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LA ENSEÑANZA DESTRUIDA

La lucha de clases como juego de rol

Pero en la hipótesis menos generosa [los socialistas] no eran, ni lo habían sido nunca, verdaderos demócratas: en lugar de utilizar el Estado para abrir puertas, lo usurparon, se convirtieron en sus guardianes [...] Y un guardián es desconfiado: su recelo hacia España, todavía un resabio guerracivilista, les llevó a llenarla de sicarios, de leales comprados que no confiaban en su capacidad de prosperar por su propio valor [...] sino que exigían medrar a cambio de fidelidad.

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Y así, un fin desmedido, el cambio por el cambio, terminaría por disolver los valores de la sociedad que los había llevado al poder. Lo que quedó fue un panorama de desencanto, de envilecimiento, de crecimiento exponencial del egoísmo social que revela la dimensión última del período socialista. Paradójicamente, arrasaron la sociedad que los había hecho posibles.
 
Quien así escribe se llama Javier Orrico, es profesor y periodista y vive en Murcia. El libro del que este párrafo forma parte se titula La enseñanza destruida, lleva un prólogo de don Francisco Rodríguez Adrados y no trata de política general, sino de política de la educación. Tampoco se trata de un ensayo en sentido estricto, sino de una colección de artículos publicados en Diario 16 de Murcia y en La Opinión, donde el autor escribe habitualmente.
 
No obstante, el resultado es una obra de gran coherencia, en la que se encuentra una historia muy pormenorizada del desastre educacional español a partir de la malhadada LOGSE y su complementaria LRU, a la vez que una historia política, intelectual y, sobre todo, moral del país en estos años; también una defensa sólida de las materias humanísticas y una crítica profunda y severa de la pedagogización general de la enseñanza, que se ha operado en desmedro de los saberes propios de cada disciplina.
 
Pero que nadie se llame a engaño: La enseñanza destruida no es un libro contra el PSOE en particular. Los gobiernos del PP no salen tampoco bien parados del análisis emprendido por Orrico, y aunque reconoce buenas intenciones en Pilar del Castillo y, aún antes, en Esperanza Aguirre, define la LOCE, Ley Orgánica de Calidad de la Enseñanza, como "muy moderada", ya que "cambiar ciertos contenidos y añadir alguna hora a ciertas asignaturas [...] no habrá de alterar nada sustancial, pues el horror reside en la concepción misma de la enseñanza, en la eliminación de los conocimientos para ser sustituidos por doctrina, en la anulación de los principios de mérito y capacidad para suplantarlos por el revanchismo de aquellos que sólo buscaban su propia prevalencia en el sistema".
 
Y después de eso, la frase definitiva: "La reforma ha terminado por ser una suerte de parodia de la lucha de clases convertida en juego de rol". Una definición que, lo pretenda o no el autor, alcanza hoy a la totalidad de la política socialista: Zapatero juega a la lucha de clases, con su capítulo antiimperialista, como juego de rol del mismo modo en que podría hacerlo con las Cruzadas, tan remoto es el concepto, y tan vivo y actual le parece a él.
 
Los nacionalistas –cada vez que escribo la palabra pienso en la necesidad de dar con otra más precisa para definir los fenómenos vasco y catalán, y los contagios de otras regiones: particularismo, localismo político, pero no nacionalismo, término que le hace el juego al enemigo– tienen en este crimen de lesa cultura, de lesa patria, por lo tanto, una enorme responsabilidad. Para ellos se destruyó la enseñanza de la historia, no ya tradicional, que se podía revisar con responsabilidad democrática, limpiándola de proselitismo de la dictadura, pero que no merecía desaparecer para ser sustituida por una serie de invenciones fragmentarias a mayor gloria de Convergencia, de ERC y, lo que es peor, de ETA y el hipócrita PNV.
 
No menos culpa tienen los sindicatos, encargados de la igualación profesional, es decir, del nivelamiento hacia abajo, la proletarización forzada de los profesores y la desaparición de cualquier jerarquía en el ejercicio de su cometido: la realización de los deseos más oscuros de cuantos genera el resentimiento. También su penosa historia está en el libro de Orrico.
 
Álvaro Marchesi.Socialistas, sindicalistas, nacionalistas y pedagogos son los autores del delito. Víctimas somos todos, y donde más nos duele: en los hijos. Pero no todos somos conscientes de cómo hemos llegado a este punto. ¿Cuántos padres han oído hablar de Álvaro Marchesi? Pues deberían saber quién es: el teórico del desastre, presentado como un triunfo aún después de hecho el balance obvio, un tipo convencido de que los demás deben vivir en casas de veinticinco metros intelectuales, pero que tiene el buen tino de no decirlo a los cuatro vientos y construirlas sin que nadie se dé cuenta: ahora nuestros hijos están obligados a habitarlas o marcharse al extranjero, donde las medidas de todo son más generosas, previo pago de un curso de idiomas destinados a la comunicación porque aquí no hay más segunda lengua que la de la aldea. Puede usted enterarse de todo ello en La enseñanza destruida y tomar después las medidas que considere oportunas.
 
Dos cosas más: la bibliografía y la prosa. La bibliografía: el libro de Orrico es también una guía crítica para orientarse en los textos fundamentales sobre la materia. Desde los clásicos Adrados o Salvador, cuya obra sobre las lenguas de España es ejemplar, hasta Mercedes Ruiz Paz, autora de La secta pedagógica (Unisón, Madrid, 2003). La prosa: el libro de Orrico está escrito en castellano de verdad, una lengua limpia y clara como pocas.
 
Reunión de artículos como es, no cabe duda de que estamos ante uno de los mejores columnistas de este país: un ensayista cotidiano. Son pocos, y no hago la breve lista porque todos la conocemos.
 
 
Javier Orrico, La enseñanza destruida, Madrid, Huerga & Fierro, 2005, 216 páginas.
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