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Luis Herrero

Rajoy no doy una

Jugárselo todo a la carta de fortalecer al PP, sabiendo que eso debilita a C's, supone correr el riesgo de trasladar al Gobierno el modelo de Valencia

Jugárselo todo a la carta de fortalecer al PP, sabiendo que eso debilita a C's, supone correr el riesgo de trasladar al Gobierno el modelo de Valencia
Mariano Rajoy este sábado | EFE

La tendencia de Rajoy a balancearse en la hamaca del dolce far niente no es sólo una manifestación característica de su manera de ser. También es una consecuencia lógica de su experiencia política. Sus dos grandes logros biográficos -primero conseguir que Aznar lo designara candidato a la presidencia del Gobierno y luego merecer el respaldo del electorado- se basaron en la táctica de quedarse quieto. No hacer nada minimiza el riesgo de equivocarse. Él no ganó el favor del dedo divino, lo perdió Rato. Él no desató el entusiasmo de los votantes, se benefició del desencanto de los socialistas. Su gran mérito fue saber esperar a que se equivocaran sus adversarios. Sin prisa. Perdió las elecciones de 2004 y de 2008 pero hizo bueno el refrán de que a la tercera va la vencida. Ahora juega a algo parecido. No importa el batacazo de las europeas, ni el de las andaluzas, ni el de las municipales, ni el de las catalanas. El nuevo refrán es que no hay quinto malo.

Le he pedido a Google que me refresque la memoria. A finales de mayo de 2014, hace sólo diecisiete meses, Rajoy despachó el susto electoral de las elecciones europeas diciendo que la mayoría de los votantes infieles se habían ido a la abstención, no a otras opciones políticas, y que tomaría las decisiones que tuviera que tomar (sic) para devolverles las ganas de votar al PP. Prometió un esfuerzo de pedagogía y de comunicación. "Los resultados -dijo- no son extrapolables a unas elecciones generales".

Diez meses después, en marzo de 2015, se produjo el hundimiento en Andalucía. Volvió a salir Rajoy a la palestra para pedir calma a los suyos. A pesar de la pérdida de votos y escaños, su tesis fue que el resultado electoral representaba una ligera mejoría respecto al que se obtuvo en las europeas. Insinuó que las cosas, aunque lentas, iban por el buen camino. El plan de acción puesto en marcha diez meses antes empezaba a dar sus frutos. "Los resultados -concluyó- no son en absoluto extrapolables a unas elecciones generales".

En mayo, dos meses más tarde, sobrevino la debacle electoral de las elecciones municipales. Rajoy le echó la culpa del fiasco a la falta de recursos económicos de los gobiernos autonómicos, a la crisis económica y a la corrupción. Se permitió el exceso de calificar los resultados como "malos" pero se hizo fuerte a continuación en la idea de que el PP había sido la primera fuerza de España en porcentaje de votos, número de concejales y mayorías absolutas y relativas. No hacía falta cambiar nada. Ni en el Gobierno ni en el partido. Y, por supuesto, volvió a repetir lo de siempre: "estos resultados no son extrapolables a unas elecciones generales". Era la tercera vez que repetía la misma cantinela y los suyos empezaban a menearse debajo de sus trajes movidos por una inquietud cada vez menos disimulable. Nadie aplaudió su discurso en el comité ejecutivo, algunos barones le invitaron a que se mirara ante el espejo y la presión ambiental le obligó a cambiar en veinticuatro horas la partitura del "no haré cambios" por la de los retoques de chapa y pintura. Incluyó en la dirección a tres jóvenes vicesecretarios, le dio las llaves del baúl a Jorge Moragas y se encaminó a su cuarto tortazo electoral consecutivo.

De las elecciones catalanas sale el PP doblemente trasquilado. Los resultados no son malos, son pésimos. Pero aún hay algo peor: el partido ya no lo lamenta. Públicamente, no. Ni hay discursos autocríticos en el comité ejecutivo, ni ominosos silencios tras las deposiciones justificativas de Rajoy ni invocaciones a la imagen que devuelva el espejo de la conciencia. Es tal el terror de los dirigentes a quedarse fuera de las listas electorales por torcer el gesto a destiempo que sólo se ven caras de circunstancias asintiendo con timidez al análisis mostrenco del líder máximo. Los sollozos fluyen en el circuito cerrado de las conversaciones privadas. A micrófono abierto sólo se oye el rumor sibilante de la adhesión inquebrantable. Rajoy, satisfecho por la mansedumbre de su rebaño, ha vuelto a repetir que los resultados no son extrapolables a las elecciones generales. Y, para justificarlo, se ha sacado de la manga la teoría del voto útil y el voto volátil. Lo útil encaja con el PP. Lo volátil, con Ciudadanos.

Hay cuatro adjetivos asociados a la definición de volátil: mudable, inconstante, inestable y oscilante. Salvo el primero (mudar significa cambiar), ninguno sirve para describir la evolución del voto del partido de Albert Rivera. Oscilar significa crecer y disminuir alternativamente. No es el caso. Su trayectoria desde las europeas de 2014 ha ido en constante ascenso, sin emitir señales de caída o desaparición. Supongo que lo que ha querido decir el presidente del Gobierno con lo del voto volátil es que Ciudadanos es un partido efímero, llamado a desaparecer del tablero político tras un corto periodo de protagonismo, como ya le sucedió antes al CDS o UPyD. No sé si será verdad. Pero, en todo caso, no es relevante. Lo que debería preocuparle a Rajoy no es el tiempo que vaya a durar Ciudadanos en la vida pública, sino el perjuicio que puede provocarle al PP mientras no desaparezca de ella.

Hasta ahora, casi todas las encuestas han puesto de manifiesto que el PP sólo sube cuando Ciudadanos baja. Ocurre lo mismo en el otro estanque de la política, donde recalan los votos de la izquierda. Los partidos están conectados entre sí por una toma de corriente alterna: cuanto más se hunde Podemos, más repunta PSOE. Y viceversa. Saquemos entonces las conclusiones adecuadas. Lo que ha puesto de manifiesto la votación en Cataluña, más allá de pejigueras extrapolables, es que los partidos que cotizan a la baja son el PP en el ámbito de la derecha y Podemos en el de la izquierda. No hace falta saber mucho más para tener la certeza de que la volatilidad que Rajoy avizora en el porcentaje de voto de Ciudadanos no contribuirá a facilitarle las cosas, el 20 de diciembre, al partido del Gobierno.

Por lo demás, el voto siempre es útil. La expresión "voto útil" es una perversión conceptual que no invita a votar a favor de un partido, sino en contra de otro. Cuando Rajoy habla del voto útil está reconociendo implícitamente dos cosas: que el PP no ha hecho méritos suficientes para merecer el apoyo de sus votantes y que existe el peligro de que gane el PSOE. Ante ese riesgo solicita un ejercicio de sumiso pragmatismo a todos aquellos que vean en la victoria de la izquierda un peligro indeseable. El mensaje a esas personas es el siguiente: tápense la nariz si así lo desean pero depositen su papeleta en las urnas de mi partido porque, de otro modo, serán cómplices de que Pedro Sánchez se instale en La Moncloa, probablemente con el apoyo de Podemos. Su mensaje de estos días va en esa dirección.

Pero yo creo que Rajoy se equivoca. Durante la época de las mayorías amplias o absolutas que hemos vivido hasta ahora, la apelación al voto útil ha resultado en ocasiones razonablemente eficaz porque el riesgo para la derecha era que gobernara el PSOE y el riesgo para la izquierda era que lo hiciera el PP. Era blanco o negro. Los electores han ponderado muchas veces el sentido de su voto en función de esa disyuntiva maniquea. Que se lo pregunten, si no, a los electores de Izquierda Unida. Pero ahora las cosas son distintas. El riesgo no radica en qué partido puede gobernar, sino en quién le apoyará para que lo haga. Se da por hecho que ninguno tendrá fuerza suficiente para conseguir el poder sin la ayuda de un tercero. Por lo tanto, la teoría del voto útil se traslada ahora a una lucubración de segundo grado: ¿quién condicionará la acción del nuevo Gobierno, Ciudadanos o Podemos? Lo de menos es que el socio mayoritario del acuerdo de investidura sean PP o PSOE. A ambos se le reconocen dosis suficientes de sentido común para gobernar con la mínima sensatez necesaria. Pero si el peaje que debe pagar Pedro Sánchez para convertirse en presidente del Gobierno es el apareamiento político con Pablo Iglesias, la presunción de sensatez se convierte enseguida en barrunto de radicalismo. La única manera de evitarlo pasa por darle a Ciudadanos la mayor ración posible de influencia postelectoral. Rivera, llegado el caso, moderará la veleidad izquierdista de unos o equilibrará la derrota derechista de otros. ¿Hay voto más útil que ese?

Jugárselo todo a la carta de fortalecer al PP, sabiendo que eso debilita a Ciudadanos, supone correr el riesgo de trasladar al Gobierno de España el modelo de la Comunidad Valenciana, donde ya suenan tambores de nacionalismo separador y contubernio populista. Los electores lo saben. Rajoy no se da cuenta. Por eso lleva cinco elecciones sin dar ni una.

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