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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Hay que leer a Don Winslow

"El que no ha leído a Don Winslow está jodido", ha dicho hace poco mi querido editor Pere Sureda, con la precisión que lo caracteriza. Antes, cuando le dije que había leído, tarde, ya en edición de bolsillo, El poder del perro, me soltó una frase lapidaria, la que mejor define esa excelente novela: "Te deja sin nada".

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No sé si es lo mejor que se puede decir de una novela, que te deja sin nada, que te desertiza interiormente, pero estoy seguro de que es algo muy importante respecto de cualquier experiencia humana, para bien o para mal. Quedarse sin nada, despojarse, por la vía de la lectura o de la vocación o de la escritura o del amor carnal, es un logro. Como apuntó Peter Handke en su día, "desarraigarse es el mayor de los triunfos".

Es lo que consigue El poder del perro, sin duda, aunque sea un best seller. A ratos, con el éxito de Larsson y el de este libro, uno se siente la tentación de pensar que el público se ha vuelto más inteligente, aunque sea una ilusión pasajera, pero esta mañana en el metro he visto a una señora leyendo a Winslow con la misma concentración que otras le dedican a Isabel Allende. Y lo escribo así, en femenino plural porque en el metro leen las mujeres y, a veces, yo.

Claro que yo tengo entrenamiento para un escritor como Winslow, porque llevo treinta años leyendo a James Ellroy, desde que empezó a publicarlo Silverio Cañada en Etiqueta Negra, en Gijón. Después recogió el guante Ediciones B, que, entre otras, editó América, una de las novelas mayores de la literatura americana actual, tan magnífica como difícil, al menos hasta que uno se hace con las peculiaridades del estilo, de una economía extrema, pese a que el resultado es un millar de páginas.

Si alguien aún no ha leído a Ellroy, corre el riesgo de estar jodido, porque le falta una de las piezas clave para entender nuestra época. Tan clave como la Pastoral americana de Philip Roth o El fantasma de Harlot de Norman Mailer. Todas novelas extensas, como El poder del perro, y que en algún punto también te dejan sin nada: el punto en que te es revelada la omnipresencia del mal en nuestras vidas.

Si Ellroy se mueve con preferencia en el ámbito de la corrupción política, de la mediocridad y las miserias de J. Edgar Hoover o del clan Kennedy, el mundo de Winslow es el del tráfico de drogas, en ese espacio singular que es California, la de los Estados Unidos y la de México, simplemente Baja. Un universo de violencia extrema, opresivo, obsesivo, mortal por definición: allí no se vive gratis pero se muere con una enorme facilidad.

No voy a apartarme de la norma: en mis reseñas no hay resúmenes de novelas. Sólo hablo de ellas en términos generales, de mis impresiones, en la esperanza de que mis lectores me crean y hagan caso de mis recomendaciones. Tampoco escribo una mala crítica: si un libro no me interesa, no hablo de él, no hay condena mayor que el silencio, y así no se pierden palabras en glosar lo que no vale la pena. Sólo me mueve el entusiasmo por un libro o por un autor.

Háganme caso: lean a Winslow. Acaba de aparecer Salvajes, la segunda de sus obras en edición española. No tiene la inmensidad de El poder del perro, pero es su complemento perfecto. Algunos se iniciarán en Winslow a través de Salvajes, aunque yo preferiría que hicieran el mismo camino que he hecho yo. En cualquier caso, el más nuevo está más distribuido, y el más viejo se encuentra en bolsillo en todas partes.

De paso sea dicho, la traducción de Alejandra Devoto de Salvajes es muy buena, tanto como lo era la de Eduardo Murillo de El poder del perro.

DON WINSLOW: SALVAJES. Martínez Roca (Barcelona), 2011, 352 páginas. Traducción de Alejandra Devoto.

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