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Estados Unidos tiene que actuar en Irak

Tanto en Irak como en Siria, lo único peor que la implicación de Estados Unidos es su indiferencia.

Max Boot
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El Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL) ha tomado Mosul y se dirige hacia Bagdad. Los chiitas, respondiendo a la llamada del gran ayatolá Sistani, se están movilizando para detenerlos. Se rumorea que Irán ha enviado miembros de la Fuerza Quds para ayudar a los milicianos chiíes de Asaib Ahl al Haq y Kataib Hezbolá en la defensa de la capital iraquí. En el horizonte se parece atisbar una guerra civil sin cuartel entre chiíes y suníes.

Ante esta situación extrema, muchos americanos pueden sentir la tentación de encogerse de hombros y hacer suyas las palabras de Kissinger sobre la guerra entre Irán e Irak: "Es una pena que no puedan perder ambos bandos". ¿Qué nos importa a nosotros que varias facciones de musulmanes se entrematen? Sin contar el aspecto humanitario, que es un problema importante. De hecho, una guerra civil similar se ha cobrado en Siria más de 150.000 víctimas y la mayoría no eran fanáticos religiosos o políticos, sino simplemente gente corriente que quería vivir tranquilamente sus vidas. Ahora se podría producir un baño de sangre similar en Irak, y, teniendo en cuenta que Estados Unidos lo invadió en 2003, se le presupone cierta responsabilidad moral.

Soy consciente de que éste no es el argumento que más éxito pueda tener a la hora de convencer a gente que no pertenezca a Human Rights Watch. Está bien. Dejemos por un momento la cuestión moral al margen y fijémonos en el aspecto estratégico. ¿Hasta qué punto le interesa a Estados Unidos que haya otro país en Oriente Medio fragmentado, principalmente, entre fanáticos chiíes y suníes? Es lo que ha sucedido en Siria y los servicios de inteligencia norteamericanos advierten de que se ha convertido en un vivero de terroristas tan peligroso como lo era Afganistán antes del 11-S.

Cada vez parece más probable que suceda lo mismo en Irak, el quinto país en reservas de crudo yel segundo de la OPEP. Y aun cuando la confrontación se limitase a la frontera iraquí –que no parece ser lo más probable–, tendría efectos desestabilizadores sobre la economía y la seguridad internacionales. La guerra civil de Siria ya se ha extendido hasta Jordania, el Líbano, Turquía e Irak. Una hipotética guerra civil en Irak podría saltar a Arabia Saudí, Kuwait, Turquía y otros países del entorno.

Lo único que hay que saber sobre la actual situación de Irak es que los principales beneficiados son Irán y Al Qaeda, los dos peores enemigos de Estados Unidos. Es imprescindible que el Gobierno de Obama no se limite a analizar la situación. Para evitar el desastre ha de implicarse a fondo en los problemas políticos del país, del mismo modo que se hizo entre 2007 y 2009 para encaminar a Bagdad en la buena dirección.

El Gobierno iraquí tiene que empezar a integrar a los sunitas. Si esto sucede, la situación en el campo de batalla podría cambiar radicalmente, como pasó en 2007-2008. Si Bagdad elige tomar este rumbo, el presidente Obama debería ofrecer cooperación militar, fuerzas especiales, servicios de inteligencia y asesores incluidos. Los ataques aéreos sin gente sobre el terreno no serían eficientes, ya que no alcanzarían los objetivos deseados y no tendrían el impacto esperado. Y existe la posibilidad de que Maliki utilice las fuerzas aéreas norteamericanas al servicio de sus objetivos más sectarios. Sin embargo, incluso en esta situación de crisis, Obama insiste en descartar la participación de fuerzas terrestres.

Nadie quiere volver a verse empantanado en Irak y, desde luego, no deberíamos mandar al Ejército a invadir de nuevo el país. Pero, tanto en Irak como en Siria, lo único peor que la implicación de Estados Unidos es su indiferencia.

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