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Cuento triste de Reyes

Disimula tu inteligencia, hijo, apaga tu brillo, aplaca tu ingenio cuando estés junto al poderoso.

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Querido niño:

Para que no te encuentres las abarcas desiertas, como le sucedió al pequeño Miguel, te dejaré al menos unos cuantos consejos. Para más no me llega, pero te aseguro que, si sigues las pautas de conducta que estás a punto de leer, pronto olvidarás las penurias actuales. Procedo.

Disimula tu inteligencia, hijo, apaga tu brillo, aplaca tu ingenio cuando estés junto al poderoso. A él le contrariará cualquier sonrisa, gesto o reconocimiento que no ensalcen a su única y exclusiva persona.

Sé neutral, en principio, ante cualquier cuestión polémica y, una vez estudiada la relación de poder entre los contendientes, súmate a la tesis del jerárquicamente superior. Pero no lo hagas espontáneamente; pronúnciate sólo cuando te pregunten, cuando tu silencio empiece a cobrar valor al haber expuesto ya todos su opinión por extenso. No mires al poderoso cuando le complazcas por fin reproduciendo, reformuladas, sus tesis. Haz ver que ni siquiera eres consciente de que está ahí delante. Aparenta vivir más allá de las polémicas y, una vez te han rogado que opines, di con alguna distancia lo que tengas que decir. "Las cosas del mundo no van con él" –pensarán de ti, el más mundano.

En otros casos, cuando no son las ideas lo que está en juego, sino el destino de las personas, su proyección profesional, su bienestar, su suerte, sé tú el primero en manifestar, con todo el apasionamiento de que seas capaz, los valores en juego. Glósalos, exáltalos, recítalos, de modo que los circunstantes empiecen a ver en ti un halo de honradez incombustible, mientras te guardas de exponer la opción que tú prefieres para la persona cuyo destino está en juego. Ella creerá que la estás apoyando y los demás te tomarán como un guía, alguien más hecho que ellos a los misterios de la condición humana.

No pidas nunca nada para ti si no quieres verte inmediatamente disminuido, anulado incluso, en la percepción del poderoso. Logra, por el contrario, transmitirle que es él quien, de algún modo, depende de ti, de tu presencia, de tu continuidad, de tu condición de espejo. Cuando por fin te ofrezca lo que deseas, deja claro que le estás haciendo un favor al aceptar.

Así, niño, aunque no tengas regalos materiales este día de Reyes, piensa que la lectura regular de esta carta, desde ahora hasta que seas un hombre, puede hacerte rico.

Tu padre.

***

Querido Papá:

No quiero hacerme el ingenioso contigo, y la verdad es que, de momento, no tengo una opinión formada sobre la cuestión de los regalos de Reyes, aunque empiezo a inclinarme por la tuya. Y fíjate que, cuando te lo digo, ni siquiera me acuerdo de que estás ahí, leyendo esta carta.

Quiero aprovechar para hacer algunas reflexiones por escrito respecto a tu decisión de abandonar a mamá. Ahí van: la familia es un valor fundamental, y una buena sintonía matrimonial resulta imprescindible para cultivar ese núcleo sagrado. Pero el hombre es falible, y a veces las circunstancias nos desbordan. Etc.

Tu regalo epistolar es más de lo que podía esperar, pues jamás pensé en regalo alguno. Estaré dispuesto, eso sí, a echarte una mano y hacerte el favor de quedarme con la cantidad que seguramente estás pensando en entregarme, una vez has comprobado que tu hijo entiende tus lecciones.

Tu hijo.

***

Querido niño:

No has entendido nada. Se te ve el plumero a la legua. Creo que no habrá manera de hacer de ti un hombre cabal. Qué pena me das.

Tu padre.

***

Querido padre:

Sí conoces tan bien las pautas de conducta necesarias para conseguir el favor del poderoso sin que se note el empeño; si tanto dominas el laberinto de doblez que conduce a un hombre a hacerse rico, ¿por qué sólo puedes regalarme palabras el día de Reyes?

Tu hijo.

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