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NARRATIVA

After Dark: a ritmo de Murakami

Haruki Murakami nos sorprende de nuevo con su última novela, After Dark. El novelista japonés, que comenzó siendo un autor de culto con libros como Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y Sputnik, mi amor, se dio a conocer entre un público más amplio con Tokio Blues, cuyo feeling volvemos a sentir, de algún modo, en After Dark.

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Murakami nos coloca de nuevo en la inmensidad anónima de una gran ciudad, pero en esta ocasión todo sucede en el transcurso de una noche, y es en la oscuridad donde el mundo adquiere tonalidades insospechadas y los códigos del día se deshacen. La voz del narrador parece salir del ojo impersonal de una cámara que sigue a un puñado de personajes como si se tratara de un documental a lo cinema verité, tal vez en blanco y negro, con grano abierto y música de fondo, a ser posible notas líquidas de jazz que ayudan a recorrer los laberintos de una jornada insomne.

Tras perder el último tren de vuelta a casa, al filo de la madrugada Mari, una chica de diecinueve años, lee un libro en una cafetería Denny's, donde piensa quedarse hasta que amanezca. Al poco rato aparece Takahashi, un joven y desgarbado músico que recuerda haber coincidido en una ocasión con ella y su hermana, la bella modelo Eri. El desenfadado trombonista se sienta a hablar con la taciturna muchacha, más interesada en proseguir la lectura que en escuchar los curiosos relatos con moraleja del locuaz intruso. A lo largo de la noche Takahashi irá y vendrá de sus sesiones de ensayo musical, siempre en busca de la enigmática Mari, enganchado por la belleza de la mujer que no sabe poseedora de ella, arrastrado por la curiosidad que le produce la relación simbiótica de dos hermanas, Mari y Eri. Una se mantiene despierta y la otra sueña, inconsciente en su habitación como una Bella Durmiente, ajena a la inquietante escena que se desarrolla en su duermevela. Si Mari ha decidido pasar la madrugada entre las criaturas que cobran vida al amparo de las luces de neón y los 7-Eleven abiertos veinticuatro horas, su hermana permanece dormida y de un televisor desenchufado surge la onírica imagen de un hombre que parece velar su letargo. Mari y Eri comparten una herida del pasado y una elige evadirse del hogar mientras la otra hiberna como un autómata.

En el recorrido noctámbulo de la protagonista desfilan la administradora de un love-ho u hotel de citas, una prostituta china que se recupera de la paliza propinada por un siniestro informático y otras criaturas que pululan en una urbe que evoca, tal y como lo hace el propio narrador/cámara, a Blade Runner, un clásico del cineasta Ridley Scott: la atmósfera viciada y secretamente amenazante en las horas que avanzan en el reloj antes de recuperar la seguridad que confiere el alba. El momento dulce de la amanecida, que es el bálsamo de los que no pueden conciliar el sueño.

Como suele ocurrir con las novelas de Murakami, en After Dark no ocurre nada extraordinario ni la historia presenta grandes conflictos por resolver. Como le escuché decir muy acertadamente al periodista Mario Noya en el programa literario de la televisión de LD, lo que consigue el autor nipón es inducirle al lector una experiencia sensorial y anímica que te transporta por los senderos del relato como en una suerte de leve viaje psicotrópico. No es casualidad que su primera y más grande pasión sea la música (durante años regentó un bar de jazz), y su narrativa parece tener la cadencia de una sesión con Chet Baker: la profunda melancolía, un paseo por sutiles abismos, un estado de ánimo hipnótico. En realidad no podría recordar con precisión la trama de las obras que leído de Murakami, pero, en cambio, nunca podría olvidar la estela de soledad, de inquietante sensualidad y abandono que imprimen sus historias desdibujadas.

Quien esté interesado en las narraciones preñadas de contenido y armadas de elaborada carpintería narrativa no debe asomarse a la obra de Haruki Murakami. Tal vez por ello Mario Vargas Llosa (discípulo del monumental Flaubert) ha calificado de frívolos los libros del escritor nacido en Kyoto. Difiero del gran novelista peruano, pues ni siquiera creo que Murakami pretenda ganarse un sitio dentro de las filas de los autores con mayúscula que nos regalan impagables novelas abarcadoras. Su trayectoria vital, sus aficiones, sus referentes culturales, inevitablemente lo alejan años luz de la novela tradicional: Haruki Murakami esboza el mundo caótico, comprimido y al vuelo en la apretada metrópoli que se expande verticalmente. En su universo no faltan los logos de los grandes anuncios publicitarios, las impersonales cadenas de fast food, la soledad del Diner que captara en sus lienzos Edward Hopper, la convivencia del moribundo longplay con la rabiosa actualidad del iPod. No es frivolidad lo que destila su particular universo literario, sino el fiel retrato de una aldea global y virtual. Aunque muy distintos en estilo y en escenarios, el británico Nick Hornby y el japonés Murakami son dos máximos exponentes de los tiempos heterogéneos y cambiantes que vivimos. A los dos los une el amor y un profundo conocimiento de la música contemporánea. El rock de su juventud es el hilo conductor de muchas de sus narraciones.

Se comprende mejor la obra de Murakami tras leer sus breves memorias, What we talk about when we talk about running, cuyo título es un homenaje a uno de sus maestros, el escritor estadounidense Raymond Carver, otro virtuoso a la hora de construir atmósferas y provocar en el lector una experiencia epidérmica que te conduce hasta el corazón mismo del realismo sucio y actual. Murakami describe su afición al jogging, que en verdad se ha transformado en una obsesión diaria que lo ha llevado a participar en torturante maratones y triatlones. Para él, correr kilómetros y kilómetros no solo es una tarea paralela a la de escribir, sino el propio impulso que le proporciona la inspiración para sus singulares historias.

Se sabe que cuando el corredor de fondo cree no poder más alcanza el instante del éxtasis, que es la consecuencia de la producción en el cerebro de las placenteras endorfinas, y reúne la fuerza necesaria para proseguir hasta la meta. Leer a Haruki Murakami es como acompañarlo en su solitario maratón, embriagados hasta el final.

HARUKI MURAKAMI: AFTER DARK. Tusquets (Barcelona), 2008, 248 páginas.

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