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¿Caso Carrillo o caso Preston?

Preston, que es muy listo, supo adaptarse convenientemente a las circunstancias en los ochenta, acercándose al PSOE y distanciándose del PCE.

Manuel Pastor
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Conocí a ambos en el mismo año, 1976. Como representante del PSP en la Junta Democrática, y sustituyendo a D. Enrique Tierno Galván –al que se le había retirado el pasaporte–, asistí en Roma a la presentación pública internacional del Comité Central del PCE, el 30 de julio. Allí estaban Carrillo y la plana mayor del comunismo español, Pasionaria incluida, arropados por el líder del comunismo italiano, Enrico Berlinguer, e históricos como Luigi Longo y Vittorio Vidali (S. Carrrillo, El año de la peluca, Barcelona, 1987, p. 46, donde se me menciona). Poco tiempo antes había asistido en Londres a una reunión de la misma Junta Democrática, por invitación de líderes políticos, sindicales y parlamentarios de las izquierdas británicas. Del grupo juntero soy el único que sobrevive, el resto ha desaparecido: Pepín Vidal Beneyto, Marcelino Camacho, Ignacio Gallego y mi compañero del PSP y colega universitario Juan González Encinar. En esta ocasión conocí a Paul Preston, que oficiaba de traductor y como una especie de secretario o factótum de Ignacio Gallego. Lamento ser el único testigo de las expresiones críticas y despectivas que Preston dedicó al PSOE y a Felipe González, al que no obstante, en una entrevista, recientemente el hispanista británico consideraba uno de los dos grandes estadistas –el otro es Zapatero (!)– de la Transición (La Vanguardia, 6-IV-2013).

Tras los análisis crítico-biográficos sobre Carrillo de Fernando Claudín (1983), Ricardo de La Cierva (1994) y José Javier Esparza (2010), realmente es muy poco el margen que queda para decir algo nuevo u original. Esparza, en particular, al que Preston no cita, enfocó muy bien el problema al plantear el caso Carrillo (El libro negro de Carrillo, pp. 9-11):

La vida de Santiago Carrillo, en efecto, es inseparable de la experiencia totalitaria (...) El caso Carrillo viene a poner sobre la mesa un asunto que nuestras sociedades tratan demasiadas veces de obliterar: ¿qué lugar dejamos para el totalitarismo como fenómeno determinante de nuestro tiempo?

Es una reflexión profunda que está ausente en toda la obra de Preston, ya que pertenece a un tipo de historiadores para los que el único totalitarismo lo representan Hitler, Mussolini y Franco. Sin embargo, durante mucho tiempo en su carrera académica el británico estuvo muy próximo a personajes totalitarios como Ignacio Gallego o Herbert Southworth, ambos presumiblemente vinculados, en distintas épocas de la historia española, a los aparatos represivos y propagandísticos del comunismo estalinista (hablando claro: la KGB durante la Transición y el NKVD durante la Guerra Civil). Preston, que es muy listo (se le nota en su fluido español, aunque con un tono un poco chuleta y a veces vulgar), supo adaptarse convenientemente a las circunstancias en los ochenta, acercándose al PSOE y distanciándose del PCE. Como historiador alcanzó su mayor fama con las biografías –un tanto cuestionables– de Franco y el Rey. Casi se olvidó de la segunda mitad del franquismo, la importantísima etapa del desarrollo y la modernización de España. De la Transición, dio su particular versión sobre la conspiración del 23-F, naturalmente exculpando al Rey y a Felipe González. Posteriormente publicaría una voluminosa obra sobre el "Holocausto español" (¡?), que mi maestro Stanley G. Payne describió en The Wall Street Journal como "un perfecto ejemplo de cómo no se debe hacer historia".

Hace tres años, en un artículo para Libertad Digital, revelé por primera vez en España el nombre del posible principal inductor de las matanzas de Paracuellos, el agente soviético Iosif Grigulevich, tutor de Carrillo. No es exacto, como escribe Preston en su última obra, que Grigulevich fuera "la mano derecha de Carrillo" (El Zorro Rojo, Barcelona, 2013, pp. 78 y 106), sino al contrario: Carrillo era la mano derecha (e izquierda) de Grigulevich, alias Mask, Felipe, Artur, Grig y Teodoro Castro (Preston añade otros dos alias: José Escoy y José Ocampo). El hispanista británico no menciona la fuente de información: los documentos del exarchivista y desertor de la KGB Vasile Mitrokhin, exiliado en Gran Bretaña, con el que trabajó el historiador de la Universidad de Cambridge especializado en asuntos de inteligencia y contrainteligencia Christopher Andrew, y con el que publicaría varios libros absolutamente esenciales para comprender la historia del siglo XX. Grigulevich fue un agente especial de la Cheka (entonces denominada NKVD) que gozaba de la confianza personal de Stalin. De hecho era un asesino profesional, que actuaba como manager de las grandes operaciones criminales contra los enemigos políticos del dictador soviético (Andreu Nin, Leon Trotsky, Tito, etc.).

Aunque no comparto su perspectiva ideológica y su particular interés político e historiográfico, Antonio Elorza y otros han señalado oportunamente algunos defectos y errores de la última obra de Preston (como de la anterior, la del "Holocausto", donde ya se mencionaba a Grigulevich: El Holocausto español, Barcelona, 2011, pp. 472 y 547), más bien concebida o inspirada desde el resentimiento de un sector más siniestro del comunismo o el izquierdismo radical que el que representa el propio Carrillo, aunque se presente como un ejemplo del clima historiográfico propiciado por la zapateril ley sobre la "Memoria Histórica", ignorando intencionadamente los trabajos recientes de historiadores españoles como Esparza, Moa, Vidal, Palacios, Zavala, y extranjeros como Kowalsky, Radosh y Payne. En fin, más que el caso Carrillo quizá resulte hoy de mayor interés plantearse el caso Preston.

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