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HISTORIA

El hombre que humilló a Hitler

Berlín, 11 de mayo de 1931. Mientras la ciudad, asolada por el paro, se sume en el desorden creado por la guerra entre bandas comunistas, socialdemócratas y hitlerianas, en los tribunales de Moabit el líder nazi se juega su futuro político. Señor Hitler, ¿dirige usted una organización dedicada al asesinato? ¿Es ese el objeto de su partido? 

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Tras hacerse con el 18% de los votos en las elecciones celebradas nueve meses atrás, Adolfo Hitler, jefe del Partido Nacionalsocialista, era el hombre del momento. Nacionalista y socialista, obrero y burgués, populista y elitista, el Partido Nazi afrontaba una crisis de crecimiento caracterizada por el enfrentamiento entre los revolucionarios y los oportunistas que, como Hitler, preferían llegar a acuerdos con la derecha. Pero estas diferencias eran sólo de forma. En febrero de 1931 el líder había escrito que las Secciones de Asalto no eran "ninguna institución moral para la educación de jovencitas de buena familia, sino una aguerrida tropa de combatientes". Por tanto, la disputa era meramente táctica, pues, como Hiter había proclamado en un mitin celebrado en marzo, las SA debían aprender a "defenderse con el puño": "Con el puño se alzará la nueva Alemania".

A fin de consolidar su poder interno, Hitler aparta a Walter Stennes de la jefatura del partido en Prusia y pone en su lugar a Ernst Röhm, lo que provoca una revuelta de escasas consecuencias. Sin embargo, una pareja de jóvenes abogados compañeros de viaje del Partido Comunista y colaboradores del Socorro Rojo aprovecha estas circunstancias para tratar de dar al traste con las ambiciones del austriaco.

Uno de ellos es Hans-Joachim Litten, hijo de un antiguo decano de la facultad de Derecho de Königsberg de origen judío y de una descendiente de pastores evangélicos suavos. Llevado por una mezcla de mesianismo religioso, moralismo, rebeldía y rechazo a una figura paterna distante y autoritaria, Litten se había convertido en defensor de numerosos militantes comunistas acusados de actos violentos. Fruto, a juicio de su madre, de la herencia de sus antepasados luteranos e inconformistas, el fanatismo y la ira justiciera transformarán a este intelectual admirador de las catedrales medievales y de William Shakespeare, y ferviente devoto mariano, en uno de los más célebres representantes de la llamada "justicia proletaria".

El hombre que humilló a Hitler se centra en los esfuerzos del joven abogado por lograr la ilegalización y destrucción de los nazis, que en aquellos momentos desarrollaban una agresiva campaña en los baluartes berlineses del Partido Comunista. En el ataque al Palacio Edén, miembros de las SA irrumpieron en una fiesta de la Agrupación Excursionista y Social y, tras herir a tres asistentes, huyeron, aunque varios de ellos fueron detenidos y llevados a juicio. El incansable Litten, habida cuenta de la división interna existente en el Partido Nazi, usa las filtraciones proporcionadas por el abogado de los acusados, próximo a las tesis de los críticos de Hitler, para demostrar que ese incidente no era un hecho aislado, sino parte de la naturaleza criminal de las SA y, por ende, de los líderes nazis.

Tras conseguir sentar a Hitler en el banquillo de los testigos, Litten y sus camaradas se afanan en revelar los vínculos entre las Brigadas de Asalto y aquél. Durante horas, Hitler es sometido a un agotador interrogatorio, en el que salen a relucir tanto el carácter totalitario de los nacionalsocialistas como un documento de Goebbels, publicado por el partido, en cuya primera edición se hacía una defensa del exterminio de los rivales políticos como medio para conquistar y ejercer el poder.

El relato, que alterna la narración y el análisis de las intrincadas relaciones entre el poder judicial, la política y la opinión pública en la Alemania de la época, por otra parte perfectamente aplicable a nuestro tiempo, culmina con la sentencia, cuyo redactor opta por soslayar las implicaciones políticas de las SA –"Pese al motivo político, la motivación decisiva del acto no radicó en el hecho de considerarse obligados"– y reprocha a Litten sus métodos irregulares, como la organización de asambleas de testigos.

La reacción de los nazis y de algunos jueces y fiscales no se hizo esperar. La heterodoxia de Litten, retratado por Carter como un paladín del imperio de la ley, a pesar de que varias citas de la época reproducidas en en estas mismas páginas muestran que muchos observadores consideraban estos juicios peleas entre revolucionarios, provocó su apartamiento de un juicio posterior sobre un tiroteo entre militantes nazis y comunistas. Pese al apoyo que le brindó la prensa de izquierdas y el Colegio de Abogados, Litten fue adquiriendo un perfil cada vez más polémico, debido a sus invectivas contra el sistema político y judicial de Weimar.

Mientras tanto, Hitler se alzaba con el segundo lugar en las elecciones presidenciales de 1932, y su partido lograba ser el más votado en las legislativas. En junio, el conservador Von Papen deroga la ilegalización de las SA. Las intrigas en la derecha facilitaron que el líder nazi fuese nombrado canciller en enero de 1933, con el apoyo explícito de los diputados conservadores y del Centro católico. Poco después se convoca de nuevo a elecciones y se produce la quema del Reichstag, tras lo cual se desencadenó una ola de detenciones y se abrieron campos de concentración.

Arrestado y trasladado a la antigua cárcel de Spandau y después al campo de concentración –una expresión nueva en alemán– de Sonnenburg, Hans-Joachim comienza una peregrinación por numerosos establecimientos penitenciarios que culmina en Dachau. Son cinco años en los que Irmgard Litten emerge como una auténtica madre coraje, capaz de apelar a su origen ario y a sus credenciales nacionales y de reunirse con todos los cabecillas nazis con tal de conseguir la libertad de su hijo, contra quien nunca se formuló acusación alguna. La voluntad personal de Hitler y el temor de los nazis a que el abogado saliera de Alemania y contribuyera con su testimonio al desprestigio del régimen impidieron que éste se beneficiase de las amnistías decretadas por el Gobierno. Ni la campaña internacional ni los esfuerzos de un curioso personaje, el político laborista Lord Allen de Hurtwood, cuyo afán apaciguador resulta tan ridículo como indignante, consiguieron que Litten fuera liberado.

El relato de los últimos años de nuestro hombre, basado en las memorias de su madre, matizadas por los relatos de sus amigos –Margot y Max Fürst–, parientes y compañeros de prisión, resulta especialmente valioso, pues nos muestra la naturaleza inherentemente perversa del régimen nazi, al tiempo que nos acerca a la conmovedora tragedia familiar de los Litten. No menos interesante es la descripción de la vida en los primeros campos, y de los mecanismos de exclusión, estigmatización y criminalización empleados por los nazis contra judíos, izquierdistas y homosexuales, sin excluir a elementos de la llamada "derecha decadente" –principalmente monárquica y liberal– y del clero. Un auténtico viaje al corazón de la espiral infernal creada por Hitler y sus esbirros en el transcurso del cual al lector le invade una desazonadora sensación de impotencia, al mismo tiempo que no puede dejar de desarrollar una curiosidad casi culpable por el destino de los personajes de esta inquietante saga político-familiar.

Mención aparte merecen las manipulaciones que sufrió la figura de Hans Litten en la RDA, donde fue presentado como el fundador ideológico del Estado. La hostilidad de la RFA hacia Irmgard Litten por haber trabajado para la BBC durante la guerra y haberse trasladado posteriormente a la Alemania comunista propiciaron la transformación del abogado en un auténtico mártir laico –en sus memorias, Irmgard exagera la religiosidad de Hans a fin de ganarse el apoyo de sectores conservadores a su causa personal, aunque fiel reflejo de muchas otras, contra el nazismo–. La recuperación de Litten por los abogados de la Fracción del Ejército Rojo y la polémica suscitada en 1994 por el juez Helmut Kramer, quien afirmó que aquél había hecho "una valerosa defensa de la democracia" (Carter nos recuerda por boca de Max Fürst que Litten siempre fue un revolucionario que despreciaba la democracia), han distorsionado el perfil de este personaje polifacético, contradictorio y ciertamente complejo que bien podría haber acabado con Hitler, aunque no precisamente en nombre de la libertad, sino en el de la, a su juicio, necesaria revolución socialista.

El hombre que humilló a Hitler, traducido de forma impecable por Albert Solé y editado con acierto (las notas documentales al final y la ausencias de notas aclaratorias permiten el disfrute pleno del texto), es un magnífico ejemplo de la peculiar habilidad con que el ámbito académico anglosajón cultiva el género biográfico combinando el rigor documental con técnicas procedentes de la novela contemporánea que, sin restar un ápice de valor intelectual a la obra en cuestión, entretienen e incluso divierten. Una apuesta seria y a mi juicio totalmente atinada que espero obtenga el éxito comercial que se merece.


BENJAMIN CARTER HETT: EL HOMBRE QUE HUMILLÓ A HITLER. Ediciones B (Barcelona), 2008, 557 páginas.
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