Menú
CRÓNICAS COSMOPOLITAS

"La hiena estilográfica"

El presidente de la Unión de Escritores Soviéticos, Alejandro Fadeiev, calificó así a Jean-Paul Sartre durante uno de los rituales congresos de "intelectuales por la paz" –éste se celebró en Varsovia allá por 1947 ó 1948–, cuando Sartre defendía aún el existencialismo, esa filosofía decadente e idealista. Por cierto, en 1957 –durante el breve periodo de "deshielo" organizado por Jruschov– se celebró en Moscú una asamblea de esa entidad; asistieron escritores recién salidos del Gulag. 

0
Estos ex deportados, o ex zeks, pidieron la palabra, y uno tras otro preguntaron al siempre presidente Fadeiev por qué les había denunciado como traidores, agentes imperialistas, cuando en realidad siempre habían sido disciplinados escribidores, siervos del poder soviético.
 
Fueron varios quienes dijeron lo mismo, con otras palabras que estas mías, pero Fadeiev no respondió; aprovechó una pausa en las sesiones, se marchó a su dacha, se bebió una botella de vodka y se pegó un tiro. Lástima que fuera el último.
 
Se desconocen, o están muy olvidados, los floridos insultos que los comunistas empleaban, sobre todo contra sus adversarios de izquierda. Uno de los más frecuentes era el divertido "víbora lúbrica", más banal; también "ratas viscosas". Pero éste de "hiena estilográfica" me resulta particularmente sabroso. Claro, las cosas cambian rápidamente cuando, a partir de 1950, al inicio de la Guerra de Corea, Sartre piensa que ha empezado la III Guerra Mundial y, con su habitual ceguera política, considera que se trata de una guerra entre el capitalismo y el proletariado, o sea la URSS. El eterno mito de los pobres contra los ricos.
 
En seguida recibe laureles y recompensas, y en 1952, cuando el KGB organiza otro congreso, esta vez "de los pueblos por la paz" en Viena, no sólo asiste, sino que lo preside. Poco después, y en la misma Viena, si no me falla la memoria, como la puesta en escena de su obra Las manos sucias suscitó alguna polémica, Sartre decidió, pública y oficialmente, que no podía representarse en ningún país del mundo sin el visto bueno del tribunal de la Inquisición, o sea, de los respectivos partidos comunistas. Se sometía, voluntaria y jubilosamente, a la censura previa totalitaria.
 
Recordemos que ese pésimo dramón relata el conflicto entre un veterano dirigente revolucionario que considera necesarias ciertas alianzas, ciertos compromisos –en una palabra, cierto oportunismo–, y un joven revolucionario fanático, adscrito al sectarismo puro y duro. Para los comunistas de entonces, un conflicto tal no podía recordar ciertas alianzas que más valía ocultar, como el pacto nazisoviético, por ejemplo.
 
Raymond Aron está en Alemania allá por los años 30. Vuelve con libros sobre la filosofía almena, la teoría de la Historia, y es asimismo uno de los primeros en alertar, en una serie de artículos, sobre los peligros del nazismo, que acababa de conquistar el poder. Un año después Sartre le sigue, y vuelve sin nada. En todo caso, sin darse cuenta de que ha vivido durante meses en un país nacionalsocialista.
 
En 1940 Raymond Aron se marcha a Londres, desde donde desarrolla una labor periodística antinazi y anti Vichy. Sartre, prisionero de guerra (y no deportado, como dijo El País), escribe una obra de teatro antisemita, Bariona, que se representa con el beneplácito y los aplausos del ejército alemán. Es cierto que Sartre intentó crear un grupo de resistencia intelectual, junto con un par de universitarios (uno de ellos era
Merleau-Ponty) y tres estudiantes ("Socialismo y Libertad"); al cabo de pocas semanas, al darse cuenta de que la Gestapo no se andaba con bromas, que arrestaba, torturaba y fusilaba, Sartre se asustó y abandonó toda actividad clandestina.
 
Llega la liberación, y Sartre, que había abandonado la enseñanza para convertirse en pésimo guionista de cine, funda con Raymond Aron y Merleau-Ponty la revista Les Temps Modernes. Camus no está, porque se había peleado con Merleau-Ponty: éste le consideraba demasiado anticomunista. Hasta la conversión de Sartre al comunismo Merleau-Ponty era, de hecho, el editorialista político de la revista, con consignas como: "Compartimos los mismos valores que los comunistas", y publica en 1946/47 "Humanismo y terror", donde justifica el terror a condición de que sea revolucionario; "humanista", por lo tanto.
 
Curiosamente, al mismo tiempo que Sartre se acerca a pasos de gigante al comunismo y a la bazofia prosoviética, Merleau-Ponty se va alejando, lenta pero firmemente, y estalla la ruptura política y personal entre los dos. Raymond Aron ya se había marchado de Les Temps Modernes, porque si bien era más interesante que la multitud de revistas comunistas, simpatizantes, pacifistas, etcétera, reinaba en ella un conformismo de izquierda, con tufos marxistas y, ni qué decir tiene, anticapitalistas.
 
Durante todo un periodo, y prácticamente hasta su muerte, en 1983, Aron fue el intelectual con prestigio que mejor defendió –a menudo el único– la democracia liberal en Francia. Sus críticas radicales a los totalitarismos, sobre todo al comunista –el nazi había sido militarmente barrido–, junto a su defensa de la democracia "formal", decían los peceros; su firme apoyo a la Alianza Atlántica frente a la URSS (fueron frecuentes también sus críticas a De Gaulle por su turbio doble juego con los soviéticos), todo ello puede considerarse ejemplar.
 
Raymond Aron.Confieso que fue ese aspecto de la obra de Aron, antitotalitario y democrático, el que más me había interesado durante años. Desdeñaba, sin darme siquiera cuenta, una de sus aportaciones esenciales: su defensa ilustrada del capitalismo. Y es probablemente en este aspecto en el que despunta su originalidad, porque los prejuicios anticapitalistas en Francia no sólo dominan los partidos y sindicatos de izquierda, también amplios sectores de la derecha –y muy concretamente en el gaullismo– y, desde luego, la inmensa mayoría del mundo intelectual y universitario.
 
El único capitalismo aceptable para todos ellos era el capitalismo de Estado. La larga alianza objetiva de comunistas y gaullistas se basaba, además de en su apoyo, más o menos incondicional, a la URSS, en su defensa común del capitalismo de Estado y en su odio al capitalismo privado y a la libertad del mercado.
 
Estos días, de nuevo, con motivo del centenario del nacimiento del "maestro", se nos muestra como ejemplar el rechazo por parte de Sartre del Premio Nobel, pero nunca, nadie, jamás se recuerda el motivo de su rechazo: que ése era, dijo, un premio antisoviético; prueba de ello era que se lo habían concedido a Boris Pasternak...
 
También se ha dicho que, al final de sus vidas, Sartre y Aron se "reconciliaron", dándose a entender que este último tuvo que reconocer el genio humanista de su "petit camarade", Sartre. Ocurrió exactamente lo contrario, claro: fue Sartre quien dio pasos timoratos, torpes y contradictorios, hacia la postura tajantemente anticomunista de Aron, ya que si se les vio juntos en una tribuna fue con motivo de la operación "un barco para el Vietnam" –muy modesto intento para ayudar a los vietnamitas que huían despavoridos del paraíso comunista–, presidida por el entonces presidente francés, nada menos que el “carca” de Giscard d'Estaing.
 
Me he dejado en el tintero, o sea para otra ocasión, muchas cosas; por ejemplo, las tesis de Sartre sobre el terror revolucionario, o la "fraternidad-terror". Tienen, creo, cierta actualidad.
0
comentarios

Servicios