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Corresponde ahora a los católicos, y a aquellos que aun no siéndolo comparten su proyecto, trabajar con Francisco, los valores que hoy nos ha recordado son los del evangelio y son universales.

Juan Antonio Cabrera Montero
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Corresponde ahora a los católicos, y a aquellos que aun no siéndolo comparten su proyecto, trabajar con Francisco, los valores que hoy nos ha recordado son los del evangelio y son universales.

Al inicio de su primera carta a los corintios escribe san Pablo (1Cor 1, 22-25):

Mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; mas para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres. 

Excusen los lectores tan larga cita, pero creo que hoy es pertinente. Ante la elección del nuevo obispo de Roma, todos hemos querido conocer algo más de él, cómo actúa, cómo piensa, qué ha hecho, qué va a hacer. Lo hemos visto despojado de algunos de los habituales símbolos pontificios, lo hemos escuchado hablar con sencillez y cercanía a los fieles, a los cardenales, a los periodistas. Hemos visto cómo se comporta en público, cómo se acercar a la gente. Gestos y palabras. Lógicamente, para muchos, no han bastado, porque será, como lo han sido sus predecesores, signo de contradicción para unos y para otros, conservadores y progresistas, de dentro y fuera de la Iglesia.

Unos piden señales, otros buscan sabiduría. Señales no han faltado, pero son siempre ambivalentes, tienen el valor que al final cada uno, subjetivamente, quiera darles. La sabiduría también ha estado presente, pero otro tipo de sabiduría, menos objetiva, científica o teológica de la que parece ser exigible en estos casos, seguramente ha sido más vital.

Juan Pablo II abrió su pontificado invitando a abrir de par en par las puertas a Cristo; Benedicto XVI –a quien hoy el nuevo Papa ha dedicado sus primeras palabras– se puso a las órdenes de la voluntad de Dios; Francisco, el día en que se inaugura su ministerio petrino, ha subrayado la necesidad de custodiar. Tres maneras diferentes de proponer un mensaje idéntico: Cristo, y nadie más, como centro de la vida cristiana.

El término custodiar, sin embargo, está dotado de una carga de significado muy fuerte de la que Francisco, visto su modo de actuar hasta ahora en Buenos Aires, es bien consciente. Es tranquilizador para quienes desde posiciones más conservadoras piensan, erróneamente, que su pontificado va a ser revolucionario: la custodia es la protección y salvaguardia de algo recibido: un mensaje y una tradición que forman parte del ser de la Iglesia y que no pueden abandonarse. Es necesario, igualmente, para quienes desde posiciones más progresistas piensan, también equivocadamente, que su pontificado va a romper con el pasado; aquellos que consideran que hay que comenzar de nuevo, que lo anterior no vale por caduco y fracasado. A unos y a otros, el nuevo Papa ha dejado clara su misión, que, salvando el puesto que cada uno ocupa en la Iglesia, es idéntica a la del resto de los cristianos:

atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio.

Un Dios providente, que sigue enviando signos que han de ser interpretados y materializados, en la línea del Concilio Vaticano II, ausente explícitamente en su discurso, presente implícitamente en el fondo de su mensaje. Un Dios exigente, que ofrece a quien decide seguirle un plan de vida coherente y nunca fácil.

El Papa, en un modo audaz y respetuoso, ha querido presentar esta misión a quienes no forman parte de la Iglesia pero comparten con ella la misión de construir un mundo cada vez mejor:

La vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación (...) es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor (...) es preocuparse uno del otro en la familia (...) es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos.

Ha explicado también, en uno de los momentos más conmovedores de la homilía, el modo en que ha de actuarse:

Ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura.

Un lenguaje y un mensaje, por tanto, sencillos, al alcance de todos, también de esos griegos de los que hablaba san Pablo: la misión que urge a toda persona es el cuidado de la creación y de lo más importante de ella, la humanidad, como dones de Dios. Así se propone hacerlo él, sucesor de Pedro, obispo de Roma, a través del poder que le ha sido conferido. Poder que sólo puede entenderse como servicio, que nos recuerda aquella expresión de san Agustín que posteriormente el papa Gregorio Magno adoptó como título pontificio para él y sus sucesores: siervo de los siervos de Dios.

Corren tiempos difíciles, Francisco no ve aquel cielo sereno que describía el cardenal Sodano cuando Benedicto XVI renunció al ejercicio de su ministerio apostólico. Contempla, más bien, cúmulos de cielo gris, ante los que, sin embargo, no se inquieta: hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza.

Estamos al inicio de su ministerio y no podemos pedir ya un balance del mismo. Hay que dejar que siga actuando, con la certeza de que nos encontramos ante un hombre honesto y decidido por la defensa del Evangelio y de aquellos que son los preferidos de Cristo, los débiles y los últimos, los destinatarios, en definitiva, de las promesas de Dios. Corresponde ahora a los católicos, y a aquellos que aun no siéndolo comparten su proyecto, trabajar con Francisco, los valores que hoy nos ha recordado son los del evangelio y son universales.

Juan Antonio Cabrera Montero, agustino.

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