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NARRATIVA

'Luna de miel': cuento de verano

Dicen que el verano es temporada de lectura de grandes relatos; en dos o tres semanas de sol y playa pretendemos leer ese tocho impresionante que llevamos reservando desde hace meses para cuando tengamos tiempo. Luego, claro, pasa lo que pasa: la siesta, los paseos playeros, la barbacoa y el chiringuito (ya lo decía Georgie Dann) ocupan nuestro tiempo de vacaciones, llega septiembre y Los hermanos Karamazov sigue en la página 27, como cuando lo metimos en la maleta.

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Una alternativa muy recomendable para evitar semejantes frustraciones lectoras en la temporada estival es dedicarse a los cuentos. Actualmente se publican muchas pequeñas joyas de este género, como el ejemplo que hoy nos ocupa. Luna de miel no es sólo un cuento excelente: para muchos va a suponer, además, el descubrimiento de un gran autor, Leonard Michaels.

Para la mayoría de los lectores Michaels es un perfecto desconocido, un ejemplo de autor más apreciado por los colegas de profesión que por el público en general. La crítica le ha comparado con Kafka, Woody Allen, Bellow, Roth. Algunas de estas comparaciones surgen más por el deseo de etiquetar que por una verdadera similitud en estilo o temática. Sí, hay rasgos comunes con alguno de los citados: por ejemplo, nació el mismo año que Roth, de padres judíos emigrados de Polonia; su sentido del humor recuerda ocasionalmente al mejor Allen; a veces, incluso, aparecen elementos en sus tramas que pueden parecer kafkianos. Hay, sin duda, cierta proximidad en temas y escenarios con los escritores de su generación, pero Michaels posee una voz única y original.

La obra de nuestro autor no es muy extensa. Dejaba pasar demasiado tiempo entre sus publicaciones, lo que quizá contribuya a explicar por qué no logró alcanzar el éxito. Cultivó la novela (Sylvia y The Men’s Club), el ensayo y, sobre todo, el cuento, donde destacó especialmente. Su estilo era ideal para este género: limpio, claro, preciso, sorprendentemente austero –que no pobre– de lenguaje. Frases cortas y vivas, máxima economía expresiva. Era un escritor de gran inteligencia, que además suponía al lector igualmente inteligente: nunca pretendía deslumbrarle con enrevesados juegos de palabras y reflexiones pedantes, o torturarle con descripciones insufriblemente largas. Trataba de evitar lo obvio; procuraba presentar hechos cotidianos de forma no convencional, casi siempre con un notable y muy particular sentido del humor.

Luna de miel es un buen ejemplo del estilo de Michaels. Nórdica Libros ha elegido este cuento para su colección Minilecturas ("Grandes relatos de la literatura universal para leer en el tiempo que dura una película de cine y al precio de una entrada"), en la que ya han publicado obras excelentes, como Niños en su cumpleaños, de Truman Capote, o La buena gente del campo, de Flannery O'Connor. No es su relato mejor o más conocido –como los incluidos en Going Places, su primer libro, o los que forman la serie dedicada al personaje llamado Nachman–, pero puede ser una recomendable introducción a su obra.

Michaels se aleja aquí de su habitual escenario urbano para trasladarnos a un complejo turístico en las montañas Catskill, en el estado de Nueva York, durante un verano de los años cincuenta. Familias de clase media pasan allí las vacaciones, y también varias parejas de recién casados. Un lugar apacible, en el que parece que nada pueda salirse de la rutina: calor, tedio, estudiantes que trabajan de camareros durante las vacaciones, siestas, baile por las noches. Mambo, rumba, chachachá. Madres e hijos solos de lunes a viernes, a la espera de la llegada del padre que trabaja en la ciudad. Padres que ignoran a sus familias durante el fin de semana porque prefieren jugar interminables partidas de pinacle. Recién casados ajenos a todo, salvo a ellos mismos, y que a menudo dan una imagen un tanto artificial de felicidad exultante. Salvo en un caso, el de los Kahn. En la primera página de nuestro relato Sheila, la recién casada, se enamora fulminantemente del camarero que le sirve la cena, ante la estupefacción de su flamante marido y del resto de los allí presentes. Es el inicio de una luna de miel que no puede acabar bien.

En apenas sesenta páginas Michaels logra que unos personajes aparentemente convencionales nos resulten atractivos, incluso simpáticos: la joven que descubre una pasión inesperada que hace que su vida de casada fracase nada más comenzar; el esposo que no sabe cómo reaccionar ante la catástrofe que le ha sobrevenido; el joven ayudante de camarero, testigo de los hechos, que nos sirve de narrador y, sobre todo, el verdadero protagonista del relato: Larry Starker, el camarero. Un hombre "peligrosamente guapo", involuntario desencadenante de los acontecimientos que aquí se nos narran. Starker aparece como un cruce entre semidiós nórdico, brillante bailarín de mambo, modelo de camarero eficiente y aplicado estudiante de Odontología; un tipo tan perfecto que podría hacerse profundamente antipático en manos de un autor menos dotado. Sin embargo, nuestro hombre no crea personajes planos, sino seres con dudas y debilidades, con conflictos y tensiones; quizá sus peripecias sean intrascendentes, pero resultan verdaderamente humanos.

Por desgracia, un error de traducción ensombrece un tanto esta estupenda edición de Nórdica; se ha traducido handball como balonmano, cuando en realidad se refiere a una variedad del juego de pelota que se practica en una especie de frontón. No se trata de un fallo intrascendente, pues la práctica de este deporte es uno de los rasgos fundamentales del protagonista. Larry Starker es un maestro del juego de pelota, una de las escasas pasiones de este hombre frío y reservado. Perfeccionista y maniático, uno de los acontecimientos clave del cuento es un partido en el que Starker se juega bastante más que dinero. La escena está descrita con la concisión y limpieza habituales en Michaels, que, con apenas unas pinceladas, logra componer casi una secuencia cinematográfica, en la que podemos ver a nuestro héroe –quizá encarnado por un joven Clint Eastwood– enfrentándose a Murray el Peludo, uno de esos típicos secundarios robaescenas del cine. Es un momento verdaderamente logrado y, pese a que el final es previsible, consigue emocionar. Junto al baile final, en el que se nos muestra cómo puede describirse una relación de pareja sin emplear apenas palabras, la escena del partido de pelota es de lo mejor de este pequeño y magnífico cuento.

Si este verano quieren descubrir a un autor interesante y disfrutar de una tarde de buena literatura, metan este libro en la maleta –no les ocupará apenas sitio– y llévenselo de vacaciones. Ya me contarán a la vuelta.

 

LEONARD MICHAELS: LUNA DE MIEL. Nórdica (Madrid), 2011, 62 páginas. Traducción de Aurora Echevarría.

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