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El valor no se conquista leyendo libros; y tampoco hay que olvidar que algunos de los mayores crímenes de la Historia los perpetró, precisamente, la cobardía.

Luis Herrero Goldáraz
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A mi fumar no me gusta. No me sienta bien. Se me inflama el aliento de humo y se me carraspea la voz, retrotrayéndome con cada acceso de bronquitis al sabor amargo de la primera calada adolescente. Es asqueroso. El caso es que no puedo ver fumar a alguien sin que me entren ganas de sorberle los pulmones con un beso de mafioso siciliano. Si bebo alcohol es peor. A mí fumar me emborracha. Ha habido noches en las que me he sentido capaz de tumbar a Humphrey Bogart en un mano a mano a whiskys dobles pero he acabado echando el esófago por la boca después de darle dos caladas a un cigarro. No hay término medio, además. No existen pasos previos que vayan avisando a mi inconsciencia de que estoy bailando sobre el alambre. Fumo y me tambaleo, no hay más. Así de sencillo. Por eso me desasosiega tanto darme cuenta de que basta únicamente que me encuentre fuera de casa y escuche a mis espaldas el chasquido disperso de un mechero para que amanezca al día siguiente abotargado por el humo y atormentado por la resaca que generan las promesas incumplidas. Cosas como esas me demuestran que no somos animales racionales, por más que queramos pensarlo así. Somos seres volitivos.

Uno puede pensar mucho y creer que conquista verdades universales. Puede incluso llegar a convencerse de que el hecho de tener una cierta lucidez sobre algunos asuntos le coloca más cerca de algún bien deseable. Pero nada podría ser más falso. Desentrañar los misterios del universo no sirve de nada si después no se tienen las pelotas para actuar en consecuencia. Pensar también requiere valentía. Por eso Sartre fue el icono de tantas consignas pero el que llevó siempre la razón fue Camus. No tiene sentido, por ejemplo, criticar los escraches y el matonismo de unos pero perdonar el de los propios. Nadie garantiza que detectar una injusticia y denunciarla te justifique cuando no seas capaz de hacer lo mismo con aquellas a las que no te compensa prestar atención. Tendríamos que ser más cínicos cuando hablamos de educación.

Pensémoslo bien. ¿Cuántas veces hemos escuchado eso de "la generación más preparada"? Lo cierto es que el debate acerca de la calidad de la educación es interesante. A estas alturas pocos dudan de que, de alguna forma, estamos extraviando el futuro de la razón humana al descuidar la preparación de las generaciones más jóvenes. Eso es problemático, qué duda cabe. Pero yo tampoco creo que lo contrario fuese a resolver nuestros problemas tan mágicamente como nos gustaría. Para muestra, un botón: ahora mismo Occidente goza de las mejores tasas de alfabetización de la historia; hemos desarrollado un sistema de valores que ha llegado a configurar profundamente nuestra manera de enfrentarnos a la existencia; hablamos de verdad, de bien, de justicia y de igualdad, llenándonos la boca con esas grandes palabras, y sin embargo seguimos tropezando constantemente con esa piedra inamovible de la intolerancia tribal. Podríamos pensar que el problema es que no hemos sabido inculcar sobradamente los fundamentos de la buena convivencia entre todos los sectores de la población, pero ni siquiera los más optimistas se atreverían a asegurar que eso es todo. El sueño de la razón es una falacia por muchas razones. Para empezar, sus derroteros nunca son caminos rectos y diáfanos. Pero entre otras cosas lo que ocurre es que defenderlo requiere de algo más que un gran cerebro o una buena preparación. El valor no se conquista leyendo libros; y tampoco hay que olvidar que algunos de los mayores crímenes de la Historia los perpetró, precisamente, la cobardía.

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