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'LA EUROPA REVOLUCIONARIA'

El contexto de nuestra última guerra civil

Los lectores del libro de Stanley G. Payne sobre las razones de la derrota republicana en la Guerra Civil pudieron comprobar cómo el historiador norteamericano enmarcaba ésta en un contexto más amplio de conflictos del mismo tipo. Pues ese contexto es, precisamente, el objeto de este nuevo libro suyo: La Europa revolucionaria.

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El título original es Civil War in Europe. Va en singular, sí, luego no es un recuento de las guerras civiles habidas en nuestro continente en el siglo XX, aunque dé cuenta de las que tuvieron lugar entre 1905 (la "frustración de la revolución rusa") y el final de la II Guerra Mundial. Payne comparte, pues, la tesis de Hobsbawm y Nolte de que Europa vivió en la primera mitad del Novecientos una guerra civil. A ello contribuyó la globalización, que no es un fenómeno nuevo y que permitió que algunos tuvieran conciencia de que "la vida no era tan diferente en la sociedad enemiga". Payne no subsume las dos guerras mundiales en esa magna guerra civil europea, de la que sí formaría parte, en cambio, la contienda española.

El libro se divide en tres partes; grosso modo, la primera tiene por eje la Gran Guerra y los conflictos internos relacionados con ella (especialmente la guerra civil rusa); la segunda se fija en la España del período 1931-1939, y la tercera pivota en torno a la II Guerra Mundial. El hecho de que la segunda parte sea algo más larga que las otras dos no da una idea precisa del papel predominante que otorga el historiador a nuestro país. La razón es que en todo el libro establece comparaciones entre el resto de los conflictos europeos y el nuestro.

Los ejemplos son muy numerosos, y algunos muy valiosos, también. Al hablar de la guerra civil finlandesa dice que los fineses fueron "los primeros socialistas en lanzar una insurrección revolucionaria contra un gobierno elegido democráticamente"; "los socialistas españoles serían los segundos", añade al punto.

En términos relativos, a pesar de que Finlandia tenía un régimen parlamentario democrático, la represión sufrida por la izquierda en la posguerra produjo todavía más muertos que la del régimen franquista tras la guerra civil española.

La nueva política económica de Lenin sería también "la política económica que los comunistas propondrían en 1937 para la República española en la época bélica", apunta Payne. Y al hablar de la guerra civil rusa señala:

En España, quienes contarían con las ventajas de la unidad y la centralización serían los contrarrevolucionarios, que también tuvieron el apoyo de un nacionalismo mucho más acendrado y de algo por lo menos igualmente importante: la motivación religiosa.

Franco, por otro lado, era "mucho más metódico y mucho mejor organizador que ninguno de los generales blancos [= antibolcheviques], y contó con una logística infinitamente mejor y una retaguardia mucho más estructurada y segura", lo que explica en parte los resultados tan distintos de esas dos guerras civiles.

Ya en la II República, las comparaciones con el resto de experiencias históricas llevan a conclusiones chocantes, pero asentadas en juicios que son muy difíciles de rebatir o siquiera atenuar.

Las elecciones democráticas habían llegado a su fin en España, y los comicios gestionados por Adolf Hitler en la Alemania de marzo de 1933, a pesar del terror imperante en las calles, habían sido más imparciales [que las españolas de 1936], lo cual habla muy mal de la decadencia política de la Segunda República.

En sentido opuesto, sobre la actitud del gobierno radical-cedista tras la revolución de 1934 escribe:

La benevolencia desplegada por la Segunda República española durante la represión carecía de precedentes históricos y no se podía comparar en absoluto con las políticas infinitamente más brutales aplicadas en circunstancias bastantes similares por la Tercera República francesa (1871), la república alemana de Weimar (1918-1923), el régimen parlamentario italiano (1920-1922) (...).

Pero ¿por qué tanta atención a nuestro país en una historia de los conflictos, internos y externos, causados por la revolución y la contrarrevolución? El motivo es que "el último proceso revolucionario de la época y el único iniciado en pleno período de entreguerras fue el que comenzó en España en 1931". Con la peculiaridad, además, de que fue "un proceso debido casi exclusivamente a factores endógenos". Pero hay más:

La revolución obrera que tuvo lugar [en España] en la zona republicana fue la más amplia y prácticamente la más espontánea de las ocurridas en ningún país europeo, Rusia incluida.

Sin embargo, "en la historia comparada de las revoluciones modernas no es posible encontrar capítulos dedicados a la revolución española", y no deja de preguntarse por qué.

El autor ofrece tres respuestas. La primera, más inmediata, es que los revolucionarios perdieron la guerra. La segunda, que en nuestro país la revolución no tuvo un carácter eminentemente comunista, sino que fue mucho más plural, y el anarquismo desempeñó un papel de primer orden. La tercera, que entonces la propaganda soviética, coincidente con los intereses del Gobierno republicano, quiso vestir la coalición de izquierdas como plenamente democrática y ocultó en lo posible su carácter revolucionario, con el objetivo de recabar más simpatías internacionales. Lo curioso es que esta propaganda "no tuvo un especial éxito mientras duró la guerra", pero acabó convirtiéndose en "la línea oficial del conjunto de la izquierda española", que podía así identificarse con el bando republicano y con la democracia frente al fascismo. Por supuesto, como quedará claro a estas alturas, Payne no se limita a explicar las razones de esta carencia, sino que el libro en sí es un intento de superarla.

Aunque La Europa revolucionaria es muy rica en datos y análisis de los acontecimientos, se puede destacar, de la primera parte, la explicación del papel de Alemania como promotora de la revolución en todo el continente. Libraba una Weltanschauung krieg,

una especie de guerra ideológica y moral cuyo objetivo era conservar y expandir las más elevadas manifestaciones de la cultura alemana y un idealismo alemán que debía imponerse y enfrentarse tanto al despotismo ruso como al mercantilismo, el materialismo y el imperialismo comercial anglo-francés.

Así,

fue Berlín y no el Moscú bolchevique el que puso en marcha el primer proyecto mundial de revolución y subversión.

De la tercera parte es especialmente valiosa la distinción conceptual en que divide los conflictos relacionados con la II Guerra Mundial.

Una completa taxonomía de las guerras y conflictos registrados en Europa entre 1939 y 1945 deberá distinguir entre 1) la guerra entre las grandes potencias, 2) las guerras paralelas, 3) las luchas de liberación nacional, y 4) las guerras civiles.

Estas últimas ocupan las páginas postreras del libro.

Es una edición cuidada, con la referencia a las ediciones españolas de las obras citadas por el autor. Destaca, precisamente, el dominio que tiene Stanley Payne de la bibliografía; no ya de las amplísimas referencias ya conocidas, sino de las últimas aportaciones, incluso de las que están por publicar. En definitiva: es ésta una obra muy útil para comprender el desarrollo de la primera mitad del siglo en Europa y, especialmente, para entender el contexto en que se desarrolló nuestra última guerra civil.

 

STANLEY G. PAYNE: LA EUROPA REVOLUCIONARIA. LAS GUERRAS CIVILES QUE MARCARON EL SIGLO XX. Temas de Hoy (Madrid), 2011, 402 páginas.

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