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Dos proyectos para EEUU

Ninguno de los candidatos quiere aumentar el ahorro individual. Ninguno está ofreciendo lo que debería: una exención de impuesto para el ahorro y la inversión. Así que los norteamericanos seguirán consumiendo más allá de lo que ingresan.

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La política estadounidense se ha convertido desde hace años en una discusión de dos temas fundamentales: la intervención del Gobierno en la economía y la intervención del Gobierno en las libertades ciudadanas. La dicotomía es sorprendente porque un partido cree en libertades personales y el otro en libertades económicas.

Los demócratas propagan libertades individuales como la libertad de una mujer de elegir o terminar el embarazo y libertad de preferencia sexual incluyendo matrimonio, pero quieren una mayor intervención del Gobierno en la economía y en el reparto de riqueza entre ricos y pobres. A los republicanos les repugnan las libertades individuales. Quieren que el Gobierno intervenga en decidir lo qué es moral y aceptable o inmoral e inaceptable. Quieren que los pecados sean regulados por las leyes y no por la conciencia individual. Pero no les gusta que el Estado intervenga en la economía. Eso se lo quieren dejar a lo mercados para mejorar la productividad y el crecimiento económico.

Sin embargo, fue el republicano Abraham Lincoln quien propugnó la libertad de los esclavos. Es difícil reconciliar estos entuertos políticos. Sería preferible tener un partido que le guste la libertad económica e individual, mientras que al otro que le gusta el dirigismo y opresión gubernamental. Pero como los valores económicos y morales están tan entremezclados, esto fuerza a todos los electores confundidos y contrariados a irse por el medio. Por eso no debe de sorprendernos que haya coaliciones contradictorias que lleven a un voto dividido al 50%. Esto no es malo porque contribuye a la diversificación del poder.

Después de una guerra tan larga y controvertida como la de Irak y las dificultades del mercado financiero de los últimos doce meses, la taza de aprobación del presidente Bush está más baja que la de un tirano sin control sobre los votos. Obama, el candidato demócrata, es un orador de primera, levanta muertos. McCain, el republicano, héroe de Vietnam, promete reformar los abusos del Gobierno y enderezar la manipulación del Congreso y de la Administración. Promete educar mejor a los niños y recontratar a adultos que han perdido sus puestos porque los hindúes, chinos y brasileños son más productivos y se quejan menos que los sindicalistas norteamericanos. Hoy por hoy, McCain más que Obama, se opone al rescate abierto de los sectores financieros que han abusado del crédito abundante y barato, invirtiendo sin recato.

Los demócratas protegen los privilegios de sindicatos de maestros y de obreros, no quieren reformas educativas ni competencia internacional. Una victoria demócrata, si bien presentaría una cara más humana y universalista en manos del ingenioso y encantador Obama, estaría condenada a restringir la libertad de comercio con Latinoamérica. El prometido aumento de impuestos para cubrir el déficit fiscal llevaría a una pérdida de competitividad, producción y empleo, a la vez que mayores restricciones a la inmigración.

Una victoria republicana, en manos del reformador McCain, mantendría la supremacía militar norteamericana, con todo lo odiosa que es para el resto del mundo; cabría una cierta esperanza en reducir el tamaño del Estado, pero menores de hacerlo con reducir el déficit fiscal, a menos que haya una gran reducción del gasto público (las que, sin embargo, son más difíciles de llevar a cabo que una dieta exitosa y duradera). Ninguno de los candidatos quiere aumentar el ahorro individual. Ninguno está ofreciendo lo que debería: una exención de impuesto para el ahorro y la inversión. Así que los norteamericanos seguirán consumiendo más allá de lo que ingresan.

Yo quiero ver un candidato, que promueva el ahorro, la moralidad como decisión individual, mérito al trabajo y libre comercio. Voy a tener que votar por los candidatos colombianos y chilenos, si me dejan. No se por qué en las democracias hay que votar por gente en lugar de por una lista escogida de ideas. Lamentablemente, la experiencia nos enseña que las ideas tienen menos credibilidad que los candidatos.

© AIPE

Mañanita Ochoa es analista venezolana.

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