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Por qué hay perros que matan

Los expertos coinciden en que la correcta socialización y educación de los perros de "raza peligrosa" es más determinante que su genética.

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Parece inevitable que periódicamente tengamos que estremecernos ante noticias luctuosas acerca de perros que atacan o incluso que matan a personas, hasta a sus propios amos. ¿Qué hacemos mal para que esto ocurra?

El funcionamiento en manada del lobo, ancestro único de los perros domésticos, es la clave que no debemos olvidar. Cuando introducimos un perro en nuestra vida, sea cachorro o adulto, en realidad lo estamos haciendo formar parte de un grupo social, el nuestro, y jamás debemos consentir que se convierta en el individuo dominante.

Todo perro debe estar socializado correctamente, y tal socialización comienza en la más tierna infancia del cachorro. Se pueden distinguir periodos críticos en el desarrollo de la conducta social, y en este sentido son importantes los dos primeros meses de vida; en ellos debe tener ocasión de convivir con otros perros y también con los seres humanos que formarán su entorno familiar futuro.

Es difícil conseguir que un perro que pasa aislado los primeros meses de su vida evolucione hacia un comportamiento social normal en su edad adulta; la separación de la madre y de los hermanos de camada es un momento de especial importancia para que nos adopte a los humanos como miembros de su horda social y nunca debemos olvidar esta premisa.

Durante mucho tiempo se pensó que los condicionantes genéticos eran especialmente determinantes en el comportamiento adulto de un perro, de manera que se hablaba de "perros dominantes", perros tímidos", "perros agresivos" y "perros equilibrados"; no vamos a descartar esta propensión hereditaria hacia conductas buenas o patológicas, pero la mayor parte de los etólogos piensan en la actualidad que la impregnación y la educación predominan sobre el componente genético.

Es cierto que algunos ejemplares caninos agresivos pueden mostrar esta tendencia desde su separación de la madre, pero la inmensa mayoría de los perros que tienen un final trágico por no mostrar conductas sociales con sus amos deben su destino a haber sido deficientemente educados.

¿Hay razas peligrosas?

No es una cuestión de razas, el problema son los ejemplares tarados, y sobre todo los mal socializados los que pueden aparecer en cualquiera de ellas, si bien hay que aclarar que en algunas líneas de reproducción se ha exagerado la selección de la agresividad, y en este caso es peligroso cualquier perro que llegue a los diez kilos de peso.

Nos negamos a citar aquí los clásicos nombres de las razas "satanizadas" por peligrosas: al hacerlo indignaríamos con razón a los criadores que mantienen líneas de crianza genéticamente correctas en cualquiera de las variedades caninas de peso elevado y potente mordedura. Lo verdaderamente importante es preguntarnos qué es lo que pedimos a nuestro perro, sobre todo al planear su adquisición.

Las utilidades del perro

A lo largo de nuestra larga historia de amistad, le hemos pedido al perro multitud de favores a cambio de alimentarlo y cuidarlo; ha sido compañero en la caza, defensor de nuestros rebaños, bovinos u ovinos, guardián de nuestros hogares y compañero de juegos, por no hablar de sus entrenamientos específicos para las funciones policiales o militares.

En el momento que vivimos los perros de tamaño grande o mediano van cediendo terreno en el medio urbano a favor de los canes de pequeña talla, sean de raza o mestizos, ya que estos últimos suelen ser rescatados pronto de las protectoras en caso de que hayan caído en desgracia. La función de compañía es la única que se pide a estos perrillos, que suelen ser tan encantadores como graciosos y carentes de problemas.

Tampoco suelen dar problemas los perros de caza, que en función de la selección a que han sido sometidos durante siglos resultan particularmente sociables y sumisos; estos canes, especialmente los del grupo Bracoide (pointers, perdigueros, setters, etcétera, no aparecen jamás en las noticias problemáticas, ni siquiera de forma accidental.

La función de guardianes es la que presenta mayor riesgo de conflictividad, especialmente si los perros se mantienen mucho tiempo en soledad, cuidando de naves, patios o instalaciones industriales sin recibir el contacto humano necesario para su correcta socialización. Uno de los componentes de la agresividad canina es la de tipo territorial, que les moverá a atacar a los intrusos que invadan su feudo. Si se mantienen atados o encerrados durante parte de la jornada, pueden convertirse en verdaderas fieras.

La agresividad por instinto de predación es otro problema que no hay que olvidar: es éste el componente de la conducta canina que impulsará al perro a perseguir a ciclistas o corredores que transiten de manera rápida por los límites de su territorio, de donde se deduce que no deben tener acceso al exterior ni posibilidades de escapar de su recinto.

Especial cuidado hay que tener en el contacto entre niños y perros, aunque esta delicada cuestión la soluciona una sencilla "regla de oro": un perro y un niño pequeño no deben estar solos ni un segundo y necesitan permanentemente la vigilancia de un adulto. Por paciente que sea el animal, un niño pequeño puede hacerle daño jugando y provocar la respuesta agresiva.

Ayuda profesional

Cuando se manifiestan los primeros signos de agresividad en la conducta de un perro de compañía es el momento de intervenir sin esperar a que el problema pase a mayores. Actualmente hay excelentes etólogos y adiestradores caninos que pueden evitar el desastre si acudimos a ellos a tiempo. Algunos programas de televisión y muchas publicaciones recientes están ayudando a que los amigos de los perros consideren la posibilidad de pedir ayuda a los adiestradores y así solucionen el problema de la agresividad o la desobediencia de sus perros.

Muchos perros agresivos y algunos de los que han ocasionado accidentes mortales, sin generalizar en este sentido, han evolucionado su conducta por haber sido equivocadamente adiestrados por legos en conducta canina: pegar a un perro que no obedece es la antesala del empeoramiento del problema, que conducirá en la mayoría de los casos al lamentable final de la eutanasia.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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