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Bengasi como síntoma

John Brennan quizá pueda explicar algo sobre la operación de encubrimiento en torno a la matanza del pasado 11 de septiembre.

Manuel Pastor
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El ministro Margallo es un ejemplo casero de la mediocridad e incompetencia de la política exterior europea. En estos últimos meses solo le hemos visto activo apoyando la absurda e injusta resolución de la ONU sobre Palestina y criticando la decisión del gobierno israelí de construir viviendas en un pequeño espacio (4,6 millas cuadradas) en colinas adyacentes a Jerusalén, en el Desierto de Judea. Al parecer –observa Clifford May–, para los europeos es un gran delito que los judios intenten habitar el Desierto de Judea. ¿Ignora el señor Margallo (Mal-gallo que en esta ocasión ha actuado más como papagallo en la protesta ante el embajador israelí, repitiendo las instrucciones recibidas... del Departamento de Estado de Obama, que se ha comportado con hipócrita doblez en este asunto) que más de un millón seiscientos mil árabes-palestinos residen en el territorio de Israel y nadie les prohíbe construir y habitar sus viviendas, o les amenaza con la expulsión? Pongo este ejemplo para ilustrar el comportamiento bastante miserable de los Gobiernos de la Unión Europea y de Estados Unidos ante un problema humanitario y de seguridad de Israel, comparado con la casi total pasividad ante los problemas internacionales más acuciantes del momento: la guerra civil en Siria –que ya se ha cobrado 60.000 víctimas–, el ascenso de la teocracia islamista en Egipto, la amenaza para el mundo de los misiles norcoreanos y de la nuclearización de la teocracia iraní, las amenazas concretas de ésta para Israel, junto a las permanentes agresiones de Hamás... Sintomático asimismo es la indiferencia –ya han pasado cuatro meses– ante el ataque terrorista islamista al consulado norteamericano en Bengasi (Libia) del pasado 11 de septiembre, que tuvo como resultado la muerte de cuatro ciudadanos estadounidenses, entre ellos el embajador Christopher Stevens.

¿Se imaginan que el incidente de Bengasi hubiera ocurrido bajo la Administración de un presidente republicano? No solo en Estados Unidos habrían surgido ya decenas de émulos de Bob Woodward, sino que en España tendríamos a un Ernesto Ekaizer vociferando en los debates televisivos o abrumándonos con una serie interminable de artículos (lo hizo en El País, durante tres años, tres: anunció el inminente "nuevo Watergate" contra G. W. Bush en el caso Valerie Plame; se equivocó espectacularmente, pero nunca reconoció sus errores y nunca pidió disculpas a los lectores). El 11-S en Bengasi probablemente no llegue nunca a ser un Benghazi-Gate porque la prensa progre, mayoritaria, de Europa y Estados Unidos, traicionando los principios de independencia y responsabilidad informativa, sigue empeñada en proteger a Obama contra viento y marea. Sin embargo, en mi opinión, es el caso más claro y sangrante de impeachment presidencial de toda la historia de los Estados Unidos, como sospeché primero y vengo sosteniendo después desde el mismo 11-S. Aquella noche de septiembre, invitado a una recepción en Casa Sefarad (que resultaría el último acto oficial al que asistió Esperanza Aguirre como presidenta de la Comunidad de Madrid), se lo comenté al director de la institución y anfitrión del acto, Florentino Portero. Quince días después escribí un artículo en que sugería la posibilidad de un Benghazi-Gate ("Obama contra la Constitución"), asunto sobre el que volví quince días más tarde ("Benghazi-Gate").

En las últimas semanas se han publicado ya dos informes, del Departamento de Estado y del Senado, bastante dulcificados, que no obstante ponen en evidencia lo que sospechábamos desde el principio: que el ataque en Bengasi fue planeado y ejecutado por un grupo terrorista islamista, presumiblemente vinculado a Al Qaeda, y que la Casa Blanca inició una operación de encubrimiento, alegando mendazmente que los hechos se habían producido espontáneamente como protesta por un video antiislámico y, por tanto, mintiendo a la ciudadanía americana y al resto del mundo sobre la verdadera causa de los mismos. La operación fue conveniente para no perturbar la fase final de la campaña electoral, que finalmente favoreció de nuevo a Obama, ya que el candidato republicano, Mitt Romney, decidió equivocadamente no utilizar el tema en los debates. Ahora bien, los incidentes y su toxicidad han tenido y seguirán teniendo efectos políticos letates. Sospecho que algunas carreras políticas y profesionales ya han sido gravemente dañadas: el general David Petraeus, la embajadora Susan Rice, la secretaria de Estado Hillary Clinton... El testimonio de ésta ante los comités del Congreso –pospuesto a causa de sus problemas de salud– será muy relevante, y va a coincidir en el tiempo con el del candidato designado para la dirección de la CIA, John Brennan, ante el comité de confirmación del Senado. Brennan, miembro de la élite de zares de la seguridad nacional de la Casa Blanca (con Jim Clapper, Tom Donilon, Dennis McDonought...), quizá pueda explicar algo sobre la operación de encubrimiento en Bengasi.

Toda esta historia es, en definitiva, un síntoma de una política exterior fallida para Oriente Medio y el mundo musulmán, desde el infame discurso de El Cairo y la primavera árabe degenerada en invierno islamista. Los últimos nombramientos de Obama son ilustrativos. John Brennan, al que intentan presentarnos ahora como profesional de la CIA y experto en antiterrorismo, representa exactamente lo contrario, la politización lacayuna de la inteligencia (él mismo fue asesor destacado de la campaña electoral de Obama en 2008), y es uno de los principales responsables del desastre en Bengasi. En cuanto a Chuck Hagel, más izquierdista que Obama, como secretario de Defensa, es un nombramiento in your face: el mejor candidato del antiamericanismo y del antisionismo. Todo un síntoma, pues, de que bajo el liderazgo de Obama, con sus políticas erráticas y apaciguadoras, América y Occidente siguen perdiendo posiciones en la gran confrontación civilizacional que anunciaran, perspicazmente, Samuel Huntington y Bernard Lewis.

Manuel Pastor, director del Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid y presidente del Instituto de Investigación Conde de Floridablanca.

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