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NARRATIVA

Años lentos

Fernando Aramburu no es un novelista español más. A mi juicio, lleva siendo uno de los grandes, al menos desde la publicación en el año 2000 de Los ojos vacíos. Reconozco que esto de colocar en rankings a los escritores es un poco arbitrario y un mucho subjetivo. Pero toda reseña literaria tiene un componente de subjetividad grande, así que ahí queda la mía: Aramburu está entre los tres mejores novelistas españoles vivos. Y no me apremien, que soy capaz de ponerlo más arriba.

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Aramburu nació en 1959 en San Sebastián. La fecha y el lugar habrían sido ideales para haberse forrado como escritor autóctono, a poco que manejara el eusquera batúa. Ya saben: cualquier obrita menor en vascuence tiene asegurado público cautivo, subvenciones, promoción y generosa distribución en institutos e ikastolas (Matías Múgica nos ilustra sobre ello en su estupendo Libelo sobre la cultura en euskera). Ser cabeza de ratón, según donde, puede resultar muy lucrativo. Pero a Aramburu nunca le interesó la vernaculancia literaria. Parece que de joven fue un tipo extravagante, cuyas ambiciones literarias iban por cualquier lado menos por el de integrar el establishment cultural vasco. Ni siquiera el establishment cultural español. Su primera novela, Fuegos con limón (Tusquets, 1996), es el aproximado retrato –gamberro, hilarante y un tanto hiperbólico– de aquel joven aspirante a escritor y de sus desquiciados colegas. Muy recomendable.

En cualquier caso, Aramburu se fue en el año 1985 a Alemania, a dar clases de español a hijos de inmigrantes. Y allí sigue residiendo. Eso le ha permitido eludir las tentaciones de integrarse en cualquier bandería de nuestro pequeño mundo literario. O político. O sea, que es un tipo independiente.

Hay que decir, ante todo, que la prosa de Aramburu nunca se ha resentido de vivir fuera de nuestro país. Sin ser un autor estilista (en el sentido de preocupado más por la brillantez formal que por la sustancia), usa un español sólido, extraordinariamente bien tallado y, sobre todo, ajustado al contenido. Vamos, como debe ser. A Aramburu se le nota que tiene oído para la prosa, concepto un tanto difuso, pero muy real, que no se refiere solo al sonido de las palabras, sino a la precisión expresiva y a otros mil matices en que se entrevera lo conceptual con lo sensitivo. Para abreviar: que escribe muy bien. Además, en la novela objeto de esta reseña, Años lentos, Aramburu desarrolla una especie de, digamos, innovación narrativa (dentro de que a estas alturas de la historia todo está inventado): va entreverando los capítulos de la novela con unos apuntes, es decir, con las supuestas notas de trabajo del autor, en que reflexiona sobre cómo va a enjaretar tal o cual episodio en la novela, sobre por qué elegir una u otra palabra, o sobre de qué modo tratar este o aquel asunto. Vienen a ser como fragmentos de eso que en cine se ha dado en llamar making-of, pero mezclados con la propia novela. La verdad es que a mí estas originalidades artísticas me suelen tocar un poco las narices, pero he de reconocer que en este caso la cosa no queda mal. Y, a lo que íbamos: ese distanciamiento nos permite comprender que esa prosa que tan fluidamente leemos está formada por infinitos tanteos, elecciones, rectificaciones, remiendos y encajes, cuyas costuras no se tendrían que ver... si Aramburu aquí, deliberadamente, no nos las enseñara.

Por otra parte, por centrarnos ya en el contenido, algún crítico ha dicho que Años lentos es la primera novela en que Aramburu se atreve a tocar el asunto de ETA. Cosa no del todo cierta, porque, aunque no era tema central de la novela, el terrorismo vasco ya salía en Fuegos con limón, y también ha salido en sus libros de relatos, sobre todo en Los peces de la amargura, que reseñó aquí Raúl Vilas, y que nos muestra sobre todo el punto de vista de las víctimas. En fin, que Aramburu se moja. De todos modos, si quieren comprobarlo, sin narrativa por medio, lean este tremendo artículo, de hace 14 años.

Pero en Años lentos el tema no solo es ETA. Es decir, Aramburu no ha escrito la novela para demostrar lo mala que es ETA o para enseñarnos cómo empezó (que también). Más bien da la sensación de que quiere asumir el imperativo moral de escribir sobre el asunto. De poner en la literatura a ETA. No es el primero, claro está. Pero muchos no han tenido agallas, claridad de ideas o entereza moral para hacerlo. Es como si dijera: "Soy vasco; viví en San Sebastián hasta los veintitantos años; soy fruto de aquella sociedad y de aquellos tiempos en que creció la serpiente: no puedo quedarme callado".

En cualquier caso, se equivocará el que se acerque a Años lentos con el exclusivo morbo de la cosa política (o político-criminal). Y más se equivocará el que pretenda advertir sectarismo en Aramburu. Porque Años lentos es una novela, como todas las suyas, de personajes. O de personas, si así lo prefieren. Y también como siempre, o como casi siempre, Aramburu sabe hacernos reír y, al instante, consigue que se nos encojan las entrañas. Casi sin solución de continuidad. Me decía un amigo que a la literatura de Aramburu se le podría llamar tremendismo con sentido del humor. No sé. Quizá esa etiqueta les cuadre más a otras novelas como Los ojos vacíos, o Bami sin sombra, que por cierto no deben perderse aquellos que quieran iniciarse en la aramburización.

Pues eso, que lean Años lentos. Encontrarán el retrato del San Sebastián de clase humilde de finales de los 60. Y una galería de personajes –de personas– que se les quedarán en el recuerdo. Los personajes de Aramburu tienen eso: que se clavan en la memoria, de puro afilados. Aunque, si ya son lectores de Aramburu, esta novela les sabrá a poco, porque es la más corta de las suyas. Y si no han leído nada del autor, pueden dejar Años lentos para más adelante, y empezar por Los ojos vacíos o por cualquiera de las otras que he citado arriba. Háganme caso. Se lo dice un aramburizado empedernido.

 

FERNANDO ARAMBURU: AÑOS LENTOS. Tusquets (Barcelona), 2012, 224 páginas.

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