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Marcel Gascón Barberá

Amnistía, ETA, Israel y Ucrania

Cualquiera que haya seguido mínimamente la guerra sabe que cumplir con las exigencias de Amnistía Internacional sería suicida para Ucrania.

Cualquiera que haya seguido mínimamente la guerra sabe que cumplir con las exigencias de Amnistía Internacional sería suicida para Ucrania.
El presidente ucraniano Volodimir Zelenski durante su visita al frente en el área de Zaporiya. | EFE

Primero fueron el Papa y Chomsky y ahora viene Amnistía Internacional, que ha indignado a los simpatizantes de la causa ucraniana con un informe superficial y sesgado en el que acusa al ejército de Ucrania de poner en riesgo a sus propios civiles por lanzar misiles desde zonas residenciales en las que también estaciona soldados.

El twitter ucraniano es un clamor estos días contra la organización y el informe, que ya ha sido utilizado como argumento por las mismas embajadas del Kremlin que jalean la ejecución de prisioneros de guerra y justifican toda clase de crímenes con toda clase de mentiras a menudo contradictorias.

El razonamiento del informe es clamorosamente injusto si se tiene en cuenta la naturaleza de esta guerra en la que Ucrania se juega su propia supervivencia como pueblo y Estado. Amnistía pide a Kiev que saque a su ejército de las zonas residenciales, dando a entender que Rusia no atacaría a civiles si no fuera por la presencia entre estos de militares ucranianos.

Cualquiera que haya seguido mínimamente la guerra sabe que cumplir con las exigencias de Amnistía sería suicida para Ucrania. Ciudades como Kiev, Mariúpol, Mikolaiv u Odesa han sido desde el principio objetivo de las fuerzas invasoras del Kremlin. ¿Cómo podría defenderlas Ucrania sin presencia de sus tropas en sus barrios?

Además de lanzar misiles y ofensivas de infantería, Rusia sigue buscando quebrar la resistencia ucraniana desde dentro, con paracaidistas como los que acabaron siendo expulsados de los suburbios de Kiev y con saboteadores que Ucrania desenmascara casi a diario en pueblos y ciudades de todo el territorio nacional.

Cuando hace unas semanas visité Odesa, centenares de soldados hacían guardia en puestos de vigilancia esparcidos por toda la ciudad. Los principales cruces y las calles turísticas que dan al mar estaban entre las zonas mejor controladas.

Aplicando la lógica del informe de Amnistía, la presencia de estos soldados hace del centro y otras zonas residenciales de Odesa en las que controlan el tráfico objetivos legítimos de los bombardeos rusos.

¿Deberían salir todos esos militares de Odesa, dejando a la ciudad y a sus habitantes a merced de potenciales saboteadores o grupos de infiltrados? Amnistía parece pensar que sí.

El planteamiento de Amnistía es profundamente injusto, igual que los del Papa, Noam Chomsky y otras figuras públicas de la izquierda anticapitalista que han culpado a la OTAN de la guerra de conquista de Putin en Ucrania. Pero la postura inmoral que ahora muestran no llega por sorpresa para quienes conocemos sus trayectorias.

De Sadam Husein a la Cuba castrista, Chomsky ha usado siempre su prestigio para alinearse con todos los totalitarismo que sojuzgan a sus súbditos en nombre de una cruzada contra Occidente.

Y qué decir de un Papa que dijo entender a los islamistas que masacraron a la redacción de Charlie Hebdo y alza más la voz contra la tecnología y el progreso que contra dictadores como Maduro y los Castro, con quienes comparte credo pobrista.

De Amnistía tampoco cabía esperar nada. Asumió siempre el relato de ETA (incluida la defensa de los agresores de Alsasua) y volvió a demostrar su aviesa naturaleza política cuando acusó a Israel de aplicar un apartheid a los palestinos, en un informe lleno de juicios de valor gratuitos que omitía la violencia, y la declarada voluntad genocida, de las principales organizaciones palestinas para presentar al Estado judío como un agresor caprichoso y cruel.

La última debacle moral de la oenegé con Ucrania da munición argumental a Putin y sus abogados, pero tiene también un efecto positivo: mucha más gente que antes sabe que los derechos humanos no son la primera preocupación de Amnistía.

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