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GALLARDÓN

¿Delfín o verso suelto?

En la primavera de 2007 cavilaba uno si abandonar la empresa a la que prestaba sus servicios para dedicarse en cuerpo y alma a esa emergente Libertad Digital Televisión en la que ya colaboraba. Fue entonces cuando un querido compañero, con el que solía conspirar a diario antes de dejarle en su domicilio, me confesó su deseo de escribir la biografía de Alberto Ruiz-Gallardón.

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Naturalmente, tomé como simple boutade la idea. Era, al fin, una de tantas ocurrencias de aquellas mañanas en las que el sol empezaba a despuntar mientras para nosotros llegaba la hora de la recogida, una vez dejado como pan recién hecho el soporte informativo del día. Difícil se me antojaba que semejante empresa pudiera ser abordada por mi amigo, periodista de una emisora cuyo comunicador estrella había sido objeto de las iras del excelentísimo alcalde de la capital de España, que llegó a judicializar su inquina.

Algo más de un año después quiso el destino (o más bien nuestros respectivos jefes) que al frente de la información estival coincidiéramos un servidor, como editor y presentador de los noticiarios de LDTV, y un joven y prometedor periodista llamado Pablo Montesinos. Pese a que apenas nos conocíamos, con puntual eficacia me interrogaba todas las mañanas por teléfono acerca de la actualidad del día, que él jerarquizaba en nuestro periódico. Por el desparpajo y hambre periodística que mostraba en aquellos días del verano de 2008, por su eterna disposición a indagar qué se cocía realmente en el puchero de la política nacional, intuí que pocos retos profesionales se le resistirían.

Alberto Ruiz-Gallardón.Sólo dos años después ve la luz El delfín del PP, biografía natural y por supuesto que no autorizada de uno de los políticos más controvertidos de nuestro tiempo. Un libro que ya antes de llegar a la imprenta nos dijo mucho de cómo se las gasta la casta política, el segundo problema para los españoles según el CIS. Y es que uno de los encastados se permitió alegremente el lujo de prometer, redactar y enviar el prólogo sin, ¡ay!, consultar antes con Génova, donde anidan los hacedores de frases al por mayor, las malencaradas jefas de prensa ayunas de las más elemental cortesía –con El País y aledaños son otra cosa– y un inquilino del mítico despacho de la séptima planta que confía en que la incompetencia de los actuales gobernantes socialistas le lleve en volandas a La Moncloa: ni siendo víctima de un sabotaje de controladores aéreos se mete en el barro, el buen señor.              

Salir indemne del trato diario con este entorno y ofrecer informaciones de alcance de lo que se cuece en el primer partido de la oposición es el aval esencial con el que Montesinos afronta su precoz debut editorial. Una puesta de largo en la que le acompañan, como prueba de la generosidad del autor y del trabajo de equipo que es santo y seña del grupo Libertad Digital, otros dos jóvenes valores de nuestra redacción: Ángela Martialay y Adriana Rey. La primera disecciona "El caso Jiménez Losantos", equívoco título para un capítulo que disecciona, más bien, el caso Gallardón, ese político tan bien tratado por casi todo el mundo, a derecha e izquierda, pero que no tolera el menor reproche cada vez que se contempla en el mágico espejito mediático. Por eso decidió emprenderla por la vía penal contra esa voz crítica, tras engañar a tirios y troyanos –incluido el presidente de su partido– diciéndoles que al final acabaría retirando la querella. El inventario de la gestión municipal del Excelentísimo Señor Alcalde corre a cargo de Adriana Rey, que ha padecido la arrogancia matonesca del personaje en alguna que otra rueda de prensa. Para los anales quedará el mote de Tutangallardón, que tan a pulso se ha ganado el primer edil de la Villa y Corte por sus proyectos faraónicos, como el traslado de la sede del ayuntamiento al Palacio de Correos de Cibeles y sus dos apuestas fallidísimas para organizar unos Juegos Olímpicos en la ciudad, siempre a costa del muy muy muy sufrido contribuyente madrileño, que ha de soportar una deuda superior incluso a la de algunas autonomías.

El lector encontrará aquí el relato de una ambición sin límites, no exenta de pragmatismo y frío cálculo de posibilidades. El objeto de esa ambición es el Palacio de la Moncloa, aunque el triunfo demoscópico de la lluvia fina arriolesca quizá haga al ambicioso aspirar, en el corto plazo, a algún premio de consolación, bien un ministerio (de los de gasto, preferentemente Fomento) o la presidencia del Congreso. Para que esto último fuera posible, el Delfín debería figurar en las listas para las próximas generales. Y aunque esta vez –a diferencia de lo que pasó en 2008– el ambicioso se ha descartado, a nadie extrañaría que Rajoy alzara el pulgar, con el permiso de Esperanza Aguirre. O no.

Ocurra lo que ocurra, nos quedan muchas crónicas de Pablo Montesinos por delante. Y ustedes que las lean.

 

PABLO MONTESINOS: EL DELFÍN DEL PP. Ciudadela (Madrid), 2010, 289 páginas.

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