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DESCUBRE AL ECONOMISTA QUE LLEVAS DENTRO

El Freakonomics de la autoayuda

El éxito del libro de Steven Levitt y Stephen Dubner parece haber provocado un interés en los editores por encontrar economistas que apliquen de una forma amena y comprensible las herramientas de su profesión a ámbitos no estrictamente económicos. Gorka Echevarría ya habló de El economista camuflado, de Tim Harford; ahora me toca hacer lo propio con el de mi admirado Tyler Cowen: Descubre al economista que llevas dentro.

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Se preguntarán ustedes cómo es que admiro a un economista al que casi nadie conoce en España. Bueno, es sencillo: pertenece al Departamento de Economía de la Universidad George Mason, antaño dirigido por el gran Walter Williams, cuyos profesores parecen compartir la pasión por tener un blog: Bryan Caplan y Arnold Kling mantienen Econlib; Russell Roberts y Don Boudreaux, Cafe Hayek; y Cowen escribe, junto a Alex Tabarrok, el extraordinario Marginal Revolution, quizá el blog económico más popular de la Red y, en cualquier caso, uno de mis favoritos. Kling ha llegado a conceder al referido departamento la categoría de escuela económica; la Escuela de la Masonomía, podríamos decir, cuya principal característica quizá sea la de considerar los fallos del mercado como una oportunidad para que los emprendedores encuentren una solución de mercado, no como una excusa para la intervención gubernamental.
 
Leyendo a Cowen en su blog se descubre a un economista con intereses amplísimos, que disfruta encontrando nuevos ámbitos en que los emprendedores hayan encontrado una solución ("Markets in everything" es un título que repite una y otra vez en las anotaciones de su blog) y que entiende perfectamente cómo funcionan los incentivos. Cuando visitó España para presentar el libro que nos ocupa se compró y leyó El camino hacia la cultura, de César Vidal, y después comentó sus preferencias cinematográficas. También aprovechó para explicar cuáles eran sus cosas favoritas de España en lo que a literatura y música se refiere. Hace básicamente lo mismo con cada país que visita. Y viaja mucho...
 
Total, que me abalancé sobre este libro con la mayor de las expectativas… y quedé decepcionado. Bueno, tampoco hay que exagerar; digamos que no llegó tan alto como esperaba, pero no por eso dejó de interesarme, entretenerme y enseñarme.
 
Más útil que Freakonomics, resulta, sin embargo, menos ameno. Cowen intenta hacer despertar al "economista que llevamos dentro", ése que comprende la naturaleza de los incentivos y cómo debemos usarlos en el día a día. Ahora bien, al mismo tiempo reconoce que no puede ofrecernos respuestas categóricas, sólo orientaciones, porque resulta difícil identificar qué tipo de incentivos –económicos, de refuerzo de la autoestima, etcétera– han de emplearse para cada caso. De hecho, argumenta que ésa es la razón por la que las empresas no contratan como directivos a economistas teóricos: pueden saberse muy bien los tipos de incentivos y el funcionamiento de los mismos, pero eso no significa que dominen el arte de emplear el adecuado en cada caso. Cowen no pretende enseñarnos a lograrlo, sólo a mostrarnos las alternativas y a ofrecernos varios ejemplos.
 
Así, lista una serie de ideas para lograr que las reuniones de trabajo duren poco y vayan al grano, entre las que destaca la de obligar a todos los participantes a permanecer de pie. Explica varios trucos para valorar mejor las visitas a museos y exposiciones, como preguntarse en cada sala qué nos llevaríamos a casa, y por qué; incluso cómo. Puede parecer una tontería, y seguramente lo sea, pero Cowen insiste en que facilita el que centremos nuestra atención y dejemos de soñar con la puerta de salida. Dado que la escasez de tiempo es un problema que para muchos es más acuciante que la falta de dinero, aconseja leer partes intermedias de los libros o leerlos de cabo a rabo siguiendo a un único personaje, para evaluar si nos interesa antes de proceder a su lectura de la manera tradicional. Incluso sugiere acudir a multicines y ver sólo partes de varias películas. Sugerencias que sin duda escandalizarán a cinéfilos y profesores de literatura; pero es que ellos dedican sus vidas a esas artes, y en las nuestras son sólo una parte de nuestro tiempo que debemos optimizar.
 
Como gran aficionado a la comida y a la cocina, Cowen opina que lo mejor es aprender a preparar platos sanos, porque cuando comemos fuera es difícil resistirse a los repletos de grasa y colesterol, que además estén seguramente mucho mejor hechos de lo que uno podrá lograr nunca en su casa. Además, propone un juego interesante: ¿dónde se comerá mejor, en Haití o en Suecia? Parece que la respuesta está clara, pero no: la mejor combinación para disfrutar de una buena comida es un país pobre con una élite adinerada. Tendrás restaurantes a los que acudirán las clases altas dispuestas a pagar por comer bien, pero con platos preparados por personas que cobran muy poco y que dedican mucho tiempo y esfuerzo a cada comida. En Suecia, algo similar costaría un ojo y parte del hígado.
 
También aborda asuntos más importantes, como la importancia del autoengaño ("Nunca discuto con mi esposa") o la de emitir las señales adecuadas (no comprar un seguro puede ser lo más inteligente, pero da a entender que la protección de nuestra familia no nos importa lo suficiente) a la hora de tener un matrimonio feliz. Asimismo, nos advierte de que hacer una donación puntual a una organización de caridad o a una asociación que defienda algo que nos importe puede ser contraproducente: los gastos en que incurrirá aquélla para seguir en contacto con nosotros y pedirnos más dinero pueden acabar superando el monto de nuestra donación.
 
En resumidas cuentas, Cowen recoge de Freakonomics lo más importante, el análisis de los incentivos, para aplicarlo a problemas que pertenecen más al ámbito de los libros de autoayuda que al de los manuales de economía. En eso salimos ganando, porque, para qué engañarnos, ¿a quién le importa realmente si los luchadores de sumo hacen trampas o no, asunto al que Levitt y Dubner dedican páginas y más páginas? Sin embargo, Cowen exporta al libro el estilo que adopta en el blog, lo que le hace saltar continuamente de un tema a otro sin acabar de redondear ningún argumento. Ese defecto es lo que provoca que el ensayo sea irregular y un poco confuso, por más que se pueda extraer petróleo de muchas de sus ideas, y acabemos su lectura con sentimientos encontrados. Eso, suponiendo que no hayamos seguido sus consejos y leído sólo un fragmento, claro...
 
 
TYLER COWEN: DESCUBRE AL ECONOMISTA QUE LLEVAS DENTRO. Planeta (Barcelona), 2008, 315 páginas.
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