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MUJERES QUE CUENTAN CRÍMENES: BATYA GUR

La estrella fugaz de la novela negra

¡Queríamos tanto a Batya! Sólo con las cinco novelas del detective Ohayon se había convertido en una referencia mundial de calidad en la novela negra. Su personaje era una extraña mixtura de Dalgliesh, Wallander y Rebus, pero resultaba menos opaco que la criatura de PD James, menos desorganizado y marginal que Rebus y no tan socialdemócrata como el atormentado detective de Mankell.

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Es que Ohayon, como su creadora (Tel Aviv 1947-Jerusalén, 2005), es judío y vive en Israel. Diríase que eso lo incapacita para las emociones sociales intransitivas. Al fin y al cabo, están demasiado preocupados en sobrevivir como para preguntarse ante el espejo cada mañana (o cada noche con cubitos de hielo en el whisky y la mejilla) si que los maten es culpa suya.
 
La impresionante saga de Michael Ohayon comienza en 1992 con El asesinato del sábado por la mañana, cuyo subtítulo es 'Un caso psicoanalítico'. Prosigue al año siguiente con Un asesinato literario (Literary murder. A critical case). Alcanza la cima con Asesinato en el kibbutz (Murder on a kibbutz. A comunal case), en 1994, y se interrumpe durante cinco años, no sabemos si a causa de la "larga enfermedad" que finalmente acabó con su vida.
 
En 1999 reaparece con Un asesinato musical (Murder duet. A musical case), y en 2004 da a la imprenta el que, salvo obra inédita, será el último episodio de la saga: Asesinato en el corazón de Jerusalén (Bethelem Road Murder). En España todos han sido publicados por Siruela y traducidos al español. Nada que ver con las estropajosas versiones en castelán que suelen venir de Barcelona.
 
Detalle de la portada de BETHELEM ROAD MURDER.Sin embargo, en los obituarios rituales (valga el pleonasmo) de El País o El Mundo se dedicaba más de la mitad del espacio necrológico a glosar su condición de intelectual izquierdista, del ala radical del laborismo, públicamente apreciada por "los palestinos". Si, como es muy de temer, el aprecio venía de esa turbamulta de ladrones y terroristas agrupados en torno a la Mukata y que han tenido en Arafat su cabecilla y su símbolo, está claro que Gur era apreciada por lo más despreciable de su tierra, que no es el Likud.
 
Es de temer que esa publicidad antisionista y antioccidental que impregna los medios de comunicación izquierdistas, es decir, casi todos los medios de comunicación, convierta a la gran escritora que ha sido Batya Gur en una simple militante izquierdosa, dato más importante que cualquier otro para la progresía piafante e imperante pero harto menos sustancial que la compleja y sutil creatividad desplegada por esta novelista de vocación tardía (empezó a los 39 años) que eligió el género negro por imponer fórmulas rígidas y evitarle la comparación con la Gran Literatura que le gustaba: Tolstoi, Chejov.
 
Este dato de preferir el carril genérico al campo abierto de la novela posmoderna tiene mucha importancia, al margen de la humildad real o fingida de la autora. Batya Gur respeta siempre las reglas del género, tal y como han sido definidas o configuradas por los grandes autores de la novela negra contemporánea, al estilo PD James. Quizás a ella le gustasen más Chandler e incluso Ellroy, pero sus libros tienen más de matización británica que de combustión norteamericana. Y gracias a esa fidelidad a las normas del género resultan eficacísimos, casi hipnóticos para el lector. No obstante, definirla en los obituarios citados como "la Ágatha Christie israelí" demuestra dos cosas: que no han leído mucho a Ágata Christie y que no se han tomado muy en serio a Batya Gur.
 
Que yo sepa (pero no soy omnisciente), sólo César Vidal en 'La Mañana' de COPE y Julia Escobar en Libertad Digital han tratado a Batya Gur y su obra con el respeto que merecen, más allá de las simpatías o (en los dos casos citados) antipatías que su militancia política pueda previsiblemente despertar.
 
Se anuncia la publicación en español de un libro político, Piedra contra piedra, que, sobre evocar la peliculeja de Medem, sugiere un paralelismo tan simplificador como estúpido entre víctimas del terrorismo y verdugos. Sería una lástima que muchos lectores, por esta politización póstuma de la escritora, decidieran ahorrarse una zambullida en su obra novelesca.
 
El País también citaba la novela Asesinato: se filma, no publicada hasta ahora en ningún idioma. Puede ser un título equivocado de su último libro, Asesinato en el corazón de Jerusalén, ausente en el obituario, ya que se da como año de su publicación el 2004. Nos gustaría creer en una obra inédita, ya que la cita del aspecto "pastoral" de su mansión israelí sugiere cierta cercanía de su autor/a, Sal Emergui, a Batya Gur, pero el estilo politiquero y demagógico del artículo nos hace temer más bien la ignorancia flagrante o la confusión con alguna versión de las novelas de Batya Gur para televisión.
 
Detalle de la portada de una edición en italiano de ASESINATO EN EL KIBBUTZ.No obstante, si es fácil rechazar lo que no ensalza e incluso menoscaba el valor de esta obra (brevísima para las torrenciales costumbres del género), más difícil resulta definir en qué consiste la particularidad de Batya Gur en el frondoso campo de la novela negra. Yo leí en primer lugar Asesinato en el kibbutz, no sé si por recomendación de Julia Escobar, de César Vidal o por simple curiosidad hacia una autora desconocida. Lo que sí recuerdo es que comenté elogiosamente su obra con César o con Julia en 'La Linterna' y que publiqué algún artículo en El Mundo y Época sobre esa autora por entonces ignota, casi invisible, en España.
 
Jacobo Martínez de Irujo, creador de Siruela y lector más que editor de Batya, me escribió entonces una tarjeta agradeciéndome muy vivamente lo publicado y subrayando su admiración por la novelista judía. Su fortuna editorial fue creciendo (ojalá mi devota propaganda ayudara), y en el momento de su muerte era uno de los nombres más sólidos en un campo generalmente fluido y fangoso.
 
¿Pero por qué? ¿Qué tenía de especial la obra de Batya Gur? ¿Qué la hacía distinta, no sólo por el ámbito geográfico, social y político donde suceden los crímenes, sino por la forma en que se cuentan? Creo, o más bien intuyo, que la clave está en esa obra magistral, Asesinato en el kibbutz, la obra que hay que leer en primer o último lugar (mejor al principio) de la saga de Ohayon. Hay en ese deambular del detective por el pasado y el presente de los sospechosos, tan cerca siempre de las víctimas, los dos elementos propios de la novela negra actual, con los que tanto se identifica la autora: la inseguridad con respecto a sí mismo y la seguridad en la existencia implacable del mal.
 
Este aspecto es esencial. Hace apenas cincuenta años, los detectives no dudaban. Eran personajes pagados de sí mismos, seguros del modelo de investigación que usaban, confiados siempre en que al final aclararían los crímenes que, a menudo, eran llamados a resolver como si de un deporte se tratase. En la novela negra actual sucede al revés: el policía o detective privado que intenta atrapar al asesino lo hace con más confianza en el fallo del otro que en el acierto propio. No hay lugar para el optimismo. Los muertos, siempre en primer plano, siempre vivos en su grito silencioso de justicia, lo impiden.
 
Ohayon es un universitario metido a policía, casi diríamos un intelectual que no puede convivir con la duda y prefiere la seguridad de intentar algo antes que soñar en vano con arreglarlo todo. Sus vacilaciones se van adueñando del primer plano narrativo, hasta el punto de convertir su oscilación personal en el ritmo invisible de la intriga. Si todo paisaje es interior, todo crimen es iluminado por la personalidad del detective, trasunto del autor. "Madame Bovary c'est moi", dijo Flaubert en día de obviedades. Ohayon es Batya Gur, la estrella fugaz de la novela negra. Leerla fue, es y será siempre admirarla.
 
 
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