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ARTIFICIAL HAPPINESS

¿La felicidad era esto?

Los occidentales vivimos en el Estado del Bienestar; pero nadie lo diría, al menos si atendemos a los porcentajes de población con trastornos psíquicos que registran nuestros países. Lo cierto es que palabras como infeliz o triste han desaparecido del vocabulario general, reemplazadas por la omnipresente deprimido o su versión más castiza: depre.

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Lo que antes se consideraba consustancial a la condición humana en determinadas circunstancias se ha convertido ahora, gracias a este cambio semántico, en una enfermedad.
 
Es cada vez más frecuente que en nuestro entorno alguien coja una "depre", y el número de quienes se medican para poder soportar los quehaceres cotidianos no deja de crecer. El Estado del Bienestar tiene, pues, una capacidad para generar malestar, depresión, nada despreciable.
 
Si a este estado de cosas le añadimos que tendemos a considerar la buena salud como un derecho, y que los nuevos derechos amplían sin cesar su campo de acción y vigencia (mientras el clásico y para algunos rancio derecho a la vida retrocede, el novedoso derecho al disfrute igualitario del paisaje, o del ocio deportivo, hace su aparición en los nuevos textos estatutarios), el corolario evidente de la conversión de la infelicidad en enfermedad es que la gente cree poder reclamar una solución.
 
Dado que los derechos son incondicionales, la búsqueda de la felicidad debe acabar en éxito. El Estado debe garantizarlo, por uno u otro medio; el más universal consiste en atiborrar al paciente de fármacos para, al menos, infundirle un estado de aparente supresión de la infelicidad. Es éste el fenómeno que analiza Ronald W. Dworkin en su obra Artificial Happiness: The Dark Side of the New Happy Class. Estamos ante un curioso fenómeno que se extiende por todo Occidente y que, a nuestro juicio, refleja algunos de los elementos más graves y disfuncionales de la configuración actual de nuestras avanzadas sociedades occidentales.
 
La tesis del libro, no obstante, va más allá de esta constatación, de por sí ya muy valiosa, y se atreve a señalar un culpable. Y es que el autor acusa a los médicos de complicidad, al menos instrumental, en la expansión del fenómeno. Según el doctor Dworkin, los médicos han contribuido a extender el estado de felicidad artificial de varias maneras. En primer lugar, renunciando a aquellos rasgos más propios de la medicina en su relación personalizada con el paciente y aceptando la visión tecnificada de aquélla, que acepta que la infelicidad es una enfermedad provocada por un desequilibrio químico en el cerebro que se puede remediar con fármacos como el famosísimo Prozac, que prescriben de manera cuasi universal y en vastas cantidades.
 
El paciente ha dejado de ser atendido en su dimensión personal para ser concebido como un amasijo de órganos que interaccionan entre sí; del mismo modo que el mecánico ajusta los mecanismos y los engrasa con aceite lubricante, el médico utiliza el fármaco para restablecer el equilibrio.
 
Además, la pretendida atención médica universal y de calidad no es en la práctica sino centros masificados en que los médicos, siguiendo criterios estajanovistas, deben liquidar a tantos pacientes por hora. Inconcebible detenerse más tiempo del previsto. La consecuencia lógica es el recetado de pastillas, por si acaso, y que pase el siguiente. Cualquiera que haya pasado recientemente por un ambulatorio puede confirmar lo aquí dicho.
 
En segundo lugar, los médicos son culpables de haber aceptado sin rechistar un nuevo y peligrosísimo paso: la prevención de la depresión y, en consecuencia, el intervencionismo en los estilos de vida de la población como parte esencial de la práctica médica. Antes la función del galeno era curar al enfermo y, como mucho, dar consejos saludables; ahora se está erigiendo en dictaminador del modo de vida que debemos llevar. En este punto, además, se produce un nuevo fenómeno: la gente que cumple a rajatabla los consejos médicos se ve a sí misma no sólo como gente prudente, también virtuosa, con lo cual alcanza otro tipo de felicidad artificial, la producida por la beatífica sensación de estar haciendo lo correcto incluso si ello requiere sacrificio y privaciones.
 
Así pues, la acusación que Dworkin lanza contra la profesión médica radica en que ha promovido –y se ha beneficiado de– la concepción de que la felicidad puede y debe separarse del modo en que uno vive, excepción hecha de la ingestión de fármacos y la ejecución de los ejercicios prescritos. Los doctores se han erigido en teóricos conocedores del sentido de la vida, reducido, eso sí, a vivir muchos años y en un estado de perpetua felicidad; aunque sea a base de pastillitas, aunque sea una felicidad bovina y alelada que a cualquier pensador del pasado le produciría escalofríos.
 
Artificial Happiness insiste en las motivaciones maquiavélicas de los médicos: gracias al uso masivo de antidepresivos por parte de la sociedad, recuperarían su prestigio y poder. Uno no puede, no obstante –y sin negar que pueden darse casos en que esta apreciación sea correcta–, dejar de pensar que quizás las motivaciones son más banales. Como ya hemos señalado, basta pensar en el tiempo necesario para diagnosticar bien a un paciente y en las colas que se generan en las consultas de la medicina pública para comprender que la única alternativa real es recetar fármacos antidepresivos al primer síntoma y así poder llegar a casa a una hora decente.
 
En cualquier caso, estamos ante un libro interesante que pone en evidencia algunos de los males más profundos y extendidos del pretendidamente idílico Estado del Bienestar, y que muestra con claridad lo que es la falsa felicidad, la felicidad artificial, y cómo ésta se extiende entre nuestros reblandecidos congéneres. Eso sí, quien quiera saber qué es la verdadera felicidad deberá buscar en otros lugares.
 
 
RONALD W. DWORKIN: ARTIFICIAL HAPPINESS: THE DARK SIDE OF THE NEW HAPPY CLASS. Carroll & Graf (Nueva York), 2006; 336 páginas.
 
© Fundación Burke
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