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'EL ENORME TIEMPO'

Nada cambia

El enorme tiempo transcurre en la Sicilia de los años 50, pero no esperen encontrar una clásica historia de vendettas o una novela negra con la Mafia como protagonista. Esta breve obra está muy alejada de todos esos tópicos; es una colección de apuntes y escenas que, de forma casi impresionista, logra captar la esencia del mundo rural de la isla con una delicadeza y maestría inesperadas.

Carmen Pulín Ferrer
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Su autor, Giuseppe Bonaviri, es uno de tantos grandes escritores prácticamente desconocidos en el mundo hispano. En su país, Italia, fue muy apreciado por autores tan importantes como Italo Calvino o Leonardo Sciascia; su talento le hizo merecedor de los más importantes premios literarios italianos, incluso en varias ocasiones fue candidato al Nobel de Literatura. Autor muy prolífico, tanto en prosa como en verso, en España solo se habían publicado hasta la fecha Silvina y El río de piedra.

El enorme tiempo ha supuesto una sorpresa y un descubrimiento para los que hemos tenido la fortuna de leer esta pequeña joya. No es fácil describirla; para empezar, no acaba de encajar en ningún género: hay en ella, sobre todo, realismo, pero también poesía, drama, y hasta alguna pequeña pincelada de humor negro. Tampoco tiene un argumento en el sentido clásico del término; como bien indica el subtítulo, es una colección de apuntes que no llega a convertirse en un diario al uso. Son impresiones, pequeñas postales que el autor colecciona y nos muestra sin seguir un orden estricto, de ahí que en muchas ocasiones no sepamos cuál es la escena anterior o posterior a la que estamos leyendo. Ignoramos cuál es el pasado o el futuro de los protagonistas de las historias que se nos narran; en realidad, no tienen lo uno ni lo otro, porque, como Bonaviri nos hace comprender, están atrapados en el tiempo.

Además de escritor, Bonaviri fue médico, y ejerció como tal hasta su jubilación. Durante sus primeros años de práctica, y estando destinado en su pueblo natal de Mineo, recogió los apuntes que componen este libro. No era su intención escribir un diario; aparte de su consulta, le mantenía ocupado la redacción de sus primeras obras literarias. Pero pronto el tiempo, el enorme tiempo del título, le llevó a tratar de ocupar sus largas horas de ocio de alguna forma: eternas partidas de billar o cartas, paseos, lectura... Sin embargo, no le alcanzaba. Además, lo que veía y sentía en ese pequeño pueblo siciliano le impresionaba y angustiaba de tal modo, que sentía que debía plasmarlo por escrito.

Bonaviri es un autor poco usual: combina el rigor, la ciencia y el método de un médico con una enorme sensibilidad poética y un gran talento para describir ambientes y tipos. Sus descripciones del mundo rural siciliano, de la belleza y el poder de la naturaleza, tienen tal fuerza que hacen que podamos ver lo que nos cuenta. Quienes no conocemos Sicilia y tenemos grabada en la mente una serie de tópicos sobre una isla semidesértica bajo un sol eterno y abrasador, nos sorprendemos al encontrarnos con campos y montes poblados de vegetación y, sobre todo, abrumados por lluvias torrenciales que duran meses y meses, originando ríos de barro que todo lo cubren.

Ese barro, descrito con increíble realismo, es a la vez una metáfora del agobiante y eterno tiempo: como el lodo, el tiempo en Mineo lo cubre todo. Está tan presente que los lugareños no son apenas conscientes de su presencia. Ha estado siempre ahí, como la basura, el polvo, los desperdicios de las calles del pueblo: se pasan meses cubiertos por el barro, pero siguen estando, y nadie parece capaz de hacerlos desaparecer.

Los habitantes de Mineo están acostumbrados al barro, a moverse a cámara lenta, sin apenas avanzar en ese río de lodo, en ese tiempo viscoso. Pero Bonaviri es joven, ha estado en la ciudad, tiene ideas nuevas, ideas buenas para sus vecinos. Nada revolucionario: salud, limpieza, dignidad. Para los desconfiados mineanos, sin embargo, cualquier cambio es la guerra. Y el doctor Bonaviri siente que el tiempo eterno, el fango, le traga cada vez que trata de cambiar algo; intenta avanzar y se hunde cada vez más. Como le dice su fiel escudero, don Giorlando, el inspector de Sanidad, cuando le ayuda a salir de esas arenas movedizas, reales y metafóricas, en las que se ve atrapado: "Ande, yo estoy habituado". Y es cierto. Don Gerlando es del pueblo, sabe a lo que se enfrenta, conoce el ritmo de la naturaleza y del pueblo y adapta su paso en consecuencia, mientras que el médico, joven, medio forastero, lleno de energía e ideales, no sabe andar por el lodo ni moverse al ritmo de Mineo. Cuanto más lucha contra ellos, más se hunde y desespera. Hasta que la indiferencia se hace con él.

No es una indiferencia inhumana, de desprecio y desdén por sus semejantes, sino la única defensa que le queda a este joven. Cada vez que trata de hacer algo que mejore la miserable existencia de sus vecinos, como vacunar a las cabras contra la fiebre de Malta o combatir la tos ferina, tropieza con un muro de hostilidad y rechazo. Y cuando se mete en temas que van más allá de lo estrictamente médico libra una batalla de antemano perdida: hacer que los huertos dejen de regarse con aguas inmundas o habilitar un depósito de cadáveres son ideas absurdas para los mineanos. "Esto siempre ha sido así", "Mis abuelos hacían lo mismo", "¿Por qué quiere traer la guerra a nuestro pueblo?": son las respuestas habituales que reciben cada una de sus sugerencias. Hasta que, harto, decide dejar de luchar. Se limita a cubrir el expediente, a desarrollar una coraza que le proteja de la ignorancia y los reproches de sus pacientes, que le haga ser capaz de ver la miseria, la enfermedad y la muerte sin desesperarse o perder la fe. Su única victoria en sus años de práctica rural será llevar la penicilina al pueblo, tras mil peripecias y luchas con la Administración.

El doctor no sólo debe luchar contra la ignorancia, suspicacia y hostilidad de sus pacientes, sino contra la corrupta e igualmente ignorante Administración local, compuesta por políticos más interesados en ganar las siguientes elecciones que en la prosperidad del pueblo. Por eso cualquier medida sanitaria que pueda provocar rechazo (y pérdida de votos) está condenada al fracaso.

El enorme tiempo transcurre, como hemos dicho, en la Sicilia de la posguerra, pero la narración de Bonaviri no nos parece demasiado lejana: ayuntamientos corruptos, políticos mediocres, campesinos más preocupados por lograr una subvención que por mejorar sus productos, ancianos solitarios que ya no esperan más que a la muerte porque sus hijos y nietos han emigrado en busca de unas oportunidades que no hallan en su tierra. Burocracias absurdas que todo lo demoran, pacientes supersticiosos que creen más en un sucio emplasto de hierbajos que en un antibiótico, madres que se niegan a vacunar a sus hijos... ¿No nos resulta todo ello demasiado, trágicamente familiar?

Al final, el doctor Bonaviri dejará el pueblo, donde todo seguirá casi igual, a un ritmo de lenta e inexorable decadencia: las estaciones se suceden, los ancianos mueren y cada vez nacen menos niños, los campos son abandonados. Mineo se va desvaneciendo. No ha sido capaz siquiera de intentar la máxima de Lampedusa de que todo cambie para que todo pueda seguir igual; no han salvado sus tradiciones a cambio de adaptarse a los tiempos e intentar progresar. Simplemente, como tantos otros lugares, han sido barridos por el tiempo.

Porque el tiempo, el eterno tiempo, siempre gana la partida. Bonaviri lo sabe y se marcha antes de ser también engullido por él; demasiado dolor se lleva ya de su pueblo natal. Y aunque dicen que el tiempo todo lo cura, no es así: no es más que un anestésico que nos ayuda a no sentir las heridas, a olvidar que siguen ahí.
 

GIUSEPPE BONAVIRI: EL ENORME TIEMPO. APUNTES PARA UN DIARIO DE UN MÉDICO SICILIANO. Sajalín Editores (Barcelona), 2011, 168 páginas. Traducción y prólogo de Pepa Linares. 

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