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'SANTIAGO DE LINIERS'

Qué virrey

Un documento inédito justifica un libro de historia. Quince lo hacen inevitable, puesto que sería deshonesto por parte del historiador mantener oculto un tesoro que pertenece a la humanidad. Esas quince cartas de Santiago de Liniers a su padre y hermanas están en mi poder por un generoso acto de amistad y confianza.

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Las cartas inéditas a las que me refiero fueron transcriptas y preparadas para su publicación (que no se realizó) por el general Louis Du Roure en 1995, con el título Jacques de Liniers, vice-roi de la Plata, par sa correspondance à sa famille: la Asociación Jacques de Liniers, de Orleans, las cedió para esta obra y Javier Liniers Bernabeu, amén de ser nuestro generoso intermediario, ha tenido a bien traducirlas para su empleo en el presente volumen.

La transmisión de esos documentos se realizó por la vía del hermano mayor del virrey, como explica Du Roure en la introducción a su recopilación:

El mayor, Santiago Luis Enrique, que fue coronel de infantería, caballero de San Luis, poeta y músico, dilapidó su fortuna. Antes de la revolución recorrió España, Inglaterra y Portugal y más tarde la Argentina, donde murió en 1809. Se casó el 26 de Abril de 1781 con Charlotte-Marie-Félicité Le Normand d'Etioles. Ellos son los abuelos en 4ª generación de mi esposa, que es la propietaria de las diferentes cartas (creo que no publicadas) en las que me apoyo para hacer este trabajo.

La tarea que se impuso Javier Liniers Bernabeu como traductor de esas cartas, con el único fin inmediato de contribuir al presente libro, fue enorme. Y no estuvo exenta de dudas y temores, superados por último en el curso mismo de la labor. En el prólogo que escribió para esa versión, que sólo existía hasta hace unos meses en soporte digital y en impresiones para uso privado –luego, el propio Liniers Bernabeu hizo una edición bilingüe muy reducida de los documentos–, dice:

Debo confesar que, como descendiente directo de Santiago Liniers, sentí algo de miedo al empezar a leer la correspondencia personal de mi antepasado por si pudiera desprenderse de su contenido alguna sombra de duda sobre la rectitud de su conducta, pero, a medida que fui avanzando en la lectura, se fueron despejando mis temores al comprobar que todo lo que había sabido de él a través de sus biógrafos y, sobre todo, por su hoja de servicios militares, se confirmaba e incluso se acrecentaba todavía más. Es de destacar, en este sentido, la que se puede considerar su última carta, enviada a su suegro, Martín de Sarratea, el 10 de julio de 1810 y que se puede considerar un verdadero testamento ideológico, dada la proximidad de su fusilamiento, en el que resume su vida y sus principios. En este texto, auténtico monumento a la lealtad, despeja definitivamente todas las suspicacias que, derivadas de su condición de francés, alimentaron su absurda sustitución en el virreinato por un personaje, Hidalgo de Cisneros, que, al contrario que él, verdadera pesadilla del expansionismo inglés, había sufrido la gran desgracia de haber caído batido por la armada británica en la trágica batalla de Trafalgar, de donde salió milagrosamente con vida cuando mandaba el Santísima Trinidad, buque insignia de la armada española [...]

La existencia de las cartas que he traducido al español ha sido conocida por mí hace muy poco tiempo gracias a la asociación Jaques de Liniers, con sede en Orleans, que me ha entregado el gran trabajo realizado por el general Louis Du Roure al transcribir a máquina de escribir los originales que obran en poder de su mujer, que es descendiente directa del hermano mayor del virrey, el Conde de Liniers, que aparece repetidamente en los escritos. El trabajo, en el que me ha ayudado y supervisado Dominique Hardy, ha sido lento y árido, sobre todo en su primera parte, por haber trascrito literalmente Louis Du Roure dichas cartas con el fin de resaltar el "francés pintoresco" en el que escribía nuestro personaje. La verdad es que agradezco sinceramente que el general haya realizado la inestimable labor de pasar a un francés legible la segunda parte de las cartas, pues de otra manera creo que no habría sido capaz de terminar la traducción.

Espero que la difusión de estas cartas [...] no supongan variación alguna en la trayectoria de nuestro personaje, y sí puedan servir para avanzar en el conocimiento de la figura de Santiago de Liniers y para aclarar definitivamente muchos de los acontecimientos que tuvieron lugar y le afectaron a él durante su vida; sobre todo, en los años anteriores a las invasiones inglesas. También considero que resultan sumamente interesantes a la hora de comprender las dificultades que soportó nuestro personaje durante las diferentes etapas de que se compone su enmarañada existencia y cómo se sobrepone, con la gran fe que le caracteriza, a los reveses sufridos en su patria adoptiva y a la sensación de soledad que le sobreviene en muchos momentos por la lejanía de su familia y su tierra natal. Confío igualmente en que todo esto pueda contribuir al enaltecimiento de su persona, no solo en Argentina, sino también en España, país al que sirvió sin fisuras y, por qué no, en Francia, de donde procedía con su gran carga de nobles virtudes que le granjearon el apelativo de "el último caballero" otorgado por alguno de sus biógrafos.

***

Todo nuevo relato de acontecimientos que ya han sido narrados supone, a la vez que una reiteración, una superación inclusiva y un incremento de información –en caso contrario, no tendría sentido emprender la tarea– y una crítica de los precedentes, que en el caso de Liniers no son demasiado abundantes: tanto la biografía del gran hombre escrita por Paul Groussac (1907) con prosa inimitable como las publicadas por Exequiel César Ortega (1944) y por Bernardo Lozier Almazán (1989) son, cada una en su medida, grandes contribuciones. No olvido la primera, Biographie de Jacques de Liniers, Comte de Buenos-Ayres & Vice-Roi de La Plata, de Jules Richard, publicada en Niort a mediados del siglo XIX, que tiene dos méritos: el de inaugurar la recuperación de la figura del virrey y el de proporcionar una genealogía de la cual, con correcciones, se han servido todas las demás. Hay que dejar constancia de la particular utilidad de algunos trabajos parciales sobre determinados períodos o aspectos de la vida de Liniers, que me fueron de enorme utilidad a la hora de abreviar la búsqueda documental: La "Real Fábrica de Pastillas" de los hermanos Liniers, de José Luis Molinari (1959), Don Santiago de Liniers, Gobernador interino de los treinta pueblos de las Misiones guaraníes y tapes, de Julio César González (1946), o las obras imprescindibles de Juan Beverina: El Virreinato de las Provincias del Río de la Plata, su organización militar (1935) y Las invasiones inglesas al Río de la Plata (1939).

Como bien expresara Julio César González (1946) en su extenso trabajo sobre Liniers en su papel de gobernador de las Misiones,

todas las biografías de Liniers consideran con relieve y características propios su actuación pública a partir de las Invasiones Inglesas, y como aspectos secundarios y meramente accesorios los sucesos anteriores, dejando sensibles lagunas que pasaron inadvertidas al juicio de los historiadores posteriores, quienes siguieron sus huellas sin variar mayormente sus conclusiones, ni interesarse por nuevas investigaciones, en el convencimiento de que se había agotado el estudio acerca de las actividades de este personaje.

Si hoy me atrevo a añadir unas páginas a la historia de don Santiago de Liniers y Bremond, caballero de San Juan, es en parte debido a que la generosidad de la familia Liniers en Francia y en España me ha permitido disponer de esas cartas del virrey que definen con mayor precisión algunos aspectos de su vida, sobre todo en lo relativo a los años previos a su actuación ante las tropas inglesas en el Río de la Plata; y en parte debido a notables avances en el ámbito de la investigación sobre la política británica para América: especialmente, la difusión del Plan Maitland por Rodolfo Terragno, que introduce variaciones, tanto teóricas como cronológicas, que inciden sobre el sentido y el propósito de las tentativas de invasión de Buenos Aires de 1806 y 1807.

A ello se agrega el hecho de que se carezca hasta la fecha de una obra en la que se incluyan por extenso ciertos documentos, reiteradamente mencionados pero condenados a la lectura en archivos y bibliotecas. Vaya por delante el ejemplo del muy citado Memorial al Rey Carlos IV sobre el estado de la Misiones Guaraníes y lo que en relación con ellas se podría haber hecho, de no haber mediado la incuria colonial, la obtusa visión de los funcionarios a cargo del virreinato, y la burocracia cortesana. Julio César González, en el libro del que tomamos su opinión unos párrafos más arriba, dedica 269 páginas de la apretada tipografía de una cuidada edición universitaria (el doble en una edición comercial corriente) a glosar la acción del Liniers gobernador, pero no reproduce en ningún lugar el texto completo: remite a la única ocasión en que fue impreso (por Groussac, que no supo valorarlo, en La Biblioteca, que él mismo hacía, en el Tomo XII, ¡en 1896!) y a la copia manuscrita existente en el Museo Mitre de Buenos Aires.

Por otra parte, creo que es hora, después de muchas décadas de furibunda crítica a la dependencia argentina del imperio británico, de poner algunas cosas en su sitio; la primera y más importante de las cuales es la que ya sugería Groussac en la edición de 1807 de su libro sobre Liniers, al decir que el destino de éste le deparó "la suerte inesperada de iniciar la independencia de un pueblo": la reconquista y la defensa de la ciudad de Buenos Aires por su propia población, sin ayuda alguna de la metrópoli (y en más de un momento contra alguno de sus funcionarios locales), sumadas al hecho de darse un gobernante sin aguardar órdenes de Madrid, proponen una independencia de hecho de la remota colonia. Sucesos, además, todos ellos originados en una decisión absolutamente libre, sin influencias ajenas, lo cual la hace más significativa, si cabe, que la tomada en 1810, cuando ya el reclamo de libre comercio representaba, de manera específica, libertad de comercio con Gran Bretaña. Sabemos ahora que las independencias de las naciones americanas encajaban en los más estudiados planes de los ingleses, algo dado por supuesto por los críticos del imperialismo británico en el Río de la Plata, y lamentablemente explícito en la Representación de los Hacendados y el Plan de Operaciones de Mariano Moreno, de los que nos ocupamos oportunamente, pero no probado definitivamente hasta la investigación de Terragno.

Creo que todo esto se puede decir hoy sin temor a que ello vaya en desmedro de la figura del Libertador San Martín, guerrero aquilatado que comprendió que, en lo esencial, el Plan Maitland era el más sabio para obtener la libertad de estos pueblos, y que el resto se vería una vez logrado ese objetivo. A decir verdad, a medida que se va descorriendo la cortina de la historia oficial de San Martín, mayor resulta el valor del personaje, oscurecido y reducido en su inteligencia política por la institucionalización de su memoria. En todo caso, éste no es un libro sobre el Libertador, sino sobre su predecesor más directo en el campo militar, el primer caudillo popular del Plata, don Santiago de Liniers, o, como él mismo resolvió firmar, Santiago Liniers.

 

NOTA: Este texto es el prólogo a SANTIAGO DE LINIERS, el más reciente libro de HORACIO VÁZQUEZ-RIAL, que acaba de publicar la editorial Encuentro.

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