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EL FACTOR HUMANO

Mandela, el patriota

Pocos sudafricanos se habrían creído lo que ocurrió aquel 24 de junio de 1995 en el estadio Ellis Park de Johannesburgo si no lo hubieran visto con sus propios ojos. Era una escena muy difícil de anticipar no ya diez años, sino un par de semanas antes.

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No, no nos referimos a la sorprendente victoria de los Springboks, la selección sudafricana de rugby, sobre la todopoderosa Nueva Zelanda (que llegaba al torneo con una de las mejores alineaciones que se recuerdan) en la final de la Copa del Mundo.

Lo que casi nadie, de ninguna raza o ideología, podía imaginar es que los 60.000 seguidores de los boks allí reunidos, casi exclusivamente blancos, iban a gritar el nombre de su presidente con esa intensidad. Aquel "¡Nelson, Nelson!" fue el ejemplo más evidente de lo que ese anciano, que tenía un aspecto algo cómico –con su gorra y la camiseta verde con el número 6 del capitán de la selección nacional, François Pienaar–, era capaz. En cinco años, desde que el 11 de febrero de 1990 había salido de prisión, había logrado que dos mundos diferentes, separados por barreras mucho más difíciles de franquear que cualquier muro de hormigón, se reunieran, se emocionaran, se ilusionaran y celebraran un mismo triunfo. Tokyo Sexwale, compañero de Mandela durante trece años en la prisión de Robben Island, diría:
Aquel fue el momento en el que comprendí con más claridad que nunca que el fin de la lucha de liberación de nuestro pueblo no era sólo liberar a los negros del cautiverio, sino, todavía más, liberar a los blancos de su miedo.
A contar la historia de ese partido, de esa lucha y esa doble liberación es a lo que se dedica durante más de 300 páginas John Carlin en El factor humano, uno de los libros de no ficción más leídos y comentados de los últimos años, y base de la película Invictus, dirigida por Clint Eastwood y protagonizada por Morgan Freeman.

Carlin, nacido en Londres en 1956, fue corresponsal en Sudáfrica para The Independent entre 1989 y 1995, los años de la transición en dicho país, y se le nota. Se le nota que ama Sudáfrica; que respeta y admira al hombre que conoció como presidente y que acabó siendo su amigo; que es un periodista de raza; y que sigue disfrutando de su profesión. A Carlin le gusta escribir de política y de deporte, aunque este libro no trate en realidad de ninguna de estas dos cosas, sino de la fuerza de un hombre único.

Carlin consigue que su relato se lea con la facilidad de los grandes reportajes y la emoción de las mejores novelas. Los personajes son reconocibles, y no sólo porque existiesen o porque los hechos narrados hayan ocurrido realmente, sino porque el retrato es verídico: consigue que sus dudas, sus miedos y sus ambiciones acaben siendo también las de su lector.

Nelson Mandela.En el camino, Carlin, periodista de izquierdas que escribe en medios como el "New York Times" y "El País", trata sólo de pasada los aspectos más controvertidos de la vida política de Mandela (su cercanía al Partido Comunista, las actividades violentas del Congreso Nacional Africano o el fracaso en la elección de sus sucesores al frente de Sudáfrica), en la creencia de que su grandeza no debe verse empañada. Y acierta. La historia no recordará sus pecados de juventud, que, por otro lado, sería muy difícil juzgar desde la comodidad europea sin tener presente la injusticia en que vivía su pueblo cada día, sino su maravillosa vejez.

Porque la pregunta que planea sobre todo el relato es ¿cómo puede ser que un tipo que pasó 27 años en una celda minúscula saliese de allí con la mano tendida para la reconciliación y no con el puño cerrado para la lucha? Y la respuesta sólo puede explicarse gracias a la personalidad de Mandela, alguien a quien la prisión hizo mejor (aunque sus carceleros nunca se imaginaron que ése sería el inesperado fruto de su injusticia); alguien que dedicó parte de su tiempo a conocer el idioma y la historia de su enemigo (afrikaners, descendientes de holandeses, orgullosos y trabajadores, y tan africanos como el más moreno de los habitantes de Sowetho); alguien, en fin, que utilizó toda su influencia para contener un odio larvado durante décadas.

Mandela conocía a su adversario y sabía que aquella minoría blanca conocía lo insostenible de su situación; pero la mantenía por una mezcla de miedo a la reacción de los negros, desconocimiento –eran dos mundos que sólo se cruzaban en los despachos que unos utilizaban y los otros limpiaban– y mala conciencia: seguramente era más fácil mantener el status quo que reconocer el daño causado.

El preso 466/64 de Robben Island decidió utilizar el rugby, tan querido por los blancos como odiado por los negros, para reconciliar el país. Y la Copa del Mundo de 1995 era el momento perfecto: se trataba de uno de los primeros acontecimientos de relevancia mundial que albergaba Sudáfrica luego del levantamiento de las sanciones que se le impusieron por su práctica del apartheid. El único problema era la selección neozelandesa, aquellos all blacks que parecían invencibles. Pero cuando Mandela apareció en el campo, enfundado en aquella camiseta que durante años fue el símbolo más claro de la dominación racial (los negros no jugaban al rugby, y mucho menos iban a la selección) y las 60.000 gargantas allí reunidas vocearon su nombre, el milagro pareció posible.

El último chut de Joel Stransky fue celebrado con la misma intensidad en los suburbios que en las ajardinadas zonas residenciales del país. Y el lema de aquel equipo, "One team, one country", fue más cierto que nunca.

Luego ha habido numerosas decepciones, ni mucho menos se han acabado los problemas, y los sucesores de Mandela nunca han podido emularle. Aquel 24 de junio, nada de eso importaba. Sólo había que celebrar un triunfo. Mandela había logrado que fuera una victoria de todos, no sólo de unos pocos. Y lo había hecho, tal y como anota refleja Carlin en la primera frase del libro, "no apelando a su razón, sino a sus corazones".


JOHN CARLIN: EL FACTOR HUMANO. Seix Barral (Barcelona), 2009, 360 páginas.
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