –muy difícil, es cierto– de reconducir su país a una nueva etapa, como hicieron Margaret Thatcher en Gran Bretaña y, algo más tarde, Ronald Reagan en Estados Unidos. No fue así. Modernizó la sociedad francesa, en línea con el legado del 68, pero a su Presidencia sucedió la de Mitterrand, el antiguo petainista dispuesto a implantar el socialismo auténtico con su lema “Changer la vie!”.

Buena parte de la trayectoria de Giscard se resume en la frase con la que definió a Francia: “El país de la novedad, no de las reformas”. El país de la novedad se lo hizo pagar al final de su primer y único mandato.

Una combinación semejante de frivolidad y arrogancia aplicó a las relaciones con España. Giscard estaba convencido que los vecinos del sur necesitaban de su protección. Ni Don Juan Carlos ni Adolfo Suárez pensaban lo mismo, y cuando el Gobierno español se inclinó hacia Alemania, Giscard lo consideró una traición. Continuó poniendo obstáculos para el ingreso de España en lo que entonces era la CEE, y mantuvo a Francia como un país refugio para los etarras. Sus relaciones con los españoles nunca se repondrían de todo aquello.

Su relación con los franceses, tampoco. Y sin embargo había empezado con buen pie. Joven (llegó al Elíseo con 48 años), con ideas renovadoras y cierto glamour kennediano –en la corte brillaron Jean-Jacques Servan-Schreiber y Françoise Giroud, dos de las estrellas más rutilantes de la modernidad parisina de los 70–, Giscard representó la actualización de la derecha, la puesta al día de un gaullismo que después de lo ocurrido en el 68 parecía de pronto un gigantesco artefacto varado en épocas pretéritas.

Un baño de liberalismo le devolvería parte de la juventud, y Giscard se inscribió conscientemente en la tradición francesa de la derecha liberal, la orleanista, según la clasificación bien conocida de René Rémond. Contó con el apoyo de un electorado que notaba la necesidad de un aire nuevo pero que no quería romper con la herencia del General: entre gaullismo y giscardismo, por decirlo así, hay diferencias claras, pero los franceses lo percibían más como un matiz que como un cambio auténtico.

Mayoría y derecho de voto a los 18 años, legalización del aborto, divorcio por consentimiento mutuo, despenalización del adulterio, universalización de la Seguridad Social, liberación de los precios y algunas otras reformas más propiamente francesas están entre los grandes cambios puestos en marcha por Giscard. También llegó el acercamiento a Alemania para liderar a dos la nueva CEE, y la creación, también con Alemania, de las bases de lo que llegaría a ser la moneda única. Es el balance de la acción de ese gran tecnócrata que fue Giscard, nacido en una familia con pruritos aristocráticos y con un exhaustivo conocimiento de la maquinaria del Estado.

La crisis lo desbarató todo. Lo que eran reformas modernizadoras empezó pronto a parecerse a ajustes y planes de austeridad. Fue el último presidente francés en presentar un presupuesto sin déficit. La exhibición de elitismo cosmopolita, combinado con una actitud que en África nunca abandonó el sesgo colonial, se despeñó en un escándalo de corrupción como el de los diamantes del emperador Bokassa. La gran herencia gaullista, de hecho, recuperó su vigencia. El desconcierto que sembró una crisis que iba mucho más allá de lo económico y abría un territorio nuevo de incertidumbre e inseguridad, también en la identidad de la ciudadanía y de los individuos, devolvió a los electores a una opción más nacional y estatista. Su ex primer ministro Jacques Chirac, alineado con el gaullismo clásico, acabó con su carrera política al no apoyarle en la segunda vuelta de las presidenciales de 1981. El resultado de aquella división, fruto del desconcierto de la derecha francesa ante la crisis, llegó con Mitterrand.

Giscard no supo encajar la derrota. Lo demostró con su famosa despedida televisada, una performance poco airosa, cuando abandonó la mesa tras la que estaba sentado y dejó la silla vacía mientras sonaba La Marsellesa. Autor de un ensayo que define el espíritu de una época y una clase –Démocratie Française–, con aspiraciones intelectuales y literarias, se hizo elegir para la Academia. Su europeísmo tecnocrático le llevó luego a liderar un proyecto de Constitución europea que sus propios compatriotas echaron atrás. En esos años volvieron las discrepancias con los españoles, esta vez con Aznar.

Los franceses expresan hoy su nostalgia de aquellos años que parecen felices, quizás porque desde el desconcierto actual la política de entonces y sus protagonistas parecen más capaces que los de hoy para liderar situaciones difíciles. No lo fueron y el liderazgo político, entonces, no era más fácil que ahora. Lo demostró el propio Giscard d’Estaing, que, además del impulso europeísta y modernizador, también dejó por legado el descrédito duradero del liberalismo francés.

 

 

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